Moris loantó al nombre Dalida. Sonaba italiano, sonaba exótico, sonaba algo que no existía todavía y que, sin embargo, parecía haber existido siempre. Y grabaron juntos Bambino. En semanas el disco vendió más de un millón de copias. En semanas, Dalida apareció por primera vez en el Olimpia de París y el público la recibió de pie.
Y Moris, que la había descubierto, que la había nombrado, que había apostado por ella cuando nadie más lo hacía, se enamoró de ella con la intensidad que se enamoran los hombres que creen haber encontrado algo que no merece ser de nadie más. Se casaron en 1961. Y Dalida por primera vez en su vida, tuvo un lugar a nombre, un hombre que la miraba como si fuera suya y una carrera que ya no tenía techo visible.
En esos años, Dalida le hizo un regalo a Lucien Moris, un objeto personal elegido con cuidado, como gesto de afecto. No voy a revelar todavía que era ese objeto, pero te pido que lo recuerdes, porque ese detalle, cuando llegue el momento de contarlo, va a ser el más devastador de toda esta historia. El matrimonio duró poco más de un año.
Dalida se divorció de Morise en 1962, no porque hubiera dejado de quererle, sino porque el amor que Morise sentía por ella era de ese tipo que sofoca, que posee, que no distingue entre amar a alguien y necesitarlo para existir. Dalida ya había aprendido de su padre que ese tipo de amor siempre viene acompañado de algo que duele.
Los años siguientes fueron los del pedestal más alto. Giras por Europa, por América Latina, por el mundo árabe. Dalida cantaba en francés, en italiano, en árabe, en español, en alemán. No era una cantante, era un fenómeno de traducción emocional. Podía entrar en cualquier idioma y hacer que el dolor sonara exactamente igual en todos ellos.
Pero lo que nadie veía desde la platea del Olimpia era lo que pasaba cuando se apagaban los focos. Lo que nadie sabía en ese momento era que Dalida coleccionaba amores de la misma manera que coleccionaba idiomas. con una entrega total, sin red de seguridad, sin calcular el precio y que el precio en todos los casos iba a ser más alto de lo que cualquier persona podría pagar.
Suscríbete a este canal si quieres seguir escuchando historias como esta. Historias de mujeres que el mundo aplaudió de pie sin preguntarles nunca cómo estaban por dentro. Enero de 1967. Festival de la canción de San Remo, Italia. Dalida tiene 34 años y lleva meses enamorada de Luigi Tenko, un cantautor italiano de 29 años, con los ojos oscuros y una forma de ver el mundo que a Dalida le parecía la más honesta que había conocido.

Tenko era de ese tipo de artistas que no soportaban la industria, que cantaban lo que pensaban aunque no vendiera, que preferían perder a traicionar lo que hacían. presentaron juntos al festival una canción llamada Xiao Amore Xiao. El jurado la eliminó. No era comercial, no era lo que el festival quería ese año.
Luigi Tenko lo tomó como lo que era para él una traición definitiva, una confirmación de que el mundo que le rodeaba era irreparable. Esa noche, Dálida regresó al hotel, abrió la puerta de la habitación 219 y encontró a Luigi Tenko en el suelo con una bala en la 100 y una nota sobre la cama. ¿Qué pasa en el cuerpo de una persona en ese momento? ¿Qué ocurre en el cerebro cuando la imagen que tienes delante no puede ser real, sin embargo lo es? No hay palabras para eso.
No las hay en francés, ni en italiano, ni en árabe, ni en ninguno de los 12 idiomas en los que Dalida sabía cantar. Dalida encontró ese cuerpo, llamó a la policía, respondió preguntas, firmó documentos y tres días después intentó quitarse la vida. La primera sobredosis de barbitúricos, la primera vez, no la última. ¿Y sabes qué hizo la industria cuando Dalida sobrevivió? La llamó.
le recordó los contratos. Le dijo que el Olimpia esperaba, que la gente pagaba por verla, que el espectáculo no podía detenerse porque una mujer estuviera destrozada por dentro. Tres meses después de encontrar el cuerpo de Luigi Tenko, Dalida subió a un escenario, se colocó frente al micrófono y cantó, porque los contratos no esperaban.
