Mariela lavó los trastes, luego escuchó que el televisor se apagó, luego pasos, luego el sonido de la llave en la puerta principal. Mariela salió, Rodrigo esperó 10 minutos, se levantó, fue al taxi, encendió el GPS. El aparato tardó 40 segundos en cargar el historial. La última dirección registrada era de esa mañana.
Su turno, nada raro, pero el destino anterior era de 4 días atrás, cuando Rodrigo había descansado. Colonia Oblatos, una calle pequeña, una privada con casas de interés social. Tiempo de estancia registrado, 47 minutos. La hora de llegada al destino, 2:16 de la tarde. La hora en que Mariela había vuelto a casa ese día, 3:15, Rodrigo se quedó con los ojos fijos en la pantalla del GPS.
no apagó el aparato de inmediato se quedó ahí sentado en el asiento del conductor con el motor apagado, con el frío del enero entrando por la ventana entreabierta, mirando esa dirección como si fuera a cambiar si la veía el tiempo suficiente. No cambió, pero todavía no actuó.
Eso es lo que hace diferente esta historia de otras, lo que el agente ministerial a cargo del caso subrayaría después en su declaración. Rodrigo Vargas Pedrosa no reaccionó de inmediato, no confrontó a Mariela esa tarde, no gritó, no tiró nada. Llegó Mariela a la casa dos horas después con una bolsa de frutas del tianguis y Rodrigo estaba tirado en el sillón viendo las noticias como si nada.
Ella le preguntó si quería de cenar. Él dijo que lo que hubiera y así pasaron dos semanas. Esas dos semanas fueron las más raras que los vecinos más cercanos recuerdan de la pareja. Doña Esperanza Lucio, vecina del frente de 64 años, vendedora de tamales los fines de semana, dijo después en su declaración que notó que Rodrigo había dejado de saludar de la misma forma.
Antes levantaba la mano cuando pasaba en el taxi una costumbre de años. En enero dejó de hacerlo. Pasaba mirando al frente con una expresión que ella describió como como si estuviera calculando algo. El compadre Aurelio en Tonalá dijo que Rodrigo lo llamó un domingo a las 10 de la noche, una hora inusual, y que habló muy poco.
Le preguntó si Aurelio todavía tenía contacto con ese conocido que resolvía problemas. Aurelio no entendió bien la pregunta. Le dijo que no sabía de qué le hablaba. Rodrigo dijo que estaba bien, que nada, que lo había llamado sin querer. Aurelio lo pensaría mucho después. Y Mariela, Mariela siguió con su vida, fue al trabajo, fue con sus hijos, fue a la estética.
Llegó a casa a la hora de siempre, cocinó, vio sus telenovelas. durmió al lado de Rodrigo sin saber que desde la primera semana de enero, mientras ella dormía, él estaba despierto mirando el techo pensando. Rodrigo fue a la colonia Oblatos el jueves de la segunda semana, solo en su día libre. Dejó el taxi en el sitio y fue en camión.
Encontró la privada, encontró las casas de interés social, encontró el número que había memorizado del GPS. Era una casa pequeña pintada de verde agua con una maceta de bugambilias en la entrada y una camioneta pickup gris estacionada en la banqueta. Se quedó parado en la esquina media hora vio salir a un hombre, 40 años, tal vez menos, moreno claro, delgado, con ropa de trabajo, una camisa de cuadros y botas.
El hombre abrió la pickup, subió, arrancó. Rodrigo alcanzó a ver la placa trasera antes de que doblara. era todo lo que necesitaba. Regresó a su colonia. Esa noche durmió. Dicen mejor que en semanas. El nombre del hombre de la pickup era Ernesto Quiñones Bravo, 42 años. Mecánico de diésel con taller propio en la colonia Oblatos, casado, dos hijos, un hombre de barrio conocido en su zona con la pickup gris que usaba para trabajo y para llevar a su familia los fines de semana.
