Posted in

TAXISTA M4TA A SU ESPOSA INFIEL EN JALISCO — LA DESCUBRIÓ PORQUE REVISÓ EL HISTORIAL DEL GPS tc

TAXISTA M4TA A SU ESPOSA INFIEL EN JALISCO — LA DESCUBRIÓ PORQUE REVISÓ EL HISTORIAL DEL GPS tc

El GPS marcaba un destino que ella nunca le mencionó, una dirección en la colonia Oblatos, una calle sin nombre conocido y la hora martes 2 y cuarto de la tarde. Mientras él estaba supuestamente durmiendo entre turno y turno, Rodrigo Vargas Pedrosa lo vio tres veces seguidas, borró la pantalla, lo volvió a buscar y la dirección seguía ahí, guardada con fecha, con duración de estancia, con todo.

 47 minutos en esa calle, 47 minutos que él no podía explicarse y que ella nunca iba a poder explicarle bien. Zapopan, Jalisco, enero de 2019. El frío de enero en Zapopan no es el frío del norte. Aquí no hay ventiscas ni heladas que te quiebren los huesos. Es un frío seco, quieto de esos que se meten por las ventanas mal selladas y se quedan pegados en las cobijas.

 amanece a 18 gr y al mediodía sube a 22. Pero en la sombra siempre hay algo que te recuerda que el invierno está ahí. La colonia Agua Blanca Sur queda en el municipio de Zapopán, en la zona norponiente de la ciudad. Calles pavimentadas, pero llenas de baches pequeños, casas de dos pisos con fachadas de bloc aparente pintadas de colores que alguna vez fueron brillantes, amarillo, azul, naranja, y que el sol fue apagando con los años.

Hay una tienda de abarrotes en cada esquina. Hay perros que nadie sabe de quién son. Hay vecinos que se conocen de vista, pero no de nombre. Y a veces al revés, el transporte público pasa cada 20 minutos por la avenida principal. Si te quedas sin saldo en el teléfono, tienes que caminar cuatro cuadras hasta la farmacia.

 Las noches son tranquilas con el ruido lejano de la avenida y algún borracho cantando alrededor de las 11. Era un barrio como miles en Jalisco. Nada lo hacía especial todavía. Rodrigo Vargas Pedrosa tenía 41 años cuando todo esto ocurrió. Complexión fornida no por el gimnasio, sino por los años de carga y descarga antes de conseguir la concesión del taxi.

 Manos grandes, nudillos marcados, piel morena del color de la madera vieja. Llevaba bigote desde los 20 años. Nunca se lo había quitado. Ojos café oscuro, casi negros cuando estaba serio, que era casi siempre. Hijo de un albañil de Tlaquepaque, el tercero de cinco hermanos. Estudió hasta la secundaria. Consiguió su primera chamba a los 16 en una vulcanizadora, luego estuvo de ayudante en un taller mecánico, luego de cargador en la central de abastos.

 A los 28 le prestaron dinero para comprar su primer auto. A los 32 ya tenía la concesión del taxi, la licencia federal y un Nissan Tesuru color blanco que conocía con los ojos cerrados. Trabajaba turno partido, salía a las 5 de la mañana, regresaba a las 2 o 3 de la tarde, dormía 3 o 4 horas y volvía a salir a las 8 de la noche hasta la medianoche o la 1, 6 días a la semana.

El domingo descansaba. Era conocido en su colonia como un hombre trabajador, callado, poco de fiestas. Los vecinos lo saludaban, pero no lo invitaban a sus reuniones y él tampoco pedía que lo invitaran. Tenía unos compadres en Tonalá, a los que visitaba una vez al mes, y un hermano mayor, Gilberto, con quien hablaba por teléfono los domingos, nunca había tenido problemas con la ley.

Cero antecedentes. Era el tipo de hombre del que los vecinos dicen después de que todo pasa, que nunca imaginaron que fuera capaz. Siempre dicen eso. Mariela Fuentes Ríos tenía 37 años, alta para la media de las mujeres del barrio, 1,65, cabello negro y largo que solía llevar recogido entre semana y suelto los fines de semana.

 Cara redonda, ojos grandes, la clase de sonrisa que te hacía sentir que te estaba contando un secreto. Había trabajado de cajera en un Soriana durante 4 años, luego en una papelería cerca de la escuela primaria de la colonia y desde hacía 2 años era ayudante en una estética de señoras a tres cuadras de su casa. Tenía dos hijos de una relación anterior, Fernanda, de 16 años, Beto de 14.

 Los dos vivían con ellos en la Casa de Agua Blanca Sur, en la recámara del fondo. Rodrigo y Mariela llevaban 6 años juntos, cuatro casados por el civil, dos antes de la boda viviendo en la misma casa. Él la había conocido en la papelería cuando fue a sacar unas copias para un trámite del taxi.

 Después volvió por más copias que no necesitaba y después le preguntó que si quería ir a comer. Los vecinos los recordaban como una pareja tranquila, ni muy cariñosos en público, ni muy distantes. Ella salía a veces con amigas del barrio los sábados. Por la tarde él llegaba del trabajo, comía, dormía, volvía a salir. Una vida común. justa, ajustada, pero común.

 Lo que nadie veía desde afuera era lo que pasaba dentro de esa casa desde hacía varios meses. El nombre del GPS era Mitsuru. Rodrigo lo había bautizado así desde que le instalaron la unidad, un aparato básico de segunda mano que le vendió un compañero del sitio. Guardaba automáticamente el historial de los últimos 20 destinos.

 En diciembre de 2018, Rodrigo empezó a notar algo. Mariela le había pedido prestado el taxi dos veces ese mes en días que él no trabajaba, una vez para ir al médico, otra para llevar a su mamá a hacer un trámite. Nada raro en eso. Ella tenía licencia. Él le prestaba el carro cuando lo necesitaba. Pero la segunda vez cuando Rodrigo revisó el GPS para saber cuánto combustible había gastado aproximadamente, vio una dirección que no cuadraba con lo que ella le había dicho.

 Calzada independencia. No era donde vivía la mamá de Mariela, le preguntó. Ella dijo que había pasado por la farmacia primero, que se le había olvidado decirle que no era nada. Rodrigo dijo que sí, claro, y no dijo más, pero empezó a mirar el GPS con más cuidado. Enero, el segundo martes del mes.

 Rodrigo terminó su primer turno a la 1:40 de la tarde. Llegó a casa, el taxi olía a café derramado y a cigarro ajeno. El tapete del asiento trasero estaba un poco húmedo por el frío de la mañana. Estacionó en la cochera, entró a la casa, saludó a Mariela, que estaba viendo televisión en la sala. Ella le calentó la comida.

 Arroz rojo, frijoles de la olla, una milanesa que había sobrado del día anterior. Comieron juntos sin hablar mucho. Los hijos estaban en la escuela. Rodrigo dijo que iba a dormir un rato. Mariela recogió los platos. Él no durmió. se quedó acostado con los ojos abiertos, mirando el techo, escuchando los sonidos de la casa.

Read More