Cuando Villa necesitaba que algo ocurriera sin que Villa lo hiciera directamente, Fierro lo hacía. Cuando había prisioneros que no podían ser mantenidos ni liberados, Fierro resolvía el problema. Cuando había mensajes que enviar a los enemigos a través de la muerte de sus representantes, Fierro era el mensajero.
John Reed, el periodista americano que pasó meses con la división del norte y que escribió el libro Insurgent México, describió a Fierro en términos que capturan la perturbación que producía en quien lo observaba. Red lo vio actuar en varias ocasiones y lo describió como el hombre más peligroso que había conocido.
No en el sentido de impredecible o errático, sino en el sentido del peligro que emana de alguien que ha resuelto completamente el problema de la violencia. Para Fierro, matar no era una crisis, ni una decisión, ni un umbral a cruzar. Era una tarea y la hacía bien. Hay en esa descripción de Reid algo que los historiadores militares reconocen como un tipo de personalidad que las guerras producen y utilizan.
El hombre para quien la violencia ha dejado de ser excepcional y se ha convertido en el modo normal de relacionarse con el mundo. Esos hombres son extraordinariamente útiles en guerra, son extraordinariamente peligrosos en paz y su existencia plantea preguntas que los ejércitos raramente responden de manera satisfactoria sobre la responsabilidad que tienen hacia los hombres que transforman en instrumentos de violencia.
Dentro de la división del norte, la presencia de Fierro al lado de Villa tenía un efecto disciplinario que iba más allá de cualquier reglamento militar. Los soldados sabían que Fierro podía actuar en cualquier momento y que las razones por las que actuaba no siempre eran predecibles con exactitud. Esa imprevisibilidad era en sí misma una herramienta.
Un ejército donde cualquier acto de insubordinación o de deslealtad podía tener consecuencias inmediatas y definitivas. Es un ejército que piensa dos veces antes de actuar fuera de las normas que sus líderes establecen. Fierro no necesitaba ejecutar a 100 hombres para producir ese efecto. Con que todos supieran que era capaz de hacerlo y que lo había hecho, era suficiente.
El episodio de Camargo en el otono de 1913 es el más documentado de la carrera de fierro, en parte porque ocurría en presencia de suficientes testigos como para que los relatos se verificaran mutuamente y en parte porque la escala de lo que ocurrió la hacía imposible de ocultar o de ignorar.
Las versiones del episodio varían en algunos detalles, como suele ocurrir con los eventos que nadie quería recordar, pero que nadie podía olvidar. La versión más citada que aparece en múltiples fuentes independientes describe lo siguiente. Los 300 prisioneros fueron llevados al curral uno por uno o en pequeños grupos. A cada uno se le daba una oportunidad.
Si lograba saltar la barda del corral y escapar, quedaba libre. Si no lo lograba, Fierro lo mataba. Era una especie de juego que tenía la estructura de una posibilidad, pero cuyo resultado real era casi siempre el mismo. Porque la barda era alta. Los prisioneros estaban exhaustos y hambrientos después de días de cautiverio, y Fierro era un tirador preciso que no fallaba.
Algunos prisioneros sí lo lograron. Las fuentes no coinciden en el número exacto, pero hay referencias a un punado de hombres que saltaron la barda y corrieron suficientemente rápido y suficientemente lejos como para que Fierro o los soldados que lo asistían no los alcanzaran. Esos hombres sobrevivieron y algunos de ellos contaron lo que habían visto.
Sus testimonios son parte del registro histórico que hace posible reconstruir lo que ocurrió. Lo que más llamó la atención de los testigos, más que la escala de lo que estaba ocurriendo, fue la actitud de fierro durante el proceso. No parecía excitado, no parecía angustiado. Descansaba cuando el arma se calentaba, bebía agua, comía algo y luego continuaba.
El trabajo era el trabajo. Cuando terminó, se fue a limpiar el arma y a dormir. Villa no estuvo presente durante la ejecución. Eso era parte del acuerdo implícito entre los dos hombres. Villa daba la orden o permitía que la orden se ejecutara y Fierro la llevaba a cabo. La distancia física era también una distancia de responsabilidad, al menos en la manera en que Villa quería presentarse a sí mismo y a su ejército.
