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OMAR “GATO” ORTIZ : CONFESÓ POR QUE SECUESTRO AL ESPOSO DE GLORIA TREVI

Lo apodaron el felino. Atajó más de 10 años en el fútbol mexicano, vistió la camiseta de la selección y levantó un título de liga. Y ese mismo hombre terminó secuestrando al esposo de la mismísima Gloria Trevi, señalando a desconocidos para que una banda los secuestrara, entre ellos una menor de edad de 16 años.

Hoy destrozado, cumple 75 años de prisión. Quédate hasta el final porque vas a saber por qué señaló justo al esposo de Gloria Trevi y lo más oscuro que le pidió a cambio. Vas a saber cuánto le pagaban por cada persona que entregaba y por qué entre esos nombres había una menor de edad de solo 16 años. Pero antes de llegar a ese carro donde esperaba sentado a que saliera su próxima víctima, tienes que entender una cosa, porque lo que hizo ese portero no empezó en una casa de seguridad, empezó muchos años antes en una cancha de tierra de Monterrey, donde

un niño flaco descubrió que tenía las manos más rápidas del barrio y que esas manos algún día lo iban a alimentar. Monterrey, Nuevo León. 13 de marzo de 1976. En una casa modesta de la colonia industrial nació un niño moreno, flaco, con las manos largas para su edad. Lo registraron como Omar Ortiz Uribe, el séptimo en una familia donde no sobraba nada.

El padre trabajaba en el norte, la madre cocía ajeno. El frío de Monterrey se metía por las rendijas de la casa y los niños dormían encimados para darse calor. Omar fue desde chico, distinto de sus hermanos. No corría más rápido, no era más fuerte, tenía otra cosa. Los reflejos. Una manera de moverse que su madre describió años después con cuatro palabras. Agarraba todo en el aire.

lo veía atrapar pelotas de trapo que sus hermanos le lanzaban desde el otro lado del patio. Vasos que se caían de la mesa, una taza que un vecino tiró por accidente y que Omar, con 6 años alcanzó a centímetros del suelo. Su primer apodo, antes del felino, llegó por otro lado, más sencillo. Se lo puso un primo que jugaba fútbol en la cuadra y lo invitó un domingo a meterse al arco improvisado marcado con dos piedras.

Omar atajó tres balones que el primo juraba imparables y al final del partido se acercó a él y le dijo, “Tú eres el gato del barrio.” Omar tenía 9 años. El apodo se le pegó como una segunda piel. en la escuela, en los partidos, en la calle, gato, solo gato. Y un día, ya con 12 años, un señor que dirigía un equipo infantil en una liga llanera de Monterrey lo vio atajar en un terreno valdío y le preguntó si quería entrar a fuerzas básicas, no de cualquier equipo, de Rayados.

Pero lo que ese señor no supo aquella tarde es que estaba reclutando, sin saberlo, al portero que 25 años después iba a aparecer en las primeras planas de todo el país por un crimen que ningún mexicano imaginaba posible. Omar entró a las fuerzas básicas de Rayados de Monterrey a los 12 años. No era el más alto, no era el más técnico, pero era el más rápido de manos.

Los entrenadores lo notaron en la segunda sesión. Mientras los otros porteros intentaban leer la trayectoria del balón con la mirada, Omar ya estaba volando hacia el lado correcto, como si lo supiera antes que el delantero. Subió rápido, subcategorías, juveniles, reserva. A los 20 años ya entrenaba con el primer equipo.

Era el suplente del suplente, pero estaba ahí, adentro del vestidor de rayados, compartiendo cancha con jugadores que veía por la tele cuando era niño, comiendo en la concentración el mismo desayuno que ellos, aprendiendo cómo se hablaba un futbolista profesional, cómo se vestía, cómo se movía en la calle, cómo se cobraban los primeros sueldos en serio.

Su primer contrato profesional lo firmó en 1997. Tenía 21 años. Le pagaron una cantidad que su familia, su mada entera, nunca había visto junta. Omar compró ese mes lo primero que le compra un muchacho pobre del norte cuando le entra dinero. Ropa, un par de tenis caros, una cadena de oro para él y otra para su madre.

No fue exagerado, no la tiró, la guardó. Pero la prueba del dinero, esa prueba muda, ya había entrado a su vida. Lo que nadie le advirtió a Omar Ortiz aquel año 1997 es que un futbolista profesional de la Liga Mexicana en aquella época sostenía en promedio un séquito de 12 personas con su sueldo, 12 personas que dependían directa o indirectamente de él y que cuando ese sueldo se acabara, esas mismas 12 personas se iban a quedar mirando para otro lado.

Pero eso vendría después. En aquellos primeros años, Omar era todavía un proyecto. Lo prestaron al club Celaya en 1999. Lo enviaron como suplente, pero el portero titular se lesionó en la pretemporada y el gato tuvo que ponerse el guante de manera inesperada. Ese semestre atajó como si llevara 10 años haciéndolo.

La afición de Celaya, que es una afición que sabe de fútbol, empezó a corear su apodo cada que volaba a un poste. Regresó a Monterrey en el 2002, esta vez como una opción real. El técnico de aquel torneo, viendo lo que había mostrado en Celaya, lo subió a la titularidad en algunos partidos. Omar respondió, “No falló cuando lo necesitaron y en mayo de ese mismo año pasó algo que ningún portero de su generación había logrado a su edad.

Lo llamaron a la selección mexicana. Existe una fotografía de aquel primer llamado a la selección que Omar Ortiz guardó por años en el cajón de su mesa de noche, dentro de una caja de madera donde tenía sus cosas más importantes. La foto lo muestra entrando al campo del Estadio Azteca con la camiseta verde puesta, los guantes nuevos todavía sin estrenar, sonriendo de una manera que él mismo años después ya no iba a poder repetir.

la foto y esos guantes, los primeros guantes de selección que usó, iban a aparecer otra vez en esta historia, pero no en el momento que tú esperarías. Los guantes que Omar Ortiz se puso esa tarde frente a Guatemala fueron los mismos guantes que 14 años después. La policía de Nuevo León encontró dentro de una bolsa, en un cateo, en una casa de seguridad de las afueras de Monterrey.

Pero esos guantes los vamos a guardar por ahora. El 9 de mayo de 2002, el técnico de aquella selección, Javier Vasco Aguirre, lo convocó para la Copa Oro que se jugaría en Estados Unidos. Omar entró en un solo partido. Fue el segundo tiempo del juego contra Guatemala. México ganó 3 a 1 y el Gato Ortiz atajó lo que tuvo que atajar.

No fue una participación estelar, fue un debut, pero fue suficiente. Para un muchacho moreno del norte que 10 años antes dormía encimado con sus hermanos para no tener frío, eso era suficiente. Lo que vino después fueron 6 años de carrera estable. Lo vendieron al Necaxa en una transferencia polémica de la que se habló mucho en su momento.

Después a los Jaguares de Chiapas, donde vivió su mejor etapa como profesional. Cinco temporadas, más de 100 partidos disputados, una posición de titular que nadie le movía. En el Clausura 2004 fue el segundo mejor portero del torneo. Solo lo superó Sergio Bernal de Pumas por una pelota. Aquí es donde la historia se parte en dos.

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