Ninguna, Greta, cero, porque usted habla de justicia desde Estocolmo, Suecia, desde una ciudad donde el mayor peligro que enfrenta un ciudadano común es si recicla correctamente su basura. Desde un país donde nadie tiene que decidir entre pagar extorsión o que ejecuten a su esposa frente a sus hijos. Desde un continente que durante siglos extrajo los recursos de América Latina y hoy nos da lecciones sobre sostenibilidad.
El salón estaba completamente en silencio. 500 personas, ninguna se movía. Las cámaras capturaban cada expresión. Greta mantenía la compostura con la disciplina de quien ha enfrentado presidentes y primeros ministros. Pero algo había cambiado. Una ligera tensión en la mandíbula, los dedos que ya no reposaban tan tranquilos sobre la mesa.
Así que antes de que me dé una lección sobre el futuro del planeta, continuó Bukele, “Déjeme contarles sobre María.” María Hernández, dijo Bukele mirando directamente a la cámara. No a Greta, como si estuviera hablando con cada persona viendo en casa, en Ciudad de México, en Bogotá, en Madrid, en Los Ángeles.
Tenía 34 años. Vendía pupusas en un mercado de San Salvador. Tenía tres hijos. Trabajaba 16 horas al día para darles de comer. El salón de dos inmóvil. Hombres que movían miles de millones de dólares con una llamada telefónica se inclinaban hacia adelante en sus asientos. La Mara Salvatrucha le exigía $50 semanales de extorsión, 50 que ella no tenía.
Les suplicó, les explicó que apenas ganaba para alimentar a sus hijos, les pidió más tiempo. Buk le hizo una pausa. Sus ojos se habían endurecido. La encontraron dos días después. La habían ejecutado frente a su puesto de pupusas. Sus hijos de 8, 10 y 12 años quedaron huérfanos en una tarde de martes. El pandillero, que dio la orden tenía 17 años y ya había matado a seis personas.
Cuando la policía lo arrestó, salió libre en 24 horas porque nuestro sistema judicial estaba colapsado, corrupto, infiltrado por las mismas pandillas que financiaban a los abogados que lo defendían. Greta tenía la boca ligeramente apretada, no estaba sonriendo. Así que cuando usted me habla de 75,000 encarcelados, Bukele le giró su cuerpo completamente hacia la joven activista.
Yo le hablo de 70,000 asesinatos en la última década. 70,000 Marías, 70,000 familias destruidas, 70,000 funerales que usted nunca atendió. Greta, porque estaba en foros como este hablando del futuro del planeta, pero ignorando completamente el presente de mi pueblo. El moderador Schwab intentó intervenir. Presidente Bukele, entiendo su punto, pero no.
Klaus todavía no ha terminado de entender. Bukele lo interrumpió con una determinación que no admitía pausa. Esto es precisamente lo que la gente en este salón no comprende. No entienden la diferencia entre la justicia climática en papel membretado de Ginebra y la justicia real en las calles de Soyapango a las 11 de la noche.
No entienden que para hablar de futuro del planeta primero hay que garantizar que la gente tenga un presente. se volvió hacia Greta. Usted me pregunta, ¿cómo puedo llamarme demócrata? Yo le pregunto, ¿qué democracia existía cuando las pandillas controlaban el 90% del territorio salvadoreño? ¿Qué democracia funcionaba cuando los ciudadanos no podían votar sin amenazas de muerte? ¿Qué democracia había cuando los pandilleros asesinaban alcaldes, jueces y fiscales que osaban oponers? Pero nadie en ese salón sabía [música]
aún que Bukele estaba a punto de revelar algo que ni sus propios asesores esperaban que dijera en público. Greta, la voz de Bukele bajó, se volvió más personal, más directa. Voy a contarle algo que no he dicho públicamente antes, algo que mi equipo de seguridad me pidió que nunca revelara en un foro abierto.
En el backstage, los asesores de Buukele se tensaron instantáneamente. El jefe de seguridad agarró su radio. El director de comunicaciones palideció. Hace 3 años, antes de implementar el régimen de excepción, recibí una carta. Me la entregó en mano una mujer durante un acto público en Santa Ana. Se llamaba Carmen.
Tenía 67 años. Bukele sacó su teléfono, buscó algo en su galería, lo encontró, se levantó de su silla, rompiendo completamente el protocolo del foro más formal del mundo y caminó hacia la pantalla de presentaciones del escenario. El equipo técnico, sorprendido, proyectó lo que Bukele les mostró desde su teléfono.
Era la fotografía de una carta escrita a mano, papel arrugado, tinta azul desvanecida. Letra temblorosa de persona mayor. Esta es la carta, dijo Bukele señalando la pantalla. Carmen me escribió después de que la MS13 asesinara a su esposo, a su hijo y a su nieto. Tres generaciones de hombres de su familia ejecutados porque se negaron a unirse a la pandilla en tres semanas distintas.