Fierro nunca pareció importarle que esa distancia existiera hacia su trabajo y no pedía reconocimiento público. El corral de Camargo quedó marcado en la memoria de todos los que pasaron por la región en los meses siguientes. Los que habían estado ahí esa tarde, los soldados villistas que habían asistido a fierro o simplemente habían presenciado lo que ocurría, no hablaban de ello directamente, pero tampoco lo olvidaban.
Era ese tipo de memoria que no se comparte, porque compartirla requeriría revivirla. Y revivirla era algo que nadie quería hacer. Para entender a Rodolfo Fierro es necesario entender el contexto en el que existió, porque sacarlo de ese contexto es hacerlo más simple de lo que era y, en cierto sentido, menos perturbador.
La Revolución Mexicana fue uno de los conflictos más violentos del hemisferio occidental en el siglo XX. Entre 1910 y 1920 murieron entre 1 millón y 1,illón y medio de mexicanos, de los cuales una fracción relativamente pequeña murió en combate directo. La mayoría murió de hambre, de enfermedad, de violencia paramilitar, de represalias, de los desplazamientos masivos de población que la guerra generó.
Era un conflicto en el que las líneas entre los ejércitos y los civiles, entre el combate y el crimen, entre la ejecución y el asesinato, se habían disuelto de maneras que hacían difícil aplicar los estándares de la guerra convencional. En ese contexto, fierro era un extremo, no una norma. Incluso entre los hombres más duros de la división del norte, incluso entre quienes habían peleado en la sierra de Chihuahua durante años y habían visto y hecho cosas que los habían endurecido más allá de lo que la vida civil habría permitido, Fierro era
conocido como algo diferente. Sus propios compañeros lo temían. Sus propios superiores, incluyendo el propio Villa, lo trataban con una cautela que reservaban para pocas personas. Hay un episodio que varios biografos de Villa relatan y que ilustra esa dinámica. En cierta ocasión, durante una discusión sobre la conducta de fierro con prisioneros, uno de los oficiales de Villa le planteó directamente que Fierro estaba yendo demasiado lejos, que sus ejecuciones extrajudiciales estaban creando problemas políticos y morales
para el movimiento. Villa escuchó el argumento y luego dijo algo que sus biografos reproducen de maneras ligeramente diferentes, pero con el mismo sentido, que Fierro hacía lo que hacía, que eso era lo que era, y que mientras fuera útil seguiría siendo de la división. Esa respuesta revela algo importante sobre Villa, que entendía perfectamente lo que Fierro era, que no tenía ilusiones sobre su naturaleza y que había tomado una decisión consciente de mantenerlo en su círculo más cercano, precisamente porque esa naturaleza era
útil. No era ignorancia, era cálculo. Otros generales de la revolución, del bando de Caranza y del bando de Zapata, también tenían nombres cuya función era similar a la de Fierro, aunque quizás no con la misma escala o la misma consistencia. La guerra civil mexicana produjo en todos sus bandos hombres que habían cruzado umbrales que en tiempos de paz habrían sido infranqueables.
Lo que distinguía a fierro de esos otros hombres era la combinación de escala, de consistencia y de la indiferencia que sus contemporáneos describían como algo más que el endurecimiento de la guerra, como la ausencia de algo que los demás tenían, aunque a veces prefirieran no usarlo. Los registros históricos compilados principalmente por los biografos de Villa y por los testimonios que los investigadores recogieron décadas después de que los eventos ocurrieran, pintan un patrón consistente en la carrera de fierro más allá de Camargo.
Fierro ejecutó personalmente a un número de personas que los historiadores estiman, con la cautela que la evidencia fragmentaria requiere, en varios cientos a lo largo de su carrera. Algunos eran prisioneros de guerra como los de Camargo. Otros eran personas acusadas de traición o de colaboración con el enemigo.
