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😱 La RATA de DOS PATAS era REAL | 3 TRAICIONES BÍBLICAS Que Convirtió en HIMNO Para Millones Mujeres

La traición del padre, la traición del primer marido y la supuesta traición del segundo marido. Tres hombres, tres décadas, tres heridas. Si te quedas hasta el final, vas a entender por qué su última frase pública, según se ha citado en infinidad de medios, fue una premonición silenciosa de su propia muerte dormida en Jalapa.

 Para entender cómo casi 80 años después, una mujer termina muriendo dormida en Jalapa en la misma semana que otra leyenda del cine mexicano. Hay que volver al 2 de abril de 1947. Alto Lucero, Veracruz, un pueblo cafetalero, montañoso, polvoroso, escondido entre los cerros de la huasteca veracruzana. En una casa humilde de adobe, según se ha relatado en infinidad de biografías oficiales, nació una niña llamada Francisca Viveros Barradas, la octava de varios hermanos, hija de una mujer trabajadora, Pascual Barradas, y de un hombre, Gildardo

Viveros, que atención al primer dato clave de toda esta historia, supuestamente ya tenía otra mujer y otros siete hijos en otra casa. Sí, el padre de Paquita, según se ha relatado durante años en infinidad de medios mexicanos, era un hombre casado con otra mujer y Pascuala, la madre de Paquita, supuestamente fue su segunda familia.

Una familia paralela, una familia secreta, una familia que vivía con menos. Aquella herida fundacional, atención a esto, iba a marcar para siempre la vida emocional de la niña Francisca. iba a aparecer en cada relación de pareja que ella tuviera. Iba a aparecer sin que ella supiera en cada hombre del que se enamorase, iba a aparecer en cada canción que cantó.

 La infancia de Francisca, según ella misma contó en entrevistas que se han citado durante años, fue absolutamente dura. La escuela, según se reportó, le duró solo hasta el sexto de primaria. Antes de los 12 años, según se ha contado, ya estaba trabajando. Vendía pan en las calles del pueblo.

 Cortaba mangos cuando había mango, cosechaba café cuando llegaba a la cosecha, caminaba kilómetros con canastas pesadas sobre la cabeza. En las noches, según se ha relatado, la única alegría de aquella casa era la voz, las voces de las hermanas viveros cantando juntas, porque entre todos los hermanos, Francisca tenía una conexión absolutamente especial con una de ellas, su hermana mayor, una mujer que se llamaba Viola.

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 Y Viola, según se ha relatado durante décadas, también cantaba y cantaba bonito. Si esta historia te está pegando, suscríbete al canal. Cada semana subimos una historia así de profunda sobre figuras latinas que vivieron tragedias detrás del telón. Y déjame un comentario abajo contándome de qué parte del mundo me escuchas. Yo te leo.

 Las dos hermanas, Francisca y Viola, según se ha contado en infinidad de entrevistas, formaron a finales de los años 50 un pequeño dueto musical. Un dueto que cantaba en fiestas patronales, en bodas de pueblo, en quinceañeras del barrio. Le pusieron un nombre que parecía sacado de una postal de la época. Las golondrinas. Cantaban boleros, rancheras, corridos.

 Cantaban con la fuerza que solo cantan las niñas que llevan años cargando canastas de café. Cantaban con la rabia contenida de quienes ya saben desde muy chicas que la vida no les va a regalar nada. Las golondrinas, según se reportó después, no llegaron muy lejos en términos comerciales, pero entrenaron supuestamente la voz de Francisca, esa voz rasgada, profunda, casi masculina, que años después iba a sacudir los escenarios de México entero.

 Y atención, ese vínculo con Viola, esa hermandad cantora de alto lucero, según se ha relatado, también iba a llevarse un golpe doloroso. Décadas después, Viola supuestamente se distanció de Francisca por desencuentros familiares. Y según se ha contado en infinidad de medios, en los últimos años de la vida de Paquita, la reconciliación con su hermana era todavía una herida abierta.

 Pero antes de las heridas familiares, antes del distanciamiento, antes incluso de irse a Ciudad de México, Francisca Viveros Barradas, según se ha relatado en infinidad de entrevistas, iba a vivir el primer gran terremoto sentimental de su vida. un terremoto que, atención, iba a reproducir exactamente, sin que ella lo entendiera, el mismo patrón de su padre, la misma historia, la misma trampa, la misma herida.

 Pero esta vez ella iba a ser la víctima principal. Tenía 16 años. Acababa de conseguir su primer trabajo de oficina. Y en ese trabajo de oficina, en aquel 1963, en la presidencia municipal del pueblo, supuestamente conoció a un hombre 28 años mayor que ella, un hombre de 44 años, un hombre con un puesto, con un sueldo, con un coche, con un porte, un hombre que sin que la pequeña Francisca lo supiera todavía, ya tenía otra esposa y otra familia en otra casa.

 Su nombre era Miguel Gerardo Martínez. Algunas fuentes lo llaman Martínez Magaña, tenía 44 años. era el tesorero de la presidencia municipal de Alto Lucero, Veracruz, un puesto importante para los estándares del pueblo. Y según se ha relatado durante décadas en infinidad de entrevistas dadas por la propia Paquita, fue su primer amor, el primer amor de su vida.

 Atención al detalle, porque aquí entra una de las paradojas más dolorosas de toda esta historia. Francisca Viveros Barradas, la hija nacida de un padre que ya tenía otra familia, se enamoró perdidamente a los 16 años de un hombre 28 años mayor que ella. Un hombre, según se ha relatado en infinidad de medios mexicanos, que ya estaba casado con otra mujer y supuestamente ya tenía hijos en otra casa.

 La misma trampa de Pascuala, la misma trampa de su madre. Pero esta vez, atención, Francisca no se enteró del detalle. No al principio. Aquel hombre, según se ha relatado durante años, le ocultó por completo el detalle de la familia anterior. Y la pequeña Francisca, con 16 años recién cumplidos, supuestamente se casó con él en 1964. Una boda de pueblo sencilla, sin saber que estaba entrando en la misma trampa que había vivido su madre.

Los hijos llegaron rápido. En 1968, según consta en los registros públicos, nació Iván Miguel Gerardo Viveros y al año siguiente, en 1969, nació Javier Gerardo Viveros. Francisca, según se ha relatado, tenía 22 años y ya era madre de dos. Pero aquí, en mitad de la maternidad, en mitad de las noches de desvelo cuidando bebés, en mitad de los cariños de un marido que volvía tarde del trabajo, supuestamente ocurrió el descubrimiento, el descubrimiento más doloroso de toda su vida.

 Las versiones varían sobre exactamente cómo se enteró. Algunas fuentes dicen que un familiar le contó, otras dicen que se enteró por casualidad en el pueblo, otras dicen que llegó la otra mujer a reclamar. Pero la sustancia, según se ha relatado infinidad de veces en entrevistas dadas por la propia Paquita, es siempre la misma.

Miguel Gerardo Martínez, su marido, el padre de sus dos hijos pequeños, supuestamente tenía otra mujer, otra familia entera, otra vida paralela, igual que su propio padre, igual que el patrón que la había marcado desde antes de nacer. Imagínate por un segundo a Francisca Viveros Barradas, una mujer de 20 y pocos años sin estudios más allá del sexto de primaria, con dos niños de pañal en los brazos, descubriendo que el único amor que había conocido en su vida era el mismo tipo de hombre que su padre. Imagínate ese golpe, esa rabia,

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