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Cantinflas vio cocinera vendiendo comida CASI REGALADA a obreros—cuánto ganaba lo PARTIÓ EN DOS

 Mario se acercó cuando la fila disminuyó. ¿Cuánto cuesta el plato? La mujer tenía cabello gris recogido, delantal manchado, manos rojas de trabajar con agua caliente. Lo miró. Dos pesos, señor. ¿Y qué incluye? Arroz, frijoles, guisado del día, tres tortillas, agua fresca. Mario sacó 20 pesos, me da 10 platos.

 La mujer frunció el seño. Para 10 personas. No, quiero pagar 10 platos para obreros en la fila. La mujer lo miró con expresión difícil de descifrar. No hacemos eso aquí, señor. ¿Por qué no? Porque los hombres que vienen aquí son trabajadores. No necesitan que nadie les regale su comida. Vienen, pagan, comen. Así funciona.

 Pero si yo quiero ayudar, si quiere ayudar. La mujer lo interrumpió con firmeza, pero sin rudeza. Páguese su propio plato y siéntese a comer. Eso me ayuda a mí y a ellos los deja con su dignidad intacta. Mario tomó los dos pesos y los entregó. La mujer le sirvió plato y señaló hacia mesa larga donde varios obreros ya comían. Mientras comía, Mario observó.

La comida era extraordinaria. Guisado de res verduras, arroz perfectamente sazonado, frijoles cremosos, todo casero, todo fresco. Cuando terminó, esperó a que la fila acabara. La mujer comenzó a limpiar con movimientos eficientes, de quien ha hecho esto miles de veces. Perdone que insistí antes, Mario dijo, “Tiene razón sobre la dignidad.

” La mujer lo miró evaluándolo. No muchas personas lo entienden. ¿Puedo preguntarle algo? Puede preguntar. No prometo contestar. Dos pesos por ese plato con los ingredientes que usó. Res, verduras frescas, todo. ¿Cuánto le cuesta realmente hacer ese plato? La mujer dejó de limpiar. ¿Para qué quieres saber eso? Porque me parece que está vendiendo muy barato.

La mujer se sentó en silla plegable. Pes con50. Ah, más o menos. El costo es 350 y cobra dos. Sí. Entonces, ¿pierde dinero en cada plato? Un peso 50 centavos por plato, más o menos. ¿Y cuántos platos sirve cada día? Entre 40 y 60. Depende del día. Mario hizo cálculo rápido. Está perdiendo entre 60 y 90 pesos al día.

Sí. ¿Cómo sobrevive? La mujer lo miró con expresión que mezclaba cansancio y algo parecido a paz. ¿Puedo preguntarle quién es usted antes de contarle mi vida? Me llamo Mario. Mario Moreno. Reconocimiento cruzó el rostro de la mujer, pero no pareció intimidada. Conozco ese nombre. ¿Qué está haciendo por aquí? Pasaba, vi supuesto. Me quedé.

La mujer asintió lentamente. Mi nombre es Consuelo. Consuelo Hernández. Ah, tengo este puesto hace 12 años. ¿Y ha perdido dinero cada día durante 12 años? No siempre. Cuando empecé cobraba 3 pesos, luego cuatro. Ganaba algo, no mucho, pero algo. Entonces, ¿qué cambió? Consuelo guardó silencio por momento, después habló despacio.

 Hace 8 años llegó crisis. Fábrica grande de aquí, metálica del Valle, la más grande, tuvo problemas. Hubo huelga, después recortes. Muchos obreros perdieron trabajo. Los que quedaron tuvieron rebaja de salario. Y vi algo que nunca olvidaré. Obreros que venían a comer aquí, hombres que habían comido aquí durante años, pagando puntualmente, empezaron a venir con caras diferentes.

Cara de quien está contando cada peso, cara de quien se pregunta si puede permitirse comer. Un día, hombre que venía aquí desde hacía 5 años llegó a la fila. Cuando llegó al frente, ah, sacó sus monedas, las contó, las volvió a contar y me dijo, “Consuelo, solo tengo 2 pesos. ¿Me puede dar algo por 2 pesos?” En ese tiempo yo cobraba tres, entonces pesos no alcanzaba para plato completo.

 Le di plato completo y le dije que el precio nuevo era 2 pesos. Y todos los demás, todos empezaron a pagar 2 pesos. Bajé precio y nunca lo volví a subir. Pero, ¿cómo ha pagado sus propios gastos durante 8 años? Consuelo sonró. Primera vez que sonreía desde que Mario se había acercado. Tengo casa propia, la pagué hace 20 años, entonces no pago renta.

 Tengo huerto pequeño detrás de la casa. Cultivo algunos de mis vegetales y tengo ahorros de cuando mi esposo trabajaba. Su esposo. La sonrisa de consuelo se suavizó. murió hace 10 años. Era obrero de esa misma fábrica metálica del Valle. Ah, trabajó allí 30 años. Lo siento, era buen hombre, trabajador, honrado. Llegaba a casa con manos negras de grasa, pero siempre traía dinero para la familia.

 Nunca faltó a su trabajo, nunca. Y este puesto empezó después de que él murió. Empecé 2 años antes cuando se enfermó. Necesitábamos dinero extra para medicinas. Entonces empecé a cocinar aquí. Sus compañeros de trabajo fueron mis primeros clientes. Y cuando él murió seguí. Ya conocía a los hombres, conocía sus historias, sabía cuántos hijos tenía cada uno, qué problemas se enfrentaban.

 Para mí no eran solo clientes, eran familia de mi esposo, familia mía. Y cuando vino la crisis hace 8 años y vi que estaban sufriendo, no pude cobrarles más. Oh, ¿cómo iba a cobrarles más cuando estaban pasando por lo mismo que mi esposo pasó? Trabajar duro sin ganar suficiente. Mario escuchó en silencio. Después preguntó, “¿Alguien sabe que pierde dinero? Mis hijos me dicen que soy necia, que debería cobrar precio justo, que me estoy quedando sin ahorros.” Y tienen razón.

 sobre los ahorros. Sí, cada año tengo menos. Tal vez en tres o cu años no pueda seguir. ¿Y qué pasará entonces? ¿Estos hombres buscarán otro lugar? ¿O no comerán bien al mediodía o gastarán más de lo que pueden en comida cara? ¿Le importa eso? Consuelo lo miró directamente. ¿Qué madre no le importaría que sus hijos no coman bien? ¿Los considera sus hijos? Los conozco desde hace 12 años.

 Sé cómo se llaman, sé el nombre de sus esposas, de sus hijos. Cuando alguno falta, pregunto si está bien. Cuando hay un cumpleaños, hago algo especial. Cuando alguien tiene problema familiar, a veces vienen aquí a hablar. Este puesto no es solo comida, es Consuelo buscó la palabra. Es punto de encuentro, lugar donde los hombres saben que alguien se preocupa por ellos, que hay comida caliente esperándolos, que no están solos.

 No hay nadie más que se preocupe por ellos. Sus familias, sí, pero sus familias tienen sus propios problemas. Y hay algo diferente en saber que hay persona fuera de tu familia que te ve, que le importa si comes, que te trata bien, aunque no sea su sangre. Durante las siguientes semanas, Mario visitó el puesto de consuelo varias veces.

 Cada vez llegaba a las 12, se sentaba con los obreros, comía, escuchaba. Fue testigo de lo que Consuelo había descrito. Hombres que llegaban con cara cansada y salían con cara diferente. No solo porque habían comido, sino porque habían sido vistos, tratados con calor, con humanidad. Había obrero joven, no más de 20 años que llegaba solo.

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