Acusaciones que en el contexto de la guerra civil mexicana eran fáciles de hacer y difíciles de refutar. Otros eran simplemente personas que habían tenido el infortunio de cruzarse con fierro en el momento equivocado. El historiador Friedrich Catz en su monumental biografía de Pancho Villa, documenta episodios que van desde ejecuciones de prisioneros hasta la muerte de personas que no eran combatientes pero que Fierro consideraba amenazas o simplemente que estaban en el lugar equivocado.
que no era un historiador dado a la hipérbole ni al sensacionalismo, describe a Fierro con una sobriedad que hace que su retrato resulte más perturbador que cualquier descripción dramática. Era un hombre que mataba con la regularidad y la indiferencia con que otros hombres realizaban sus tareas ordinarias.
Dentro de la división del norte, Fierro tenía un estatus peculiar que no correspondía a ninguna categoría militar convencional. tenía acceso directo a villa que otros oficiales de rango equivalente no tenían. Sus órdenes, cuando las daba, eran obedecidas con la misma rapidez que las de Villa mismo, porque todos sabían que las órdenes de fierro generalmente tenían detrás la autoridad de Villa, aunque Villa no estuviera presente.
Ese poder generaba a su vez el miedo que los poderosos producen cuando ese poder no tiene límites visibles. Los soldados de la división del norte temían a Fierro de una manera diferente a como temían a Villa. Villa lo temían porque era el comandante y porque sus decisiones determinaban sus vidas. A fierro lo temían porque era fierro, porque su presencia misma era una señal de que algo grave podía estar a punto de ocurrir, porque su mirada sobre un hombre era suficiente para que ese hombre empezara a preguntarse qué había
hecho o que se creía que había hecho. Hay testimonios de soldados de la división del norte que describen la sensación de estar en presencia de Fierro como algo físicamente diferente a estar en presencia de otros oficiales. No era solo la reputación, aunque la reputación era parte de ello. Era algo en la manera en que Fierro se movía, en la manera en que miraba, en la ausencia de las señales sociales ordinarias que los seres humanos usan para comunicar que no tienen intenciones hostiles.
Fierro no enviaba esas señales y eso hacía que estar cerca de él fuera inherentemente incómodo para cualquiera que no lo conociera bien o que tuviera alguna razón para creer que era visto con suspicacia. Rodolfo Fierro murió en octubre de 1915, pocas semanas después de la derrota de Villa en la batalla de Celaya.
Murió de una manera que sus contemporáneos y los historiadores posteriores han encontrado cargada de una ironía que la historia raramente produce con tanta claridad. Se ahogó. El ejército villista en retirada, después de las devastadoras derrotas de Celaya y León, frente a las fuerzas de Obregón, cruzaba una laguna salada en el estado de Sonora, la laguna conocida como Santa María o Casas Grandes, cuyas aguas alinas y sus fondos de lodo traicionero eran bien conocidos por los que vivían en esa región, pero no por los soldados chihuahüenses que la
cruzaban en la prisa de la retirada. Las aguas podían absorber a un caballo hasta la cintura en segundos y la columna que cruzaba lo hacía con la urgencia de un ejército en retirada que no puede detenerse evaluar el terreno con cuidado. Fierro cruzaba cargando bolsas de monedas de oro, su parte del botín de guerra que había acumulado durante los años de campana.
El peso del oro hizo que su caballo se hundiera en el lodo del fondo de la laguna. El caballo entró en pánico. Fierro, que era un jinete experto que había montado en condiciones extremas durante años, intentó controlarlo. No pudo. El caballo y el jinete se hundieron juntos en el lodo y el agua salada. Los soldados que presenciaron el accidente intentaron ayudarlo.
Algunos de los relatos dicen que Fierro se negó a soltar las bolsas de oro, incluso mientras se hundía, que prefirió perder la vida antes que perder el dinero que había acumulado. Otros dicen simplemente que el accidente fue demasiado rápido para que pudiera hacer nada. En cualquier caso, Rodolfo Fierro murió ahogado en una laguna de Sonora con el oro que había acumulado durante años de guerra encadenado a sus manos.
tenía aproximadamente 35 años. La división del norte continuó su retirada. Los hombres que habían servido con fierro y que lo habían temido continuaron su camino. Y el cadáver de Rodolfo Fierro quedó en el fondo de la laguna, donde el lodo lo cubrió y donde probablemente sigue. La historia de Rodolfo Fierro plantea una pregunta que la historia política y militar tiene dificultades para responder de manera satisfactoria.
