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Hombre discapacitado dio su silla a otro más enfermo—Cantinflas lo vio y se QUEBRÓ

 Puedo caminar un poco. Tú no puedes en absoluto. La decisión es simple. Pero, ¿cómo llegarás a casa? Caminaré, me detendré cuando necesite descansar. Llegaré. Esos son kilómetros. Entonces tomaré horas, pero llegaré. El hombre más joven tenía lágrimas corriendo por su rostro. No sé qué decir. Di que cuidarás bien de ella y que cuando encuentres a alguien que la necesite más que tú, se la pasarás.

 Así es como funciona. Mario se acercó incapaz de quedarse al margen. Disculpen, no pude evitar escuchar. ¿Qué está pasando aquí? El hombre mayor se volvió, todavía sosteniéndose del respaldo. Solo estoy dando mi silla de ruedas a alguien que la necesita más que yo. Pero usted claramente también la necesita. Sus piernas.

 Mis piernas funcionan un poco, las de él no funcionan en absoluto. La matemática es simple. Pero, ¿cómo llegará a casa? Caminaré. Ve ese bastón allí. Señaló bastón desgastado, apoyado contra árbol. Lo usaré. Caminaré despacio. Me detendré frecuentemente, pero llegaré. ¿Y si lo llevo a casa, ¿dónde vive? El hombre vaciló. en la colonia Tacubaya.

 Pero no quiero ser molestia. No es molestia, pero primero cuénteme qué está pasando realmente aquí. Los tres hombres se sentaron en banca cercana. El hombre mayor con esfuerzo visible apoyándose pesadamente en su bastón. El más joven permaneció en su silla de ruedas. Ahora la silla del hombre mayor. El hombre mayor se llamaba Fernando García.

 Tenía 52 años. Había sido trabajador de construcción hasta hace 10 años cuando accidente en sitio de trabajo le aplastó ambas piernas. Los doctores salvaron sus piernas, pero quedaron severamente dañadas. Podía caminar distancias cortas con gran dolor, pero para cualquier distancia real necesitaba silla de ruedas.

 La silla de ruedas me la dio hospital hace 10 años. Fernando explicaba, no era nueva, entonces era usada, donada, pero funcionaba. Me dio movilidad, me dio libertad. Durante estos 10 años he dependido de esta silla. Me lleva al mercado, a la clínica, a visitar a mis hijos. Sin ella estaría atrapado en casa. El hombre más joven se llamaba Roberto Mendoza.

 Tenía 37 años. Había sido diagnosticado con esclerosis múltiple. Hace 5 años, la enfermedad había progresado rápidamente. Ahora no podía caminar en absoluto. Tenía silla de ruedas, Roberto explicaba. Una vieja que mi familia compró de segunda mano hace 3 años, pero se rompió la semana pasada. Una rueda se salió completamente.

Tratamos de repararla, pero está más allá de arreglo. Sin silla de ruedas, no puedo salir de casa, no puedo ir al doctor, no puedo ir a fisioterapia. No puedo hacer nada, excepto sentarme en casa viendo cuatro paredes. Mi familia no tiene dinero para nueva silla de ruedas. Las baratas cuestan 1,000 pes.

 Las buenas cuestan tres o 4,000. Podríamos también necesitar 10,000. No tenemos ese dinero. Así que hoy mi hermano me cargó, literalmente me cargó en su espalda 2 km hasta este parque solo para que pudiera salir de casa, para que pudiera ver algo más que mi cuarto. Y aquí conocí a Fernando. Fernando continuó la historia. Yo estaba sentado en mi silla disfrutando del sol.

 Roberto estaba sentado en banca. Su hermano lo había dejado allí por hora mientras hacía mandados. Comenzamos a hablar. Me contó sobre su enfermedad, sobre su silla rota, sobre estar atrapado en casa y miré mi silla, esta silla que me ha servido durante 10 años y supe lo que tenía que hacer. Yo puedo caminar un poco, es doloroso, es lento, pero puedo hacerlo.

 Roberto no puede caminar en absoluto. ¿Cómo puedo quedarme sentado en esta silla sabiendo que alguien que realmente la necesita está atrapado en casa? Pero usted la necesita también. Mario dijo, “La necesito, pero no la necesito tanto como él. Esa es diferencia crucial. ¿Qué hay de conseguir otra silla de ruedas? Yo podría ayudar. Eso sería generoso.

 Pero incluso si compras silla de ruedas para Roberto, ¿qué hay de siguiente persona? Y la siguiente, siempre habrá más personas que necesitan sillas de ruedas que sillas de ruedas disponibles. Lo que estoy haciendo hoy no es solo dar silla de ruedas, es demostrar principio que aquellos de nosotros que tenemos poco pero tenemos algo, debemos compartir con aquellos que tienen menos.

 Yo puedo caminar distancias cortas con dolor. Roberto no puede caminar en absoluto. Yo tengo silla de ruedas. Él no tiene ninguna. La solución es obvia. Mario sintió emoción profunda. Fernando, permítame preguntarle algo. Si le compro nueva silla de ruedas, una buena, ¿aceptaría para mí? No. Ya tomé decisión.

 Esta silla es de Roberto ahora, pero caminar le causará dolor terrible. Soportaré el dolor. He soportado dolor durante 10 años. Puedo soportar más. ¿Qué hay de su trabajo? ¿Cómo ganará dinero si no puede moverse eficientemente? Fernando bajó la mirada. Perdí trabajo de construcción cuando me lesioné. Ahora hago trabajo ocasional.

 Reparaciones pequeñas, lo que puedo encontrar. No es mucho. Con silla de ruedas podía moverme entre trabajos. Sin ella será más difícil, pero encontraré manera. Tiene familia, esposa y tres hijos adultos, todos trabajando, ayudando. No somos ricos, pero sobrevivimos. Mario tomó decisión. Bien, haré trato con usted.

 Le compraré dos sillas de ruedas nuevas, una para Roberto, una para usted. Pero hay condición. ¿Qué condición? Que ambos prometan que si alguna vez encuentran a alguien que necesita silla de ruedas más que ustedes, considerarán seriamente darle la suya. Que pasen adelante este acto de generosidad. Fernando y Roberto se miraron. Ambos tenían lágrimas en sus ojos.

Prometo, Fernando dijo. Prometo. Roberto repitió. Durante las siguientes semanas, Mario no solo compró dos sillas de ruedas de alta calidad, sino también ayudó tanto a Fernando como a Roberto en otras formas. Conectó a Fernando con mejores oportunidades de trabajo. Ayudó a Roberto a encontrar mejores tratamientos médicos para su enfermedad.

La primera vez que Fernando se sentó en su nueva silla de ruedas, lloró. “E tan suave”, dijo moviendo las ruedas con facilidad. Mi vieja silla requería tanta fuerza para mover. Esta es como volar. Pero algo en su expresión preocupaba a Mario. ¿Qué pasa, Fernando? Me siento culpable. Fernando admitió.

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