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REVELADO: Asi VIVE RAMON AYALA en su RANCHO a sus 83 AÑOS

 La necesidad apremiaba y el niño tuvo que salir a corretear la chuleta para apoyar a los más pequeños. Resulta duro pensar en un chiquillo de escasos 7 u 8 años enfrentándose al mundo laboral en cualquier oficio en lugar de estar sentado en un pupitre. Lo mismo pregonaba golosinas en la vía pública que le sacaba brillo a los zapatos en el primer cuadro regio o le hacía al diablito cargando mercancía en los tianguis.

 Sin embargo, la verdadera friega comenzó al migrar de forma transitoria hacia territorio tamaulipeco, con la esperanza de encontrar un respiro económico. En esa región le tocó sudar la gota gorda recolectando algodón, una faena exhaustiva soportando los feroces rayos del sol que azotan nuestra frontera norte. Era parejo para chicos y grandes.

Se partían el lomo en las parcelas, desgarrándose los dedos al cosechar y arrastrando bultos con pesos desproporcionados para un infante. Tras una jornada maratónica entre los surcos, su raya diaria rondaba entre tres y cinco pesitos. Corrían los años de 1953 a 1954. Esa morralla apenas daba para el kilo de masa y un puño de aluvias.

 Dicha miseria no lo amargó. sino que le inyectó una voluntad inquebrantable para superarse. Observar al viejo regresando ahogado en alcohol tras las tocadas, derrochando el poco ingreso en la farra fue una lección contundente. Presenciar el calvario materno para dar de tragar a nueve bocas con las obras lo impulsó a cambiar su destino.

 Su única herramienta real eran las corcheas. Desde Squinkle, su progenitor le instruyó los principios del fuelle de manera empírica, cero solfeo, pura observación directa y repetición pura. Se pasaba horas ensayando con un instrumento maltrecho y remendado que su señor padre había pepenado por ahí. Bajo la lupa contemporánea, su biografía parece de película, pero en el México de los años 40 y 50, ese drama retrataba el día a día de muchísima gente.

 Lo que lo hizo único fue utilizar el arte sonoro como verdadero trampolín para evadir la miseria. Así se gestó el momento decisivo rumbo al estrellato. El rumbo de nuestro artista dio un giro de 180 gr al toparse con Cornelio Reina en la ciudad fronteriza de Reyosa, Tamaulipas. Arrancaba la década de los 60 y el muchacho rondaba los 17 abriles.

Cornelio, algo más veterano, ya traía colmillo haciendo ruido con conjuntos de la zona. Una tarde de copas, en una taberna reinocense, el joven acordeonista dejó a Reina completamente apantallado con su ejecución. No se trataba de mera habilidad manual. El chavo le imprimía un corazón y un desgarro a las notas que superaban cualquier estudio metódico.

 Su agilidad para deslizarse por los botones revelaba una maestría inaudita para su corta edad, por lo que el experimentado músico lo invitó de inmediato a ser mancuerna. La fórmula apostaría por el sonido regional auténtico, el fuelle acoplado al bajo sexto, logrando un ensamble vocal perfectamente equilibrado a dos voces.

 Sus letras relatarían tragedias pasionales, desamores y la crudeza del entorno fronterizo. Crónicas vivas con las que el pueblo raso se identificaba hasta los huesos. Bautizados atrevidamente como los relámpagos del norte, asumieron un mote ambicioso que terminaron respaldando con creces en cada escenario. Corría 1960 y 3 cuando, recién integrados plasmaron en cera el tema Ya no llores, una pista instrumentalmente sencilla, pero con una carga melancólica devastadora.

 abordaba el despecho y ese pundonor masculino de retirarse sin mendigar afecto. Un trancazo seguro para el público bravío. La rola reventó las listas locales en un abrir y cerrar de ojos. Las radiodifusoras de la sultana, así como las frecuencias de Reyosa y Matamoros, la programaban día y noche sin descanso. Los parroquianos vaciaban sus monedas en las rócolas para escucharla, mientras los fara fara de la región la volvieron obligatoria en cualquier pachanga.

 Al cerrar 1963, esta exitosa dupla había dejado atrás los reducidos tugurios tamaulipecos para aspirar a ligas mayores. Se la pasaban de gira peinando toda la franja fronteriza, abarrotando plazas desde Nuevo León y Tamaulipas hasta tierras coahuilenses y chihuahuenses. Los contratos llovían y la lana empezó a caer en abundancia, aunque el parteaguas definitivo ocurrió al trascender la frontera norte para conquistar a toda la República.

 Promediando la década de los 60, no había rincón del territorio azteca que no supiera quiénes eran estos talentosos músicos. Sus vinilos volaban de los estantes abarcando desde los mercados tapatíos y la inmensa capital hasta los rincones más alejados del sureste mexicano. Dieron al clavo con una fórmula que calaba hondo en la identidad nacional.

 Acordes genuinos y sin pretensiones extranjeras que enaltecían con gallardía el folklore norteño. Aquel chiquillo que se deslomaba en los sembradíos por 5 pesos diarios ahora se embolsaba fuertes sumas cada noche. Una metamorfosis tan radical que le resultaba francamente irreal. La brillante etapa del conjunto concluyó en 1971, justo cuando su compañero vocalista optó por emprender su camino en solitario.

Semejante ruptura representó un trago amargo para el acordeonista, pero a pesar del imperio forjado en conjunto asimiló que el espectáculo no podía detenerse. Armó a los Bravos del Norte reclutando sangre nueva, dejando clarísimo un punto clave. El genio indiscutible siempre fue Ramón Ayala. Su magia con el acordeón era irrepetible.

La raza lo respaldaría a donde jalara y así mérito fue. Esta nueva agrupación pegó muchísimo más fuerte que su etapa con los relámpagos. Rolazos como tragos amargos, chaparra de mi amor y un rinconcito en el cielo nacieron como himnos eternos. Hoy, 50 años más tarde, siguen retumbando fuerte en cualquier estación grupera.

 Así se afianzó como el absoluto rey del acordeón. Y no fue por presumido. La misma raza y sus colegas gruperos le otorgaron la corona, avalando que nadie le llegaba a los talones. Para dimensionar su lana, hay que comprender cómo se movía el negocio del regional mexicano por allá de los 60, 70 y 80. Fue justo en esa de bailes continuos y millones de acetatos vendidos donde amasó su imperio.

 En la década de los 60, apenas arrancando con los relámpagos, el fuerte del billete caía de las tocadas. Tocar en la feria municipal les dejaba de 300 a 800 pesos por velada. Era muy buena lana en esos tiempos, sobre todo frente a los cinco pesitos diarios que sacaba en la pisca de algodón 10 años atrás.

 En su apogeo, los relámpagos se aventaban entre 150 y 200 fechas anuales, calculando 500 pesos por evento y unas 175 tocadas por año. El dueto se embolsaba 80 y 7,500 pesos brutos anualmente. Yendo a mitades, Ramón sacaba casi 43,750 pesos anuales, calculando al día de hoy aquella suma de los 60 representaría un aproximado de 600,000 de los de ahora.

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