¿Qué hacer con los hombres que cometen atrocidades al servicio de causas que tienen alguna legitimidad? La Revolución Mexicana tiene una legitimidad histórica real. Fue una revolución que derrocó una dictadura de 30 años que produjo la Constitución de 1917 que todavía gobierna México, que redistribuyó tierra, que reconoció derechos de los trabajadores que no existían antes.
Pancho Villa, con todas sus contradicciones y con todos sus crímenes, fue parte de esa revolución. y contribuyó a ella de maneras que los historiadores reconocen, aunque no siempre cómodos con el reconocimiento. Rodolfo Fierro también fue parte de esa revolución. Sus ejecuciones se produjeron en el contexto de una guerra que tenía una causa y los hombres que ejecutó eran en su mayoría soldados de un ejército que había llegado al poder mediante el asesinato de un presidente democráticamente elegido.
Eso no hace que las ejecuciones fueran justas, no hace que los 300 hombres de Camargo merecieran morir de esa manera, pero sí complica la historia de una manera que no tiene una resolución limpia. Los ejércitos revolucionarios producen hombres como fierro porque los necesitan. o creen necesitarlos. La violencia que fierro ejercia tenía funciones dentro del sistema de la división del norte.
Resolvía problemas logísticos de prisioneros que no podían ser mantenidos. Enviaba mensajes a los enemigos sobre el costo de resistir. Mantenía la disciplina interna a través del miedo y liberaba a Villa de la necesidad de tener las manos directamente sucias en los actos más extremos. Era una violencia funcional, lo cual es quizás la forma de violencia más difícil de juzgar, porque tiene la lógica de la utilidad, aunque no tenga ninguna otra justificación.
En la memoria popular de la Revolución Mexicana, Fierro ocupa un lugar particular. No es un héroe, no es exactamente un villano en el sentido en que los relatos populares suelen representar a los villanos como seres motivados por el mal puro o por intereses egoístas. Es algo más difícil de clasificar. una herramienta, un instrumento de la violencia revolucionaria que funcionó exactamente como estaba diseñado para funcionar y que fue desechado por la muerte y no por la decisión de nadie cuando la revolución que lo había usado
ya no lo necesitaba. La novela de Rafael Felipe Muñoz Vámonos con Pancho Villa, publicada en 1931, incluye un personaje basado en fierro que captura algo de esa ambigüedad. El personaje de la novela no es presentado como un monstruo en el sentido cartounesco del término. Es presentado como un hombre completamente integrado en el mundo de la violencia revolucionaria, para quien las ejecuciones no representan ninguna ruptura con la normalidad, porque la normalidad de ese mundo incluye las ejecuciones.
Es una representación literaria, no un documento histórico, pero capta algo real sobre la manera en que la violencia extrema puede normalizarse en contextos de guerra prolongada. Para los historiadores que han intentado dar cuenta de la revolución mexicana en toda su complejidad, Fierro representa el problema más difícil que la historia de los movimientos revolucionarios plantea, que los mismos procesos que producen héroes producen también monstruos y que a veces la diferencia entre unos y otros no es tan clara como
nos gustaría que fuera. Villa necesitó a Fierro y esa necesidad dice algo sobre Villa, sobre la división del norte y sobre la naturaleza de la guerra que resulta incómodo contemplar, pero que es parte de la historia real. Rodolfo Fierro murió en el fondo de una laguna de Sonora en octubre de 1915. La revolución que sirvió todavía existe en su Constitución y en sus monumentos y en los libros de texto que cuentan su historia.
Los 300 hombres de Camargo no tienen monumento, no tienen nombre en ningún registro oficial. Son los muertos que la historia revolucionaria no sabe bien cómo incorporar a la narrativa que prefiere contar sobre sí misma, pero existieron. Y la historia de Rodolfo Fierro, por incómoda que sea, es también la historia de ellos.