Rodrigo lo buscó con calma, con cuidado. Preguntó en el sitio de taxi si alguien conocía al dueño de esa pickup con esa placa con la historia de que le había chocado el espejo y se había ido. Alguien lo conocía de referencias. Ernesto Quiñones, el mecánico de Laoblatos, así se llamaba. Y así Rodrigo supo con quién estaba su esposa esos martes.
Lo supo y no dijo nada. lo siguió guardando. Los hijos de Mariela, Fernanda y Beto declararon después que en esas semanas su padrastro se había vuelto más silencioso todavía. Fernanda, de 16 años, dijo que una noche lo encontró en la cocina a las 3 de la mañana tomando agua, mirando por la ventana al patio. Le preguntó si estaba bien.
Él le dijo que sí, que tenía el sueño chistoso, que se fuera a dormir. Beto dijo que dejó de bromear con ellos. Rodrigo nunca había sido muy platicador, pero tenía sus chistes, sus apodos para ellos, sus formas de saludarlos. Eso desapareció en enero. La casa se fue volviendo más callada, pero seguía siendo una casa normal desde afuera.
Los tamales de doña Esperanza, el perro callejero que dormía en la banqueta de enfrente, el frío seco que en febrero empezó a aflojar un poco con tardes tibias que olían a polvo mojado cuando llovía los viernes. Una casa normal hasta el sábado 23 de febrero. Ese sábado Rodrigo tenía turno en la mañana.
Salió a las 5 como siempre con el termo de café y la chamarra gris que usaba para trabajar en invierno. Mariela dormía todavía, los hijos también. Trabajó hasta el mediodía. Pero a las 11:30, mientras esperaba una carrera en el estacionamiento de una plaza comercial en Zapopán centro, le llegó un mensaje al celular. Era de un número que no tenía guardado.
Solo decía, “Ya salió. Viene de La Oblatos. No era la primera vez que le llegaba ese mensaje, era la segunda. La primera había sido dos semanas antes, un viernes, y Rodrigo había llegado a casa a tiempo para ver a Mariela entrar por la puerta con una bolsa del mercado y cara de nada. Esta vez Rodrigo no fue directo a casa.
Esta vez paró el taxi en una ferretería sobre Avenida Patria. Entró. Estuvo dentro 8 minutos. Salió con una bolsa de plástico negra, subió al taxi, guardó la bolsa debajo del asiento del conductor y manejó a casa. Son las 12:40 cuando Rodrigo estaciona el taxi en la cochera. Mariela está en la cocina. Acaba de llegar también, por lo que se ve.
Todavía trae el bolso cruzado. Está sacando cosas que compró. Una bolsa de tortillas, un cuarto de crema, dos aguacates. El radio de la cocina está encendido. Suena una canción norteña que ninguno de los dos recuerda después. Los hijos no están. Fernanda tiene clases de danza los sábados por la mañana. Beto está en casa de un amigo.
La casa está sola. Rodrigo entra con la chamarra puesta todavía. Deja las llaves del taxi en el gancho junto a la puerta como siempre. Saluda a Mariela. Ella le pregunta si quiere que haga algo de comer. Él dice que primero se va a cambiar. Va a la recámara, cierra la puerta, abre el cajón de la mesita de noche, saca algo, vuelve a la cocina.
Lo que pasa en los siguientes minutos dentro de esa cocina no fue visto por nadie. No hay cámaras dentro de la casa, no hay testigos directos. Lo que se sabe viene de las evidencias que la Fiscalía de Jalisco reconstruyó semana y media después del estado en que encontraron la cocina, de los golpes que presentaba el cuerpo de Mariela y de lo que Rodrigo mismo declaró cuando fue detenido.
Empezó con palabras. Rodrigo le preguntó a Mariela con voz baja dónde había estado esa mañana. Ella dijo que en el mercado señaló los aguacates, la crema, las tortillas sobre la barra. Rodrigo dijo que le preguntara de nuevo y ella repitió lo mismo. Entonces él le preguntó por la colonia Oblatos.
Por los martes, por los 47 minutos, Mariela se quedó callada y ese silencio fue suficiente. Rodrigo Vargas Pedrosa mató a su esposa con un martillo de acero de 40 cm que había comprado esa mañana en la ferretería de Avenida Patria. El primer golpe la alcanzó en el lado izquierdo de la cabeza cuando ella intentó moverse hacia la puerta de servicio.