La cámara hizo Zoom en la carton. Los ejecutivos de Wall Street, los ministros europeos, los activistas climáticos podían ver la desesperación en cada línea manuscrita, aunque no entendieran el español. ¿Sabe qué me pedía en esta carta? Bukele se volvió a mirar a Greta. No me pedía garantías procesales.
No me pedía que siguiera los estándares de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. No me pedía un análisis de la huella de carbono de mis políticas de seguridad. Su voz se quebró ligeramente. Me pedía que hiciera lo que fuera necesario para que ninguna otra abuela tuviera que enterrar a tres generaciones de su familia en un mes.
En el salón de dos, donde los hombres y mujeres más poderosos del mundo raramente muestran emoción, varias personas miraban hacia abajo. Una periodista del Financial Times tenía los ojos brillantes. Un presidente centroamericano en la tercera fila miraba fijamente la carta proyectada en la pantalla.
“Carmen murió hace 6 meses”, dijo Bukele en voz baja. “Cáncer, pero antes de morir me envió otra carta. ¿Quieres saber qué decía?” No esperó respuesta. Decía, “Gracias, presidente. Por primera vez en 30 años puedo caminar a la tienda sin miedo. Puedo dormir sin escuchar balaceras. Puedo ver a los niños del barrio jugar en la calle.
Usted hizo lo que todos los demás presidentes tuvieron miedo de hacer. Usted nos devolvió nuestro país. El silencio en el salón era absoluto. No era el silencio diplomático de la cortesía internacional. Era el silencio de 500 personas procesando algo que sus marcos teóricos no habían anticipado.
Bukele regresó a su silla, se sentó, miró directamente a Greta Thunberg. Así que sí, Greta, encarcelé a 75,000 pandilleros. ¿Sabe cuántos asesinatos tuvimos el mes pasado en El Salvador? Greta esperaba sin responder. Dos. Dos asesinatos en todo el país en un mes. ¿Sabe cuántos teníamos antes del régimen de excepción? 350 al mes, 350 Marías, 350 cármenes.
Se inclinó hacia adelante. Entonces, dígame usted, Greta, la gran defensora del futuro de la humanidad, los derechos de quienes debía yo proteger, los de los 75,000 asesinos o los de los 3 millones de salvadoreños que vivían en terror? Porque usted habla mucho del futuro del planeta, pero el futuro del planeta lo construyen personas y las personas necesitan estar vivas para construirlo. Greta tardó en responder.
Cuando habló, su voz era más cuidadosa. Presidente Bukele, entiendo el peso humano de lo que describe, pero debo insistir en el precedente constitucional. Y en cuanto al Bitcoin, mi pregunta sobre la huella de carbono sigue en pie. En cuanto al Bitcoin, respondió Bukele abriendo una hoja sobre la mesa, le voy a dar un dato que su equipo no incluyó en el expediente.
El Salvador genera más del 70% de su electricidad de fuentes renovables. Nuestra minería opera principalmente con energía geotérmica volcánica, cero carbono. Mientras tanto, los países del G7, que nos dan lecciones de sostenibilidad todavía queman carbón para calentar sus casas en invierno. Fue entonces cuando ocurrió lo que nadie había anticipado.
Una mujer en la segunda fila levantó la mano. Era joven, quizás 30 años. Vestía con la sobriedad de quien trabaja en organizaciones internacionales. El moderador Schwab le dio el micrófono. Trabajo en una organización aliada de Fridays for Future en America Central. dijo. Su voz era firme, pero lo que estaba a punto de decir le costaba.
Llevo 6 años en el movimiento. He trabajado en Guatemala, Honduras y El Salvador. Toda la atención se volcó hacia ella. Greta la miraba con una expresión difícil de descifrar. El presidente Bukele tiene razón en algo fundamental que nosotros desde nuestras oficinas en Bruselas y Amsterdam nos hemos negado a admitir.
Yo estuve en El Salvador en 2021. Vi a una maestra que no podía ir al trabajo los lunes porque ese era el día que la pandilla cobraba la renta en su colonia y si salía la podían matar. Vi a un padre que no podía asistir al partido de fútbol de su hijo porque el estadio estaba en territorio de la pandilla contraria.
Vi a una abuela que pagaba parte de su pensión mensual a criminales de 16 años armados con fusiles. Su voz no temblaba, era completamente firme. Escribí un informe interno, documenté todo y mi supervisora me dijo que no podía publicarse porque complicaba la narrativa que estábamos construyendo para las campañas internacionales.
Esa fue la palabra exacta que usó. Complicaba. El silencio era ahora de reconocimiento incómodo. Desde que el presidente Bukele implementó el régimen de excepción, hablé con mis contactos en esas comunidades. La maestra ahora va al trabajo todos los días, incluso los lunes.
