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JOVEN MILLONARIO VUELVE DE EE. UU. Y ENCUENTRA A SU NOVIA VIVIENDO EN LA MISERIA QUÉ HARÁ AHORA

JOVEN MILLONARIO VUELVE DE EE. UU. Y ENCUENTRA A SU NOVIA VIVIENDO EN LA MISERIA QUÉ HARÁ AHORA

Millonario vuelve de E u y encuentra a su novia viviendo en la miseria. ¿Qué hará ahora? El regreso del norte y el trago amargo. El sol caía a plomo sobre el árido y polvoriento paisaje de San Juan de las Piedras, un pequeño pueblito escondido entre los cerros que parecía haberse quedado congelado en el tiempo.

El calor de las 2 de la tarde era asfixiante, de esos que hacen que el aire ondule sobre la carretera de terracería y que las chicharras canten con una estridencia ensordecedora. Por ese camino de tierra, levantando una espesa nube de polvo blanco, avanzaba lentamente una camioneta negra del año con los vidrios profundamente polarizados.

En el asiento trasero, rodeado por el aire acondicionado y el olor a cuero nuevo, iba Alejandro. Alejandro ya no era el muchacho flacucho, asustado y con los zapatos rotos que se había ido de mojado a los Estados Unidos hacía exactamente 5 años. El hombre que ahora miraba por la ventana era un exitoso empresario de 32 años, un magnate de la tecnología y los bienes raíces en California.

Llevaba puesto un traje sastre azul marino cortado a la medida que costaba más de lo que muchas familias del pueblo ganaban en un año entero. Una camisa blanca impecable de seda egipcia y unos zapatos de diseñador lustrados a la perfección. A su lado, en el asiento, descansaba un maletín de cuero negro donde guardaba los documentos de sus últimas inversiones millonarias.

Sin embargo, a pesar de todo el éxito, los ceros en su cuenta bancaria y el poder que había acumulado en el gabacho, su corazón latía desbocado, golpeando contra su pecho con la misma fuerza que el de un adolescente enamorado. Regresaba por ella, regresaba por Lucía. La mente de Alejandro era un torbellino de recuerdos.

Mientras la camioneta sorteaba los baches, cerró los ojos y pudo ver claramente el rostro de Lucía. El día que se despidieron en la terminal de autobuses, recordaba sus ojos color miel llenos de lágrimas, sus manos suaves aferrándose a su chamarra vieja y la promesa que se hicieron. Me voy al norte para hacernos de un futuro, mi chula.

Te juro por mi madre que voy a regresar hecho un rey y te voy a dar la vida de reina que te mereces. No vas a volver a sufrir y mucho menos vas a tener que soportar los maltratos de tu madrastra”, le había dicho él besando su frente antes de subir al camión. Durante 5 años esa promesa fue su motor. Trabajó jornadas de 18 horas, soportó humillaciones, hambre y frío hasta que logró establecer su primera compañía.

Cuando el dinero empezó a fluir a raudales, su primera acción fue contactar a la familia de Lucía para empezar a mandar dólares, cientos, luego miles de dólares cada mes, destinados a construirles una casa de lujo, a comprarles ropa, buena comida y a asegurar que su prometida viviera entre algodones mientras él terminaba de consolidar su imperio para volver por ella.

Jefe, ya estamos llegando a las coordenadas que me dio”, anunció su chóer y guardaespaldas interrumpiendo sus pensamientos. ¿Quiere que estacione la camioneta enfrente de la casa? No, detente aquí en la esquina junto a la tiendita de don Chuy. Quiero caminar el último tramo. Quiero darle la sorpresa, respondió Alejandro con una sonrisa nerviosa dibujándose en su rostro.

El chóer asintió y detuvo la pesada unidad. Alejandro tomó su maletín, respiró hondo y abrió la puerta. El golpe de calor fue inmediato, seco y familiar. El olor a tierra mojada, a leña quemada y a tortillas de comal inundó sus pulmones, transportándolo instantáneamente a su infancia.

Caminó por la calle empedrada, sus costosos zapatos crujiendo contra la grava. Mientras se acercaba a la dirección donde se suponía que debía estar la flamante casa que él había financiado con sus remesas, una punzada de confusión empezó a nublar su alegría. La calle estaba igual de pobre que hace 5 años. No había pavimento, no había bardas de concreto ni faroles nuevos.

Al llegar a la esquina donde debía alzarse la propiedad de su amada, los pasos de Alejandro se detuvieron en seco. Su sonrisa se borró por completo, reemplazada por una expresión de pura incredulidad. Frente a él no había ninguna residencia de dos pisos, ni un jardín arreglado, ni portones de hierro forjado.

Lo que tenía enfrente era la misma choosa de adobe viejo y agrietado de siempre. El techo de lámina oxidada parecía a punto de colapsar. Las paredes de barro mostraban profundas fisuras y el patio era un simple trozo de tierra seca y desnivelada donde picoteaban unas cuantas gallinas flacas. ¿Qué estaba pasando? ¿Se había equivocado de dirección? No, era imposible.

Él conocía ese terreno como la palma de su mano. Con el seño fruncido y un nudo formándose en su garganta, Alejandro se acercó sigilosamente hacia la puerta abierta de la humilde vivienda. La luz brillante del mediodía se filtraba con fuerza hacia el interior de la casa, a través del marco sin puerta y de unos pequeños huecos en las paredes de adobe, iluminando la estancia principal con una claridad tajante que no dejaba espacio para ocultar la miseria.

El ambiente era extremadamente rústico y humilde. Había estantes de madera vieja e improvisada, sostenidos por clavos oxidados, donde descansaban ollas de peltreportilladas, platos descoloridos. y utensilios de cocina desgastados por décadas de uso. El suelo era de tierra compactada, barrido pero irregular y lleno de polvo.

Entonces la vio en el primer plano de esa escena desgarradora, parada frente a un fregadero improvisado de cemento crudo, estaba Lucía, pero no era la Lucía que él imaginaba viviendo en la opulencia. La joven mujer que tenía frente a sus ojos parecía un fantasma de la muchacha radiante que él había dejado.

Llevaba puesta una blusa descolorida, raída de los bordes y manchada, junto con unos pantalones de mezclilla viejos y rotos. Su hermoso cabello oscuro estaba sucio, despeinado y recogido en una coleta floja que delataba días de abandono. Sus manos, antes suaves y delicadas, ahora estaban enrojecidas, ásperas y cubiertas de espuma barata de jabón de pasta, sosteniendo un plato de barro bajo un chorro de agua fría que caía de una tubería expuesta.

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