Cayó contra la barra. El segundo golpe fue cuando estaba en el suelo. El tercero también. La cocina quedó con el radio prendido. La canción norteña siguió sonando. Rodrigo se quedó parado ahí un momento que él mismo no supo calcular. Después declaró que lo primero que pensó fue que tenía que apagar el radio. Lo apagó. Luego fue al baño, se lavó las manos y la cara.
se cambió la ropa, metió la ropa sucia en una bolsa de basura, sacó el cuerpo de su esposa, que pesaba 56 kg, arrastrándolo por el pasillo hasta el cuarto de servicio en la parte trasera de la casa. Lo acomodó detrás del calentador de agua en el espacio más oscuro de ese cuarto pequeño. Salió al patio, se sentó en una silla de plástico verde.
Estuvo sentado ahí como 40 minutos mirando la barda trasera sin hacer nada más. Nadie escuchó nada en esa colonia. Doña Esperanza estaba en su casa haciendo los tamales del domingo. Los vecinos de al lado se habían ido a un cumpleaños. El de la esquina tenía la televisión muy alta. El único que supo que algo estaba mal fue el perro callejero que dormía en la banqueta.
Dos vecinos notaron después al hablar con los periodistas que ese perro estuvo ladrando hacia la casa de Rodrigo desde el mediodía del sábado hasta casi las 8 de la noche. Los perros saben, pero nadie le hizo caso. Fernanda llegó a casa a las 2:30 de la tarde. Tenía 16 años. Traía el pelo mojado del sudor de la clase de danza. Traía hambre.
Entró llamando a su mamá. Rodrigo estaba en la sala viendo televisión. le dijo que su mamá había salido, que había tenido que ir a ver a una amiga, que no tardaría. Fernanda fue a la cocina. La cocina estaba limpiada, olía a cloro. Fernanda recordó después que en ese momento sintió algo raro, pero no supo ponerle nombre.
le dijo a su padrastro que estaba bien extraño que su mamá se fuera sin dejarle de comer. Él dijo que a lo mejor se le había olvidado que agarrara algo del refrigerador. Fernanda agarró un yogur y se fue a su cuarto. Beto llegó a las 6, preguntó por su mamá. Rodrigo dijo lo mismo. Había salido. No tardaría.
A las 8 de la noche, Fernanda le mandó un mensaje a su mamá. Tardó en llegar la respuesta. Cuando llegó decía, “Estoy bien, mi hija, ya llego.” Pero era el teléfono de Mariela respondido desde la sala de la propia casa con Rodrigo en la oscuridad. A las 10 de la noche, Fernanda escuchó a su padrastro hablar en voz baja por teléfono en la recámara.
No pudo escuchar bien que decía, pero el tono era distinto, agitado, bajo, como alguien que está dando instrucciones. A las 11:30, Rodrigo le dijo a los hijos que se fueran a dormir, que su mamá había decidido quedarse a dormir en casa de su amiga porque se le había hecho tarde. Fernanda no durmió. A las 2:20 de la madrugada escuchó ruido en el cuarto de servicio, pasos, el chirrido de algo arrastrándose, el sonido del portón trasero abriéndose.
Se asomó por la ventana de su cuarto que daba al patio. Vio a su padrastro cargando algo grande, envuelto en una cobija gris hacia el taxi que había metido al patio desde la cochera. Fernanda tenía 16 años. vio eso y lo entendió todo en un segundo. Esperó a que Rodrigo volviera a entrar a la casa.
Esperó 5 minutos, fue al cuarto de Beto, lo despertó, le tapó la boca con la mano y le dijo en voz muy baja que tenían que salir de la casa. Ahora, Beto tenía 14 años y vio la cara de su hermana y no preguntó nada. Salieron por la ventana de la recámara de los hijos que daba a la parte lateral de la casa. Saltaron la barda baja que dividía su patio del callejón de junto.