La carrera de fierro como ejecutor se desarrolló en paralelo con el periodo de mayor expansión de la división del norte entre finales de 1913 y principios de 1915. Ese periodo, que los historiadores militares identifican como el momento de mayor eficacia operativa de cualquier ejército revolucionario mexicano, fue también el periodo en que la violencia del ejército de Villa alcanzó su expresión más sistemática.
La batalla de Tierra Blanca, la toma de Torreón, la captura de Zacatecas. Cada una de esas victorias fue seguida de un periodo en que los prisioneros capturados tenían que ser procesados de alguna manera. Y en ese procesamiento, Fierro desempeñaba un papel que nadie más en el ejército estaba en condiciones de desempeñar con la misma eficiencia.
El problema de los prisioneros en la Guerra Revolucionaria Mexicana era real y no tenía soluciones limpias. Un ejército en campaña permanente que se mueve constantemente de un frente a otro no puede mantener campos de prisioneros permanentes sin destinar a esa función recursos que necesita para el combate. Liberar a los prisioneros significaba potencialmente devolverlos al ejército enemigo en cuestión de semanas.

Incorporarlos al propio ejército, que era la práctica más común en la Revolución Mexicana, producía unidades de lealtad dudosa que podían desertar o voltearse en el momento menos oportuno, y ejecutarlos masivamente, que era lo que Fierro hacía, resolvía el problema logístico inmediatamente, pero a un costo que los líderes militares más reflexivos de cualquier época reconocen como inaceptable, tanto en términos morales como en términos de lo que comunica a los enemigos sobre el costo de resistir. Ilja eligió la opción de
fierro con una regularidad que no podía ser casual ni circunstancial. Era una política, aunque nunca se articulara como tal y Fierro era el instrumento de esa política. Existe un testimonio recogido por un periodista americano que estuvo en el campamento de Villa en el invierno de 1913, que describe un intercambio breve entre Villa y Fierro en presencia de varios oficiales.
El periodista no recordaba el contexto exacto de la conversación, pero sí recordaba que Villa había preguntado a Fierro si había algún problema con el encargo que le había dado esa mañana. Y Fierro había respondido con una sola palabra, no sin elaboración, sin ninguna señal de que la pregunta o la respuesta tuvieran un peso particular, como si Villa hubiera preguntado si había suficiente café para el desayuno.
Ese tipo de intercambio, breve y prosaico sobre asuntos que en cualquier otra circunstancia habrían requerido largas deliberaciones es lo que hace que la relación entre Villa y Fierro resulte particularmente inquietante para quien la observa desde afuera. No había dramatismo, no había el peso que las decisiones sobre la vida y la muerte suelen tener en las representaciones literarias o cinematográficas.
Era burocracia, una burocracia de la muerte, pero burocracia al fin. El encargado pregunta si hay problemas. El ejecutor confirma que no. Ambos continúan con sus días. Esa prosaicidad es quizás la dimensión más difícil de la historia de fierro para el observador contemporáneo. Cuando la violencia se presenta con dramatismo, con angustia, con el peso que sugiere que los que la ejercen sienten lo que están haciendo, hay algo en ella que mantiene la sensación de que los umbrales morales siguen existiendo aunque se crucen.
Cuando la violencia se presenta como lo que era en fierro, como rutina, como parte del trabajo ordinario del día, esos umbrales desaparecen de la visión y queda solo la frialdad del resultado. La muerte de Fierro en la laguna de Sonora tuvo para sus contemporáneos un significado que iba más allá del accidente en sí.
En la cultura popular del norte de México, en esa época, saturada de corridos y de historia sobre los hombres de la revolución, la muerte tenía una dimensión narrativa que los supervivientes le asignaban retrospectivamente. La manera en que alguien moría era interpretada como comentario sobre la manera en que había vivido.