Porque la industria no esperaba, porque el mundo necesitaba que Dalida sonriera. Y Dalida aprendió hace mucho tiempo que lo que el mundo necesita es lo que tienes que darle, aunque te cueste la vida entera. La primera revelación de este vídeo es esa, que Dalida subió a ese escenario no porque estuviera recuperada, sino porque no le dieron otra opción y que ese patrón se iba a repetir una vez y otra y otra más.
Los años que siguieron a San Remo fueron extraños. Por fuera, Dalida seguía brillando. Discos oro, premios, el Olimpia lleno, la imagen impecable, el vestido perfecto, la sonrisa que el público necesitaba. Por dentro, Dalida empezó a hablar de la muerte con una familiaridad que incomodaba a quienes la rodeaban.
No de forma dramática, no con lágrimas, con la tranquilidad de alguien que ya ha estado cerca y que ya no le tiene el miedo que le tenía antes. Pero lo que nadie de su entorno podía imaginar en ese momento era que lo peor no había llegado todavía, que había una segunda muerte esperando y que esta de las tres sería quizás la que más debería haberle roto porque llevaba su propia firma.
Jobis, Lucian Morise, el hombre que la había descubierto, que le había dado su nombre, que la había amado con esa intensidad que a veces sofoca. Lucián Moris y quita la vida. Y aquí llega el momento que te pedí que recordaras el regalo que Dalida le había hecho años atrás, cuando todavía estaban casados, cuando el amor entre ellos todavía era algo que se podía tocar.
Ese regalo era una pistola, un objeto personal elegido con cuidado. Lucan Morise se quitó la vida con la pistola que Dalida le había regalado. Una frase, una sola frase para dejar que eso aterrice. El objeto que regalaste con amor terminó siendo el final de alguien. ¿Cómo vive una persona con eso? No es una pregunta retórica, es la pregunta más real de todo este video.
¿Cómo se despierta uno cada mañana sabiendo ese detalle? ¿Cómo se mira al espejo? ¿Cómo se pone el vestido? ¿Se aplica el maquillaje? Se coloca frente al micrófono y canta para un público que no tiene ni idea de lo que estás cargando. La segunda revelación de este vídeo es esta. que Dalida no habló públicamente de ese detalle durante años, que lo cargó en silencio, que siguió actuando, siguió viajando, siguió sonriendo en las fotos de portada, porque el mundo necesitaba que Dalida existiera y Dalida siempre le daba al mundo lo que necesitaba.
Si llevas con nosotros hasta aquí, te pido que te quedes hasta el final, porque lo que viene ahora, la tercera parte de esta historia, contiene la revelación más profunda de todas. La herida que Dalida nunca nombró en público hasta el final de su vida y que cuando la nombró reveló que las tres muertes no eran lo que más le dolía.
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Hacia finales de los años 60, Dalida se sometió a una intervención médica. Los detalles exactos no trascendieron durante mucho tiempo y ella misma no habló de ello públicamente hasta mucho más tarde. Lo que la intervención dejó fue una consecuencia que ningún disco de oro podía compensar. Dalida no podría tener hijos.
No era un detalle biográfico menor, no era una nota al pie de página, era la herida más silenciada de toda su historia. Porque Dala, que sabía cómo sonaba el amor en 12 idiomas, que había llenado el Olimpia 100 veces, que tenía flores frescas en su apartamento de París, Dalida quería ser madre con la misma intensidad con la que quería todo y no pudo serlo.
En sus últimas apariciones públicas, en entrevistas donde ya hablaba sin la prudencia que da el miedo a que te juzguen, Dalida dijo algo que dejó en silencio a los periodistas que la entrevistaban. dijo que de todo lo que había perdido en su vida, de todo lo que más le dolía era eso, no las muertes, la ausencia de la vida que ella misma podría haber creado.
