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Asi VIVE de PATRICIA RIVERA en su RANCHO en MORELOS a los 70 AÑOS

Hoy vamos a realizar un recorrido por la vida actual de Patricia Rivera a sus 69 años. La actriz artillense que protagonizó más de 50 películas, que compartió pantalla con Vicente Fernández en el Arracadas y que desde ese momento mantuvieron una relación extramarital que hoy finalmente salió a la luz. La actriz que se mantuvo activa durante más de cuatro décadas y que hoy vive en un silencio total, alejada del mundo del espectáculo mexicano.

Acompáñanos a conocer el patrimonio que construyó película por película. el estilo de vida que llevó durante sus años de mayor actividad, los proyectos que definieron su trayectoria y el retiro absoluto que la convirtió en una de las actrices más recordadas del cine popular mexicano. Comencemos.

Los orígenes de la actriz nacida en Saltillo. Patricia Martínez Rivera nació el 25 de julio de 1956 en Saltillo, la capital del estado de Coahuila, una ciudad del norte de México con una personalidad muy marcada, orgullosa de su historia colonial, de su identidad fronteriza y de esa manera norteña de entender el mundo que combina la practicidad con el carácter y la disciplina con la ambición de quien sabe que para llegar a donde quiere llegar hay que trabajar el doble que los demás.

Crecer en Saltillo a finales de los 50 y durante los años 60 significaba crecer en una ciudad que miraba hacia la capital con aspiraciones, pero que también tenía suficiente carácter propio para no disolverse en ella. Saltillo en los años 60 era también una ciudad que vivía su propia versión del boom industrial que el norte de México experimentaba en ese periodo, con la llegada de empresas manufactureras que transformaban la estructura económica y social de la región y que creaban una clase trabajadora urbana con aspiraciones de

movilidad social que el espectáculo y la cultura popular alimentaban de maneras muy específicas. En ese ambiente de expansión y de ambición colectiva, la posibilidad de que una joven del norte llegara a triunfar en el cine o en la televisión de la capital no era solo un sueño personal, sino también una afirmación de las aspiraciones más amplias de toda una generación de norteños que creían que las fronteras entre su mundo y el mundo del éxito capitalino podían cruzarse con suficiente talento y determinación. El

México en que Patricia Rivera se formó como joven era un país que vivía la transición de una industria cinematográfica en declive hacia un modelo de entretenimiento más fragmentado y más comercial. La época de oro del cine mexicano que había producido a Pedro Infante, a María Félix y a Jorge Negrete estaba ya en sus últimos estertores y la industria buscaba con urgencia nuevas fórmulas y nuevos rostros que pudieran conectar con un público que se estaba diversificando hacia la televisión y hacia otros formatos. [música] Ese contexto de

transición era al mismo tiempo un momento difícil para entrar al cine y un momento lleno de oportunidades para quienes tuvieran la presencia y la determinación necesarias para abrirse paso en una industria que estaba reinventándose sin un mapa claro. Los concursos de belleza de los años 70 en México funcionaban también como una especie de audición pública en la que las productoras y los agentes de castín observaban no solo la apariencia de las participantes, sino también su manera de moverse, de hablar, de proyectar una

presencia ante el público y ante las cámaras. Una joven que había sobrevivido las presiones de un concurso nacional, que había aprendido a presentarse ante auditorios y ante los medios de comunicación, que había desarrollado la confianza necesaria para estar en el centro de la atención sin bloquearse. Era exactamente el tipo de material que los directores y productores del cine popular buscaban cuando necesitaban actrices capaces de funcionar en rodajes rápidos y exigentes, sin experiencia previa formal en el oficio. Su

participación en el certamen Señorita México en 1976, representando a Coahuila como Miss Coahuila, fue la primera puerta hacia el mundo del espectáculo profesional, el tipo de plataforma que en el México de aquella época era uno de los caminos más transitados por las jóvenes con aspiraciones artísticas que querían acceder a una industria muy cerrada y muy dependiente de los contactos.

Los concursos de belleza de los años 70 en México no eran simplemente eventos decorativos, eran mecanismos de selección y de visibilidad que la industria del cine, de la televisión y de la publicidad usaban activamente para identificar talento con presencia pública suficiente para sostener una carrera en pantalla.

La industria cinematográfica que Patricia Rivera encontró cuando comenzó su carrera era, como ya dijimos, un mundo en transformación, pero también era un mundo todavía muy dominado por los productores y los distribuidores que controlaban el acceso a los proyectos [música] con una selectividad que hacía muy difícil que una actriz joven, sin experiencia ni contactos establecidos se abriera camino solo por la vía del talento.

Los castings masivos que las productoras del cine comercial realizaban en aquella época eran la vía de acceso más democrática, pero también la más competitiva, con decenas o cientos de jóvenes compitiendo por pocos papeles disponibles en producciones que tenían presupuestos ajustados y calendarios de filmación muy apretados. Patricia Rivera sobrevivió ese filtro y [música] construyó desde ahí una carrera que duraría más de cuatro décadas.

Pero, ¿de cuánto estamos hablando cuando hablamos de su fortuna? ¿Cómo vivía la mujer que sostuvo el cine popular mexicano con su trabajo constante durante todos esos años? Prepárate porque los detalles te van a impresionar. El debut formal de Patricia Rivera en el cine llegó en 1974 con pasión inconfesable, aunque la película no pudo estrenarse hasta 1978 por problemas de censura que eran comunes en la industria cinematográfica mexicana de aquella época, donde ciertos contenidos podían quedar bloqueados durante años

antes de encontrar el camino hacia las alas. Ese desfase entre la filmación y el estreno era una realidad con la que los actores del cine popular mexicano tenían que vivir, porque significaba que el trabajo realizado no siempre se traducía en visibilidad pública de manera inmediata y que la construcción de una reputación en la industria podía avanzar de manera mucho más lenta que el trabajo en sí.

El impulso real que puso en movimiento su carrera llegó en 1978 con el Arracadas, una de las películas más emblemáticas del cine popular mexicano de esa época, protagonizada por Vicente Fernández en el apogeo de su fama como ídolo de la música ranchera, que había logrado hacer también una carrera cinematográfica sólida y muy popular.

Compartir pantalla con Vicente Fernández en aquel momento era una garantía de visibilidad. Sus películas llegaban a todos los rincones de México y de los mercados latinoamericanos donde el cine mexicano tenía distribución. y los actores que aparecían junto a él en producciones exitosas recibían automáticamente una parte de esa exposición masiva que difícilmente podían haber conseguido de otra manera.

Lo que la experiencia de Las racadas le dio a Patricia Rivera no fue solo visibilidad, sino también un aprendizaje muy concreto sobre cómo funciona el mundo del cine popular cuando hay una estrella de primer orden involucrada en la producción. Trabajar con Vicente Fernández significaba trabajar con un nivel de profesionalismo y de exigencia que no era la norma en todas las producciones del circuito.

Y esa experiencia de un set bien organizado, con un equipo técnico de primera y con un protagonista que se tomaba su trabajo con una seriedad total, le dio a Patricia Rivera un punto de comparación que influiría en como ella misma entendía y ejecutaba su propio trabajo a partir de ese momento. El Arracadas funcionó en taquilla con la solidez que caracterizaba a las producciones de Vicente Fernández en aquella época y Patricia Rivera se benefició de esa exposición para dar el siguiente paso que consolidaría su entrada al circuito

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