Un hombre como Fierro, en esa lógica, no podía morir en la cama. La idea de Fierro envejeciendo tranquilamente en algún rancho de Chihuahua, contando historias a sus nietos era narrativamente imposible. Tenía que morir de manera que la historia pudiera decir algo sobre él. Y la laguna de Sonora, el lodo traicionero, el oro que lo hundo, tenían todos los elementos de una historia que podía contarse.
El hombre que había matado a tantos murió solo, sin balas, sin combate, tragado por una laguna que no distingue entre el sicario más temido del norte de México y cualquier otro hombre que se le acercara demasiado al borde equivocado. El oro es la parte del relato que más ha capturado la imaginación de quienes lo han contado después.
La imagen del hombre que prefirió hundirse antes que soltar el dinero o que simplemente no pudo soltarlo a tiempo tiene la estructura de una ironía moral que las historias populares valoran. El hombre que acumuló riqueza a través de la violencia murió por esa riqueza. No es necesariamente cierta en todos sus detalles.
Los accidentes en terreno traicionero con caballos pueden ocurrir por razones puramente físicas, sin que el carácter o las decisiones del jinete sean relevantes. Pero la ironía estaba ahí para quien quisiera verla y la cultura popular del norte de México quiso verla. 30 años después de la muerte de Fierro, cuando los historiadores de la revolución comenzaron a entrevistar sistemáticamente a los supervivientes de ese periodo, la memoria de fierro aparecía en esas entrevistas de una manera particular, como algo que había que mencionar, pero que nadie quería
elaborar demasiado. Los veteranos de la división del norte, que hablaban de sus camaradas con orgullo y nostalgia, que recordaban las victorias con el calor del que ha vivido algo extraordinario, se ponían cuidadosos cuando el nombre de Fierro aparecía en la conversación. Algunos lo defendían con el argumento de que había hecho lo que era necesario en una guerra que no dejaba opciones limpias.
Otros simplemente guardaban silencio o cambiaban de tema. Muy pocos lo condenaban abiertamente, quizás porque condenarlo habría requerido condenar también el sistema del que había sido parte, el ejército de Villa, la revolución misma. Y eso era un paso que los veteranos no estaban dispuestos a dar sobre su propia historia.
Esa reticencia de los testigos es en sí misma un dato histórico. Dice algo sobre cómo la violencia colectiva queda en la memoria de los que la viven, no como una serie de hechos claros y juzgables, sino como una masa confusa en la que lo que uno hizo, lo que uno vio, lo que uno permitió que ocurriera sin intervenir, se mezcla de maneras que hacen imposible distinguir limpiamente entre víctima y cómplice, entre observador y participante.
Rodolfo Fierro fue la expresión más extrema de algo que la división del norte contenía en grados distintos. Y los hombres que sirvieron en esa división, que vieron lo que Fierro hacía, que lo saludaban por la mañana y dormían en los mismos campamentos que él, llevaron consigo ese conocimiento el resto de sus vidas.
Algunos de ellos vivieron muchos años después de 1915. Algunos tuvieron familias, trabajos ordinarios, vidas que no tenían nada de la violencia que habían experimentado durante la revolución. Y todos ellos llevaron consigo la memoria de Camargo, de los 300 hombres, del corral de Hacienda donde Rodolfo Fierro había pasado una tarde haciendo su trabajo.
No hay manera de saber lo que esa memoria les hizo. Solo hay manera de saber que existió. La batalla de Selay en abril de 1915 fue el punto de inflexión que marcó el fin de la división del norte como la fuerza dominante del norte de México. Obregón había preparado posiciones defensivas con alambres de púas y ametralladoras que anulaban la ventaja que la caballería villista había tenido en los campos abiertos de Chihuahua y Coahuila.
Los Dorados de Villa, el regimiento de elite al que pertenecía Fierro como uno de sus miembros más cercanos al mando, se estrellaron contra esas defensas con pérdidas que la división del norte no podía absorber. Miles de hombres murieron en los campos de Guanajuato en esas semanas. y Fierro. El hombre que había ejecutado a cientos de prisioneros con una pistola en un corral de hacienda, se encontró de repente en un ejército que perdía y que huya, que no tenía la logística para mantener la guerra a la escala a que la había peleado.