El padre fue al partido de su hijo. La abuela guarda su pensión completa. Son cosas pequeñas, son cosas enormes. Se [resoplido] volvió hacia Greta, luego hacia Bukele. No sé si todos los medios fueron perfectos. probablemente no lo fueron, pero cuando evaluamos lo que pasó en El Salvador, tenemos que empezar por admitir cuál era la situación de partida.
Y esa situación muchos de nosotros la conocíamos y elegimos no hablar de ella porque no encajaba en el marco. La audiencia de Davos comenzó a aplaudir. No fue el aplauso cortés de los foros internacionales. Fue genuino, incómodo para algunos, pero genuino y prolongado. Bukele se puso de pie y caminó hacia el centro del escenario.
Greta, hace dos años visité una cárcel de máxima seguridad. Hablé con un pandillero, le pregunté cuántas personas había matado. Me dijo, “No sé, presidente. Perdí la cuenta después de 20.” El número cayó en el salón como una piedra en agua quieta. Ese hombre tenía 23 años. Había empezado a matar a los 14.
Ese es el enemigo que enfrentamos. No son jóvenes descarriados que necesitan concientización ambiental. Son estructuras criminales que administran territorios, cobran impuestos. y tienen conexiones con el crimen transnacional. Se volvió hacia Greta y usted quiere que yo los combata con diálogo intercultural. Lo intentamos, Greta.
Durante 30 años, El Salvador intentó exactamente el camino que usted recomienda. Rehabilitación, diálogo, programas sociales, todo lo que los expertos internacionales recomendaban. ¿Sabe qué pasó? Las pandillas se hicieron más fuertes, los asesinatos aumentaron, el país se convirtió en el más peligroso del mundo que no estaba en guerra declarada.
Porque a los asesinos no les interesan los programas de reinserción, solo entienden una cosa. Pausa larga, fuerza. Volvió detrás de su silla, las manos apoyadas en el respaldo. ¿Quieres saber la verdadera diferencia entre usted y yo, Greta? Usted puede darse el lujo de tener principios puros porque nunca ha tenido que tomar decisiones de vida o muerte en tiempo real.
Nunca ha tenido que elegir entre el proceso legal perfecto y evitar una masacre en 48 horas. Nunca ha tenido que mirar a una madre a los ojos y decirle que su hijo fue asesinado, pero que no puede arrestar al culpable porque el sistema lo libera con tecnicismos en 24 horas. Su voz se suavizó. Yo no tengo ese lujo.
Yo soy el presidente de un país que estaba sangrando hasta morir. Y cuando estás sangrando hasta al morir, no tienes tiempo para debates filosóficos en foros alpinos. Pones un torniquete, detienes el sangrado y solo entonces, cuando el paciente está estable, cicatrizas. Se sentó, miró directamente a Greta Tumber.
Así que juzzgueme. Júzgueme por autoritario. Júzgueme por haber suspendido garantías. Júzgueme por todos los pecados que sus organizaciones quieran documentar. Pausa. Pero recuerde esto, cuando yo deje la presidencia, dejaré un país donde las maestras pueden ir al trabajo los lunes, donde los padres ven jugar a sus hijos, donde las abuelas guardan su pensión, donde las mujeres caminan de noche, donde los niños van a la escuela sin que nadie los reclute en el camino. Otra pausa. ¿Qué dejará usted,
Greta? discursos, tendencias en redes sociales, organizaciones con oficinas en 20 países que escriben documentos sobre países que nunca visitan. Greta Tunberg era una mujer que había aprendido a no quebrarse ante los poderosos. Había enfrentado a Trump, a Putin, a los líderes del G20. Pero en ese momento, en el gran salón del Foro Económico de Davos, ante 500 de las personas más influyentes del mundo, algo en su postura había cambiado.
Cuando habló, su voz era más contenida que antes. Los resultados son, en efecto, notables en términos de seguridad. Nadie puede negarlo. Y reconozco que no conocía el dato sobre la energía geotérmica, pero mi preocupación sobre el precedente constitucional sigue siendo real. ¿Quién define cuando la situación es suficientemente grave? Sus ciudadanos, respondió Bukele sin dudar.
Mi aprobación es del 8 y 7%. No porque haya manipulado elecciones, sino porque les devolví algo que sus informes nunca les dieron. La capacidad de vivir sin miedo. El moderador intentó dar la palabra final. Señorita Thunberg, comentario final. Greta miró sus notas, luego a Bukele, luego a la audiencia que la observaba en silencio.
Es, dijo lentamente, un debate que necesita continuar con más humildad de nuestra parte. Fue la primera vez en años que Greta Thomber admitía públicamente que su marco de análisis tenía límites. El video de la sesión alcanzó 78 millones de reproducciones en 36 horas. Los titulares en todo el mundo no fueron sobre Greta Thunberg ni sobre el cambio climático.
Fueron sobre el momento en que un presidente de 42 años, vestido con un polo negro ante la audiencia más poderosa del planeta, defendió a su pueblo con la única arma que ningún foro internacional puede confiscar, la verdad de los que nunca tienen voz en dos.