Piensa en eso un momento. una mujer que había sobrevivido a dos suicidios de hombres que amaba, que había intentado quitarse la vida ella misma, que cargaba con el peso de una pistola regalada. Decía que lo que más le dolía era no poder ser madre. Eso no cabe en un disco de oro. Eso no cabe en ningún escenario del mundo.
Y nadie se lo preguntó a tiempo, pero nadie podía imaginar aún que había una tercera muerte en camino y que esta llegaría de noche mientras ella dormía. Richard Chanfrey entró en la vida de Dalida a principios de los años 70. Era un hombre peculiar de esos que fascinan exactamente porque son imposibles de entender del todo.
Se hacía llamar el conde de Saint-Germain. Decía ser inmortal. Decía que había vivido en otros siglos, que había conocido a Volter, que la muerte era para los otros. Era en el fondo un hombre roto que necesitaba inventarse una identidad que no le doliera. Yida, que conocía el dolor de no saber muy bien dónde se pertenece, lo entendió de una manera que muy poca gente podía.
Lo amó con la ternura que se tiene por alguien que está roto y que necesita que lo sostengan. Lo amó, sabiendo quizás que ese tipo de amor es el más agotador de todos. Vivieron juntos varios años con peleas, con separaciones, con reconciliaciones, con toda la turbulencia que acompaña a dos personas que se necesitan mutuamente de una forma que ninguno de los dos sabe gestionar bien.
Y luego, sin que nadie lo supiera, aquella relación ocultaba algo que cambiaría para siempre la forma de verla. Yasan verano Richard Chanfray, el hombre que decía ser inmortal, se quita la vida mientras Dalida duerme en la habitación de al lado. El hombre que decía que la muerte era para los otros, eligió irse mientras ella dormía a metros de distancia.
¿Cómoerme alguien esa noche? ¿Cómo sigue durmiendo? ¿Cómo cierra los ojos sin que la oscuridad se llene de preguntas que no tienen respuesta? ¿Qué podría haber hecho diferente? Cuando empezó, lo sabía. ¿Por qué no lo vio? Y la pregunta que ninguna respuesta puede callar. ¿Por qué ella? ¿Por qué siempre ella? Tres hombres, tres suicidios.
Dalida sobrevivió a los tres y el mundo siguió aplaudiéndola. La tercera revelación de este video es también la más oscura, que Dalida después de la muerte de Chanfray siguió actuando, siguió grabando, siguió siendo dalida para el mundo. Pero algo en ella, alguna cosa que antes todavía resistía, se quedó en esa habitación de 1983.
En las entrevistas de esos años finales hay un cambio que los que la conocían notaban y que no sabían cómo nombrar. Ya no hablaba de la muerte con familiaridad, hablaba de ella con tranquilidad, que es algo muy distinto. La familiaridad tiene algo de miedo todavía. La tranquilidad no. Entre 1983 y 1987, hay 4 años que el mundo de la música llenó de discos y de premios y de apariciones.
Dalida siguió trabajando, siguió actuando en el Olimpia. Fue en muchos sentidos uno de sus periodos más prolíficos. El mundo recibía a Dalida con los brazos abiertos. aplausos, portadas, premios, ovaciones. Y nadie en toda esa maquinaria de celebración se detuvo a preguntarle qué había dentro de la mujer que se subía al escenario, qué cargaba, qué soñaba, si dormía, si seguía pudiendo.

Nadie lo preguntó. Y Dalida que había aprendido desde niña que lo que el mundo necesita es lo que tienes que darle, no dijo nada. ¿Cuántas pérdidas son demasiadas? ¿Cuánto peso puede cargar una sola persona antes de que el peso se vuelva insoportable? ¿Cuántas veces puede una mujer enterrar a alguien que amaba, ponerse el vestido, subir al escenario y sonreír antes de que algo dentro de ella decida que ya no puede hacerlo más? El 3 de mayo de 1987, Dalida respondió a esa pregunta a su manera, con elegancia, como había hecho siempre todo.