La retirada de la división del norte en el oono de 1915 fue la retirada de un ejército que sabía que había perdido, pero que todavía no había terminado de existir. Villa continuaría operando durante años en campanas de guerrilla que culminarían en el ataque a Columbus y en la expedición punitiva de Persing.
Pero el villa de 1916 y de 1917 era ya algo cualitativamente diferente al villa de 1913 y 1914. Era un guerrillero de Montana, no el comandante de un ejército de 30,000 hombres con trenes y artillería. Y los hombres que habían hecho posible ese ejército, incluyendo a Fierro, habían quedado atrás en los campos de Celaya o en el fondo de la laguna de Sonora.
La figura de Rodolfo Fierro ha aparecido en la cultura popular mexicana de maneras que dicen algo sobre cómo México ha procesado la violencia de su revolución fundadora. En el cine mexicano de la época de oro, los personajes basados en el fierro histórico tendían a ser representados como antagonistas dentro del campo revolucionario.
El hombre que va demasiado lejos, que hace lo que la causa requiere, pero que al hacerlo pone en cuestión la moralidad de la causa misma, no como enemigo de la revolución, sino como su sombra, la parte que la revolución prefería no mirar directamente, pero que no podía desconocer. Esa representación cultural tiene algo de honesto y algo de evasivo al mismo tiempo.
Tiene de honesto el reconocimiento de que la violencia de la revolución fue real y que produjo hombres como fierro. tiene de evasivo la manera en que esa violencia se atribuye a individualidades excepcionales, a hombres que eran monstruos por razón de su naturaleza personal. En lugar de reconocer que eran el producto de un sistema que los creó, los utilizo y luego los dejo atrás cuando ya no los necesitaba.
Fierro no era un fenómeno natural que apareció espontáneamente en el ejército de Villa. Era el resultado de decisiones tomadas por Villa, de un sistema de incentivos y recompensas dentro de la división del norte que valoraba cierto tipo de violencia y la premiaba con poder y acceso. Si Villa no hubiera necesitado a Fierro, Fierro no habría tenido el lugar que tuvo.
Y si Villa no hubiera encontrado a Fierro, habría encontrado a alguien que cumpliera la misma función, quizás con menos eficiencia o quizás con la misma, porque la función existía independientemente del individuo que la ocupara. Los 300 prisioneros de Camargo no tienen biogradias en ningún registro histórico que se haya conservado. Eran soldados del ejército federal, hombres que en su mayoría habían llegado a ese ejército a través de EVA, el sistema de reclutamiento forzado con el que el gobierno de Díaz y luego el de Huerta completaban sus filas. Hombres
capturados en los pueblos y en los caminos, a veces arrestados en las cantinas o en los mercados, enviados al ejército sin preguntarle su opinión y sin darles más alternativa que obedecer o morir. Muchos de ellos no habían elegido pelear por Huerta. Habían sido puestos en ese uniforme por un sistema que no les pedía permiso.
Y cuando cayeron prisioneros de la división del norte en Camargo, probablemente esperaban lo que los prisioneros de guerra esperan en la mayoría de los conflictos. un periodo de cautiverio y eventualmente alguna forma de liberación o intercambio. Lo que encontraron fue a Rodolfo Fierro y su pistola.
Sus nombres no están en ningún monumento. Sus familias en los pueblos de Chihuahua o de Durango o de Sonora, de donde venían, esperaron su regreso durante semanas o meses antes de entender que no iban a volver. No había manera de saber lo que había ocurrido en el corral de Camargo. La información no viajaba de esa manera en el México de 1913, especialmente entre las zonas de guerra.
Algunos de esos hombres fueron simplemente clasificados como desaparecidos en combate, la categoría que los ejércitos usan cuando no tienen mejor explicación. Otros nunca fueron clasificados de ninguna manera porque nadie llevó el registro. son los muertos más anónimos de la Revolución Mexicana, que fue una revolución llena de muertos anónimos y son, en cierta manera, la medida más precisa del costo real de lo que Cierro era y de lo que Villa eligió tener a su lado.
