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Fawzia de Egipto: La Mujer Más Bella del Mundo… y la Devolvieron

Un fotógrafo apunta su cámara hacia una mujer de 21 años en un palacio de Teerán. Dispara, revela la imagen y lo que ve lo deja sin palabras. En 40 años fotografiando reinas, duquesas y estrellas de Hollywood, Cecil Beaton nunca había visto nada igual. Dirá después que Fozia de Egipto era la criatura más bella que sus ojos habían contemplado. No una de las más bellas.

la más bella. Y sin embargo, esa belleza no la salvó de nada. La usaron como moneda de cambio entre dos imperios. La enviaron a un país que no era el suyo a los 16 años le exigieron un heredero varón que no pudo dar. Y cuando dejó de ser útil, la devolvieron. Como se devuelve un objeto defectuoso, como se devuelve algo que ya no sirve.

 Pero lo que nadie esperaba es que la mujer de vuelta hiciera algo que ninguna princesa de su época se atrevió a hacer, algo que cambió su vida para siempre. Y esa parte de la historia es la que nadie te ha contado hasta hoy. El Cairo, 15 de marzo de 1939. Las calles huelen a jazmín y a pólvora festiva.

 Miles de personas llevan horas esperando bajo el sol para ver pasar el cortejo nupsial más espectacular que el mundo árabe ha presenciado en décadas. Los balcones están cubiertos de flores. Las radios transmiten en directo. En los cafés los hombres escuchan en silencio con los ojos brillantes. La boda se celebra en dos partes, una en El Cairo, la otra en Teerán.

 La ceremonia egipcia es un despliegue de lujo que deja al mundo sin aliento. El palacio Abden, con sus 245 habitaciones, está decorado como si cada rincón fuera una escena de las 100 y una noches. Los invitados incluyen la realeza de medio mundo, príncipes europeos, jeques árabes, diplomáticos de 30 países.

 La comida se sirve en vajilla de oro. Las flores llegan en camiones desde todas las provincias de Egipto y la novia, esa novia de 16 años es tan hermosa que según los testimonios de la época, cuando aparece en el salón, el murmullo de la multitud se apaga de golpe, como si el aire se hubiera detenido. Fauzia Fuad tiene 16 años. Lleva un vestido de seda blanca bordado en oro diseñado en París.

 Sus joyas son esmeraldas y diamantes. El regalo de la familia Pajlavi. Su cabello negro perfecto bajo una tiara que perteneció a su madre y sus ojos ese azul imposible, ese azul que no debería existir en un rostro de piel morena dorada. Miran al frente con una calma que nadie sabe si es serenidad o simplemente la máscara perfecta que una princesa lleva desde que aprendió a caminar.

 A su lado, Mohammad Reiza Pahlavi, 20 años, heredero al trono del Imperio Persa, delgado, nervioso, con una sonrisa que intenta ocultar que él también está aterrorizado. Se miran en ese coche descapotable, entre miles de personas que los vitorean. Algo ocurre entre ellos, algo que ninguno esperaba, algo real.

 Pero nadie en ese cortejo sabe lo que va a pasar. Nadie sospecha que ese amor que están haciendo no va a ser suficiente, que la corona del Sha tiene sus propias leyes más antiguas y más crueles que cualquier sentimiento. Que Fauzia, la mujer más bella del mundo, va a ser devuelta 9 años después con una hija de 8 años, una salud destrozada y el silencio como único equipaje.

 Para entender cómo llegamos hasta aquí, hay que volver al principio. Autia Fuad nace el 5 de noviembre de 1921 en el palacio Russeltin, la residencia de verano de la familia real egipcia en la orilla del Mediterráneo en Alejandría, un palacio de mármol blanco y jardines de palmeras donde el mar se escucha en todas las habitaciones.

 Un lugar que huele a historia antigua y a sal marina a partes iguales. Su padre es Fuad Io, el primer rey del Egipto moderno. Un hombre que gobierna su palacio con la misma mano autoritaria con la que gobierna su país. Un padre que cree que demostrar afecto es una forma de debilidad. Sus hijos lo admiran y le tienen miedo al mismo tiempo.

 Su madre, la reina Nasle Sabri, es otra historia culta, valiente, con una independencia de espíritu que choca constantemente con las convenciones de la corte. Nasle cree que sus hijas merecen educación, criterio propio, libertad de pensamiento. Es una madre que intenta dar a Fausia a las herramientas para hacer algo más que una pieza de ajedrez.

 No siempre puede, pero lo intenta. Faucia es la segunda de cuatro hijos. El mayor es Faruk, el heredero, consentido desde el primer día, destinado a ser rey antes de saber leer. Luego Fausia, luego Faisa, luego Faica. Hay algo en Fousia que desde pequeña hace girar las cabezas. No es solo la belleza, aunque ya es evidente desde la infancia, es una presencia, una manera de entrar en una habitación que hace que todos los ojos se vuelvan hacia ella sin que haga nada para provocarlo.

Esos ojos azules en un rostro árabe, una rareza genética que los médicos de la corte no saben explicar y que los poetas de El Cairo convierten inmediatamente en leyenda. Crece en un universo de opulencia que es al mismo tiempo una prisión dorada. Palacio Abdeen en el Cairo, 245 habitaciones. Palacio Russel Tein en Alejandría, donde el Mediterráneo llega casi hasta las ventanas.

 Palacio Montasá, con sus jardines de palmeras y playas privadas. Viajes a Europa en los veranos París, Ginebra, la costa azul. Pero una princesa egipcia en los años 20 no elige nada. No elige a qué escuela ir, no elige a sus amigos, no elige si salir o quedarse y sobre todo no elige con quién casarse. Fauzia lo entiende muy pronto.

Aprende a callar, aprende a sonreír en el momento correcto. aprende a hacer exactamente lo que se espera de ella, tan perfectamente que nadie pueda quejarse y aguardar sus propias emociones en un lugar tan profundo que ella misma a veces olvida que las tiene. Era una estrategia de supervivencia disfrazada de obediencia perfecta y funcionó durante años. Funcionó.

 Los veranos en París le abren un mundo que el palacio no puede darle. Las galerías de arte, los cafés donde la gente debate sin bajar la voz, las tiendas donde los vestidos son obras de arquitectura en tela. Las películas de Hollywood que llenan los cines del boulevard. Facia absorbe todo con la avidez de alguien que siente que el mundo es mucho más grande de lo que le habían dicho.

 En París por primera vez ve mujeres que trabajan, mujeres que opinan en público, mujeres que caminan solas por la calle sin que nadie las mire como si estuvieran cometiendo un delito. Es un mundo que no se parece en nada al palacio Abdén, donde las mujeres de la familia real existen para ser bellas, obedientes y silenciosas.

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