Esa mañana, antes de sentarse ante el escritorio y escribir las cuatro palabras, Dalida recorrió su apartamento de la rueda lesia con flores frescas, rosas blancas en el salón. tulipanes en el dormitorio, una pequeña rama de mimosa en la cocina. Colocó a cada jamu con cuidado, como si estuviera preparando la casa para recibir a alguien, como si el último gesto de su vida tuviera que ser también el más hermoso que pudiera hacer.
Tenía 54 años. 54 años de elegir con qué intensidad vivir, de amar sin calcular, de dar al mundo lo que el mundo pedía, de sobrevivir a lo que no debería haber tenido que sobrevivir nadie. La vime tan suportable, perdónemo. La vida se me hace insoportable, perdonadme. Cuatro palabras. en el idioma del país que la adoptó cuando Egipto ya no era suficiente en francés, que era el idioma de Lucian Moris, el hombre que le inventó el nombre.
Cuatro palabras para cerrar todo. La encontraron horas después. Las flores seguían frescas en cada habitación. Ahora necesito decirte algo sobre lo que Dallida ganó de todas formas, porque esta historia no termina en el 3 de mayo de 1987. No termina con una nota de cuatro palabras. No termina en ese apartamento con flores en cada habitación.
40 años después de su muerte, hay una plaza en París que lleva su nombre, la plaza Dalida en Montmre, con una escultura de bronce de su busto. La gente va a tocarlo, le deja flores, le habla en francés, en italiano, en árabe, en español, en todos los idiomas en los que ella cantó. Sus discos siguen vendiéndose, 170 millones y contando.
Su voz suena todavía en películas, en series, en bodas, en funerales, en los auriculares de personas que nacieron décadas después de que ella se fuera y que sin embargo, sienten que esa voz les cuenta algo de ellas mismas que no sabían cómo decir. Eso no se lo quitó nadie. ni Lucian Moris, ni Luigi Tenko, ni Richard Chanfrey, ni la industria que la necesitó sonriente, ni la esterilidad que le robaron, ni las cuatro palabras de la nota.
Nadie pudo quitarle la voz y la voz era al final lo único que había sido siempre solo suyo. mundo recuerda su cara, no la de ninguno de los hombres que no pudieron quedarse. Hay una plaza con su nombre, no con el nombre de ellos. El mundo recuerda su voz, no el silencio que eligieron ellos. Eso es la fase cinco de la historia de Dalida. Eso es lo que ganó de todas formas.
Una supervivencia que ella no pudo ver. Pero que existe, que existe y que no se va a acabar. Si hay una historia en este canal que se parece a la de Dálida, en lo más oscuro de todo, una mujer que lo dio todo por amor y pagó un precio que nadie debería pagar nunca, es la de María Callas. La voz más grande del siglo XX, sola en un apartamento de París, con el teléfono en silencio y el mundo que la había adorado mirando para otro lado.
Si todavía no has visto ese episodio, te lo dejo aquí arriba. Creo que lo que sientes ahora mismo al terminar este video te va a llevar directamente a él. El 3 de mayo de 1987, una mujer que había vendido 170 millones de discos colocó flores frescas en cada habitación de su casa. Rosas blancas en el salón, tulipanes en el dormitorio, una pequeña rama de mimosa en la cocina.
Ese gesto no era una despedida sin más. Era la última firma de una mujer que incluso en el momento más oscuro de su vida, eligió hacerlo con elegancia. Yolanda Guiglioti, nacida en el Cairo, conocida en todo el mundo como Dalida, nunca encontró el lugar donde pertenecer del todo, pero dejó una voz que pertenece a todos.
Y eso, si lo piensas, es mucho más de lo que el mundo le mereció a ella. Yeah.