No hay manera de terminar la historia de Rodolfo Cierro con una lección que resuelva la incomodidad que genera. No hay moraleja que convierta 300 muertos en una enseñanza aplicable. Lo que hay es la historia misma. un hombre, una guerra, un ejército y la manera en que todas esas cosas juntas produjeron algo que ninguna de ellas por separado habría producido.
Fierro no era inevitable, villa no era inevitable. La revolución mexicana no tenía que producir exactamente lo que produjo, pero produjo lo que produjo y Fierro fue parte de eso y los 300 hombres de Camargo fueron parte de eso. Y negarlo o ignorarlo o atribuirlo exclusivamente a la monstruosidad personal de un individuo excepcional es una manera de no entender lo que realmente ocurrió.
Lo que realmente ocurrió es que México en los años de la revolución fue un lugar donde la vida humana tenía un precio tan bajo que un hombre podía pasar una tarde ejecutando a 300 personas y luego irse a dormir sin que nadie que importara le pidiera cuentas. Eso no es la historia de Fierro, es la historia de México en ese momento.
Y Fierro es simplemente el personaje en el que esa historia se concentra con la mayor claridad y la mayor incomodidad. Hay un hecho que los biogradios de la Revolución Mexicana señalan con frecuencia y que resulta revelador. La mayoría de los grandes caudillos de ese conflicto murieron violentamente. Zapata fue asesinado en una emboscada en 1919.
Villa fue asesinado a tiros en Parral en 1923. Obregón fue asesinado en un restaurante de la Ciudad de México en 1928. Carranza fue asesinado huyendo hacia Veracruz en 1920. La revolución devoró a los que la hicieron con una regularidad que sugiere algo sobre la naturaleza de los procesos que habían desatado, que la violencia que liberaron no reconocía autoridades permanentes ni lealtades que sobrevivieran al cambio de los intereses.
Fierro no esperaría a que la revolución lo devorara. Murió antes, en la laguna en la retirada. No lo mató un enemigo, ni un traidor, ni la lógica de retribuciones que alcanzaba a tantos hombres de la revolución. Lo mató el terreno, el lodo, el peso del oro que había acumulado. Fue una muerte que no tenía nada de la violencia que él había ejercido durante años y que no le había dado ningún chance de aplicar las capacidades que lo habían hecho.
¿Quién era, un buen tirador? No puede disparar al lodo que lo hunde. Eso también es parte de la historia. La historia de que el hombre más peligroso del norte de México murió de la manera más prosaica posible, ahogado, sin testigos que importaran, sin combate, sin la posibilidad de ser el que tomaba la iniciativa, simplemente hundiéndose.
100 años después de Camargo, el corral de esa hacienda ya no existe tal como existía en 1913. La hacienda misma ha pasado por distintas manos y distintos usos. El terreno del corral es terreno ordinario. No hay ninguna señal que indique lo que ocurrió ahí en el oono de 1913. Pero la historia existe.
Existe en los archivos, en los testimonios de los que sobrevivieron y contaron, en los libros que los historiadores escribieron sobre ese periodo y existe en la manera en que México piensa sobre su revolución fundadora, en la tensión entre la narrativa oficial que celebra a los héroes y la realidad más complicada que los archivos y los testimonios revelan cuando alguien tiene la paciencia de buscar.
Rodolfo Fierro es parte de esa realidad más complicada. No el único representante de ella, ni el más importante, ni el último, pero sí uno de los más claros, porque su historia no admite la ambigüedad que otras historias de la revolución permiten. Lo que Fierro hizo en Camargo es lo que hizo en Camargo.
No hay manera de reencuadrarlo como heroísmo, ni como necesidad imperiosa, ni como error de cálculo. es lo que es la ejecución sistemática de 300 personas en un corral de hacienda por un hombre que no sentía lo que habría tenido que sentir para hacer de otro modo. Y eso, por incómodo que resulte, es parte de la historia de México, de la Revolución Mexicana, del ejército que construyó Pancho Villa y del mundo que ese ejército, con toda su violencia y con todas sus victorias contribuyó a crear. Yeah.