Corrieron hasta la tienda de la esquina que a esa hora ya estaba cerrada, pero tenía luz en la parte de arriba donde vivía el dueño. Fernanda marcó el 911 desde su celular. Le temblaba tanto la mano que marcó dos veces mal. A la tercera respondieron. La llamada duró 4 minutos con 32 segundos. El audio fue recuperado por la Fiscalía de Jalisco y forma parte del expediente.
Fernanda habló con voz entrecortada, pero coherente. Dijo su nombre, dijo la dirección. Dijo que su padrastro había matado a su mamá y que estaba sacando el cuerpo en el taxi. El operador del 911 le pidió que se mantuviera alejada de la casa y que no cortara la llamada. Cuatro patrullas fueron despachadas en los siguientes 3 minutos.
una ambulancia del SAMU también y un camión de la Fiscalía con técnicos. Fueron 8 minutos en llegar. 8 minutos que en el expediente se documentan con exactitud porque son los 8 minutos en que Rodrigo Vargas Pedrosa intentó marcharse. El taxi salió de la cochera a las 2:41 de la madrugada. Rodrigo manejó hacia el norte por la calle principal de la colonia con las luces apagadas durante los primeros 50 m.
Luego las encendió, manejó normal, despacio. No sabía que sus hijastros habían llamado al 911. No sabía que Fernanda lo había visto desde la ventana. Llevó el cuerpo de Mariela envuelto en la cobija en el asiento trasero. Tenía plan, un valdío que conocía a las afueras de Trajomulco, un terreno sin construcción donde había dejado clientes borrachos.
Un par de veces lejos del barrio, lejos de él, en la colonia Rancho con Tonto, a 4 km de su casa, se topó con un retén policial que esa madrugada revisaba vehículos por operativo de seguridad. Era un retén rutinario de viernes a sábado, dos patrullas, cuatro agentes. Rodrigo frenó. El agente le pidió que bajara el cristal, le pidió documentos.
Rodrigo los entregó. El agente los revisó. Hasta ese momento todo parecía normal. Pero entonces el agente apuntó la linterna hacia el interior del taxi, hacia el asiento trasero. La cobija tenía una mancha oscura en la parte inferior. El agente dijo, “¿Qué trae atrás?” Rodrigo dijo, “Una cobija vieja que iba a tirar.
” El agente abrió la puerta trasera. Rodrigo no intentó correr. Declaró después que en el momento en que la gente abrió la puerta, algo se le fue del cuerpo, como si llevara semanas cargando algo muy pesado y de pronto se lo quitaran, aunque lo que venía era mucho peor. Fue detenido en el acto. Esposado sobre el cofre del taxi mientras llegaban refuerzos.
Las patrullas que habían sido despachadas al domicilio de la colonia Agua Blanca Sur llegaron al mismo tiempo al retén cuando se cruzó la información por radio. Mariela Fuentes Ríos fue confirmada muerta en la escena. La cobija gris era una que los vecinos reconocieron después. De cuadros azules y beige, de las que venden en los tianguis, de las que había en cada casa del barrio.
Rodrigo fue trasladado a los separos de la Fiscalía de Jalisco antes de que amaneciera. Los hijos de Mariela estaban sentados en la banqueta de la tienda de la esquina cuando llegaron los agentes. Beto lloraba, Fernanda no lloraba. Tenía los brazos apretados alrededor del cuerpo y miraba hacia su casa con una expresión que los paramédicos que la atendieron describirían como ausente, como si ya no estuviera del todo ahí.
Tenía 16 años, había salvado a su hermano y no había podido salvar a su mamá. El cuarto de servicio de la casa de la colonia Agua Blanca Sur fue procesado por los técnicos de la fiscalía durante 4 horas. Encontraron sangre en la cocina bajo la capa de cloro, sangre en el pasillo, sangre en el cuarto de servicio.
El martillo fue recuperado de la bolsa de basura que Rodrigo había dejado en el bote de la cochera. Sin limpiar del todo, tenía huellas claras. El GPS del taxi SGPS que lo había empezado todo, fue incautado como evidencia. El historial de recorridos fue descargado y formó parte del expediente. Irónicamente, el mismo aparato que encendió todo fue lo que ayudó a reconstruir los movimientos de Rodrigo en las semanas anteriores al crimen.
