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Ella Sale Con Asesinos En Prisión Y Obliga A Sus Hijas A Llamarlos “Papá” — Hasta Que Uno Sale

Valeria Montoya encendía la cámara con la misma naturalidad con que otras madres preparaban el desayuno. Era su ritual, su trabajo, su identidad. 36 años, dos hijas, un departamento en el noroeste de Ciudad de México y miles de personas mirándola cada noche como si su vida fuera un programa que no podían dejar de ver. Ella lo sabía y lo usaba.

El teléfono quedaba apoyado contra el espejo del tocador mientras se maquillaba. Y ya desde ese momento los comentarios llovían. Corazones, emojis de fuego, solicitudes de donación parpadeando en la esquina de la pantalla. Valeria respondía sin apartar los ojos del reflejo, con la soltura de quien ha aprendido que la atención es una moneda que nunca duerme.

 Sus seguidores la llamaban la reina au. Ella nunca los corregía. Sus hijas, Camila, de 16 años y Sofía de 13, la conocían de otra manera. Conocían el sonido de la puerta cerrándose a medianoche cuando su madre volvía de una salida con desconocidos que había conocido en línea. Conocían el olor a papas fritas rancias sobre la mesa a las 8 de la mañana porque nadie había cocinado la noche anterior.

Conocían también el colchón inflable que compartían en el cuarto que daba al patio, porque su madre no había podido decidir aún si comprarles literas o camas individuales. Una duda que llevaba ya 14 meses sin resolverse. que sí tenía Valeria eran bolsos, tres de marca reconocida, dos de ellos adquiridos el mismo mes en que Sofía cumplió años y recibió como regalo una sudadera comprada en oferta por internet.

 También tenía zapatillas de edición limitada, lentes de sol importados y una suscripción mensual a una plataforma de entregas a domicilio que le permitía pedir comida sin salir de la cama. El departamento olía a frituras y a perfume caro, una combinación que a las hijas les resultaba tan familiar como el sonido de las notificaciones. Cuando Valeria mostraba su hogar en las transmisiones, siempre encuadraba el ángulo con cuidado.

 Nunca el cuarto de las niñas, nunca el refrigerador casi vacío, nunca los vasos sin lavar apilados junto al fregadero, solo el tocador iluminado, [música] los bolsos colgados en la pared como trofeos y ella misma sonriendo con la seguridad de quien cree que el mundo la observa con envidia y no con preocupación. Y sin embargo, el mundo la observaba cada vez más.

Había comenzado en las plataformas de streaming casi por accidente 3 años atrás, cuando grabó una discusión con una vecina y el clip se volvió viral en cuestión de horas. Desde entonces su vida se había convertido en contenido. Las peleas, las compras, las confesiones de madrugada, las llamadas con hombres cuyas voces sus seguidores reconocían, pero cuyos rostros nunca terminaban de verse bien.

Todo era transmitido, todo era monetizado. En sus mejores noches, los donativos superaban los 50,000 pesos. En esas ocasiones, Valeria festejaba frente a la cámara, levantaba los brazos, agradecía a sus espectadores con palabras dulces, luego apagaba el teléfono, pedía comida a domicilio y se dormía sin pasar a ver si sus hijas necesitaban algo.

 Camila, la mayor, había aprendido a moverse en ese mundo con una madurez que no le correspondía. Era ella quien revisaba que Sofía tuviera algo para comer antes de dormir. Era ella quien respondía con evasivas cuando las amigas preguntaban por qué su madre nunca aparecía en los eventos del colegio. Era ella quien de noche escuchaba las transmisiones de Valeria desde el otro cuarto y aprendía, sin quererlo, los nombres de hombres que su madre describía con una ternura que jamás les había dedicado a ellas.

 Uno de esos nombres comenzó a repetirse con más frecuencia que los demás, Damián. Valeria lo mencionaba con una sonrisa diferente, más lenta, [música] más privada, como si el solo hecho de pronunciar ese nombre le perteneciera de una manera que el resto de su vida no le pertenecía. Lo nombraba entre risas cuando sus seguidores preguntaban si tenía pareja.

lo nombraba con algo parecido al orgullo cuando alguien la presionaba a dar detalles. Lo que no mencionaba, al menos no todavía, era dónde estaba Damián y por qué, para hablar con él, Valeria siempre esperaba a que sus hijas estuvieran dormidas, bajaba el volumen al mínimo y acercaba el teléfono a su boca como si la distancia entre ellos fuera tan breve que bastaba con susurrar.

 Sofía lo notó primero, como suelen notar las más pequeñas, las cosas que los adultos creen ocultar. Una noche se levantó a buscar agua y vio a su madre sentada en el pasillo oscuro, la pantalla iluminándole el rostro, hablando en voz muy baja con alguien que al fondo se escuchaba diferente. No era el ruido de una calle ni el de una casa.

 [música] Era un silencio extraño, contenido institucional. Sofía no dijo nada, volvió a su colchón inflable, se tapó hasta la barbilla y miró el techo durante un buen rato antes de cerrar los ojos. Al día siguiente, Valeria apareció en el desayuno con mejor humor del habitual. Se sirvió café, miró a sus hijas con esa expresión vaga que usaba cuando estaba pensando en otra cosa y dijo, “Casi de pasada que pronto iban a conocer a alguien muy especial.

” Camila levantó la vista de su taza. Sofía no dijo nada y así comenzó todo. La primera carta llegó un martes. Valeria la leyó tres veces antes de guardarla en el cajón del tocador, debajo de los recibos de sus compras y de un par de fotos que nadie más había visto. Era una carta escrita a mano con letras apretadas y líneas ligeramente inclinadas, como si el papel fuera demasiado pequeño para todo lo que el remitente necesitaba decir.

Al pie una firma y en el encabezado del sobre impreso con sello institucional el nombre del Centro de Reinserción Social del Estado de México. Damián Peralta llevaba 8 años preso. había sido condenado por homicidio calificado tras la muerte de un hombre durante un asalto en Ecatepec. La sentencia original era de 23 años.

Con buen comportamiento, su abogado calculaba una posible reducción. Eso era lo que Damián le había explicado a Valeria durante las primeras semanas de comunicación con la paciencia meticulosa de alguien que ha aprendido que las palabras correctas, dichas en el orden correcto, pueden abrir puertas que los barrotes no logran cerrar.

 Se habían conocido a través de un foro en línea donde familiares de reclusos intercambiaban información sobre trámites y visitas. Valeria había llegado ahí por error, buscando otra cosa, pero se quedó. Empezó a leer, empezó a responder comentarios y en algún momento, entre un hilo y otro, apareció un mensaje privado de un perfil con nombre de usuario que ella no olvidaría.

    Peralta, libre. Pronto, la conversación comenzó de manera ordinaria. Él preguntaba sobre trámites. Ella respondía lo poco que sabía, pero Damián tenía una habilidad particular para convertir cualquier intercambio en algo más personal, más íntimo, sin que la transición se sintiera brusca. Para cuando Valeria se dio cuenta de que le estaba contando cosas que no le contaba a nadie, ya llevaban tres semanas hablando a diario.

Le dijo que era injusto lo que le había pasado, que las circunstancias lo habían superado, que era un hombre diferente al que había entrado por esas rejas. Valeria escuchaba y en cada palabra encontraba algo que le resultaba curiosamente reconfortante. Un hombre que la necesitaba, un hombre que no podía irse a ningún lado.

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