El GPS recordaba a dónde había ido, recordaba todo. Rodrigo Vargas Pedrosa fue interrogado esa misma madrugada en una sala de la Fiscalía de Jalisco en Guadalajara. La sala era pequeña, paredes beige, una mesa metálica con dos sillas de un lado y una del otro, tubo de luz fluorescente que parpadeaba cada tanto, olor a café viejo y a cigarro de hace días.
Los agentes que lo interrogaron fueron dos. El ministerial a cargo era el licenciado Óscar Treviño Camarena, 11 años de experiencia, conocido en la institución por no levantar la voz durante los interrogatorios. El otro era un agente joven, Ramírez, que tomó las notas. Rodrigo llegó esposado con la ropa que traía puesta cuando lo detuvieron.
Chamarra gris, pantalón de mezclilla. Tenía sangre seca en la manga izquierda que él no había notado. Treviño le explicó sus derechos. Le dijo que tenía derecho a un abogado antes de declarar. Rodrigo dijo que no quería esperar, que quería hablar y habló. Habló durante 2 horas y 40 minutos.
sin que le torcieran el brazo, sin amenazas, con pausas largas entre algunas respuestas, pausas en que se quedaba mirando la mesa como si buscara algo en la superficie de metal. Contó todo desde el GPS de diciembre. Contó la dirección en la Oblatos. Contó que fue a identificar al hombre de la pickup. Contó el nombre que averiguó. Ernesto Quiñones.
Contó las semanas de silencio, las noches sin dormir, la decisión que fue tomando despacio, como quien va añadiendo piedras a una carga hasta que ya no puede aguantarla. Treviño le preguntó en qué momento tomó la decisión definitiva. Rodrigo tardó en responder. Luego dijo, “Cuando compré el martillo. No antes, no la noche anterior, no cuando recibió el mensaje de que ella venía de la oblatos.
cuando entró a la ferretería y puso el martillo en el mostrador y lo pagó ahí. Ese fue el momento. Treviño anotó eso. Le preguntó si lamentaba lo que había hecho. Rodrigo lo pensó otro rato. Luego dijo, “Lamento todo, pero no me arrepiento.” Esa frase quedó en el expediente y los que estuvieron en esa sala dijeron después que fue el momento más frío de toda la noche.
No el crimen, no los detalles. Esa frase dicha con voz tranquila, sin lágrimas, mirando la mesa. Lamento todo, pero no me arrepiento. El proceso legal comenzó en marzo de 2019. La Fiscalía de Jalisco imputó a Rodrigo Vargas Pedrosa por el delito de feminicidio, que es como se llama en la ley cuando un hombre mata a una mujer en el contexto de una relación íntima.
En términos simples, el crimen ocurrió dentro de una relación de pareja con violencia física extrema en el domicilio conyugal. Para que quede claro qué significa eso legalmente, el feminicidio en México tiene penas más severas que el homicidio doloso simple, porque reconoce que el crimen fue posible precisamente por la relación de confianza y convivencia.
No es solo matar a alguien, es matar a alguien que te abrió su puerta. La defensa de Rodrigo intentó argumentar que hubo una alteración del estado mental por los celos, que él no estaba en sus facultades plenas en el momento del crimen. El psicólogo forense designado por el juez dictaminó que Rodrigo presentaba rasgos de personalidad rígida y dificultad para el manejo de situaciones de humillación percibida, pero que en términos legales era imputable, sabía lo que hacía, eligió hacerlo.
El argumento de los celos como atenuante fue rechazado por el juez desde la audiencia preliminar. El juicio formal tuvo sus momentos más duros cuando declaró Fernanda. La joven que para entonces tenía 17 años declaró ante el juez en sala con Biombo para no tener que ver a Rodrigo. Su voz no tembló durante la mayor parte de la declaración.
Solo se quebró una vez cuando describió el momento en que despertó a Beto y le tapó la boca con la mano para que no hiciera ruido. Dijo, “Tuve que hacer eso porque si él los oía, no sé qué hubiera pasado con nosotros. El fiscal no necesitó hacer muchas preguntas después de eso.” Ernesto Quiñones también declaró. confirmó que había tenido una relación con Mariela durante aproximadamente cinco meses.
Dijo que él no sabía que Rodrigo lo había identificado, que nadie le había dicho nada, que ninguna amenaza había llegado, que si hubiera sabido habría actuado diferente. El juez le preguntó qué hubiera hecho diferente. Ernesto dijo que no lo sabía. El veredicto llegó en septiembre de 2019. Culpable. feminicidio calificado con agravante de alevosía por la premeditación documentada.
La sentencia fue de 35 años de prisión sin derecho a reducción de pena por buena conducta durante los primeros 20 años. Rodrigo no reaccionó visiblemente cuando se leyó la sentencia. Estaba de pie con las manos cruzadas adelante mirando al juez. Cuando terminó la lectura, asintió una vez muy despacio, como si fuera algo que ya sabía desde hace tiempo.
Su abogado interpuso un recurso de apelación en noviembre. Fue negado en mayo de 2020. Rodrigo Vargas Pedrosa cumple su condena en el Centro Penitenciario de El Salto, en el municipio de El Salto, Jalisco. Tiene 47 años. Le quedan más de 20 adentro si todo sigue igual. Fernanda y Beto fueron al cuidado de la abuela materna, la mamá de Mariela, quien vive en la colonia San Juan de Dios en Guadalajara.
La casa de la colonia Agua Blanca Sur fue puesta en venta. Tardó meses en venderse. Los vecinos sabían lo que había pasado adentro. Los primeros interesados preguntaban el precio, luego preguntaban la historia y después no volvían a llamar. Doña Esperanza siguió vendiendo sus tamales los fines de semana.
dijo en una entrevista con una periodista local que ya no mira hacia la casa de enfrente, aunque todavía siga ahí, que le da una cosa rara, una incomodidad que no tiene nombre, que a veces cuando amasa la masa de los tamales piensa en Mariela sin querer y luego tiene que pensar en otra cosa rápido, porque si no se le va el día. Eso se lo dijo a la periodista y la periodista lo publicó y yo lo leo ahora y creo que todos lo entendemos, aunque no hayamos estado ahí.
Porque ese es el peso que queda cuando pasa algo así en una calle normal. No solo en las familias, en todos, en el barrio entero. El perro callejero que ladraba esa tarde desapareció unos meses después. Nadie sabe a dónde fue. Los vecinos lo nombraron en las entrevistas sin que nadie les preguntara como si necesitaran que quedara registrado en algún lado.
Dicen que seguía apareciendo frente a la casa vacía hasta que vendieron, que ladraba a la puerta cerrada, que luego se iba y volvía y después dejó de volver. El GPS Mitsuru fue destruido como evidencia una vez cerrado el caso. Fue el aparato de segunda mano que lo empezó todo. 47 minutos en una dirección que ella nunca mencionó, una mancha de sospecha que se fue haciendo más grande en silencio, semana tras semana, hasta que llenó todo.
Hay cosas que uno querría no haber visto. Hay preguntas que uno querría no haber hecho. Hay personas que conviven con las grietas sin tocarlas, años enteros sin que exploten. Y hay personas que no pueden. Rodrigo no pudo y Mariela pagó con su vida una decisión que debió haberse resuelto de otra forma. Siempre hay otra forma, pero esa otra forma requiere que uno crea que la vida que viene después de la traición todavía vale algo.
Rodrigo no lo creyó o no supo creerlo o nunca nadie le enseñó cómo y eso no lo justifica. Pero ayuda a entender el tamaño del daño, porque el daño es enorme y es de ida. Fernanda tiene hoy 22 años. Beto tiene 20. Los dos están vivos. Los dos cargan con lo que vieron. Eso no cierra. Eso no cierra nunca del todo.
Son grietas en las que entra el frío de enero, aunque sea marzo. Son grietas que no cierran solas, que nunca cierran solas.