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Antes de morir, ANEL NOREÑA confesó que JOSÉ JOSÉ tuvo un HIJO OCULTO con VERÓNICA CASTRO

Antes de morir, ANEL NOREÑA confesó que JOSÉ JOSÉ tuvo un HIJO OCULTO con VERÓNICA CASTRO

La Ciudad de México respiraba con ese ritmo denso y [música] acompasado de finales de los años 70, cuando el asfalto todavía guardaba el calor del día y las luces [música] de neón comenzaban a parpadear sobre insurgentes. El aire olía a escape de automóvil mezclado con el aroma de los puestos de elotes y el ruido del tráfico creaba una sinfonía caótica que solo los chilangos podían apreciar.

 En algún lugar de esa inmensidad urbana, José José caminaba con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de mezclilla azul, la mirada perdida en el horizonte de edificios que parecían tragarse el cielo anaranjado del atardecer. Llevaba puesta una camisa de seda color vino que Anel le había planchado esa mañana con el cuidado meticuloso que ponía en todas las cosas relacionadas con él.

 Ella no había preguntado a dónde iba cuando él salió de la casa. Nunca preguntaba demasiado en esos días. había aprendido que las preguntas directas solo creaban tensión y la tensión en ese matrimonio ya era suficiente. Así que se limitó a besarlo en la mejilla y a verlo alejarse por la calle con esa sensación de inquietud que últimamente se había vuelto su compañera constante.

 Lo que nadie sabía, ni siquiera Anel con toda su intuición femenina, era que José cargaba en el pecho un peso que no tenía absolutamente nada que ver con las luces del escenario, ni con los aplausos ensordecedores que lo seguían a todas partes desde que su voz había conquistado los corazones de millones. Era algo más íntimo, más peligroso, más profundamente humano, un secreto que le quemaba las entrañas cada vez que cruzaba el umbral de su casa y veía Anel meciendo a José Joel en sus brazos u cantándole bajito esas canciones de cuna

que ella misma inventaba mientras el niño cerraba los ojitos con esa confianza absoluta que solo tienen los bebés que se saben amados. José había fumado tres cigarros mientras caminaba sin rumbo por las calles de la colonia Roma, deteniéndose ocasionalmente en algún aparador para fingir que miraba algo mientras organizaba sus pensamientos.

 Sentía el sabor amargo del tabaco en la lengua, pero seguía fumando porque era lo único que lograba calmar la ansiedad que le trepaba por la garganta. Esa tarde, mientras el sol se escondía entre los volcanes, José se había citado en un café discreto con alguien que conocía demasiado bien, alguien cuya risa todavía le resonaba en los oídos como una melodía que no podía sacarse de la cabeza, de cuyo perfume dulce se le había quedado impregnado en la memoria, de tal manera que a veces en medio de la noche juraba que podía olerlo aunque estuviera a kilómetros de

distancia. El café era uno de esos lugares pequeños y discretos. que la gente famosa usaba por su anonimato. Solo mesas de madera desgastada, sillas desparejas, un ventilador de techo que giraba perezosamente y un mesero anciano que había visto demasiadas cosas como para sorprenderse por nada. Las paredes tenían fotografías viejas de la ciudad de México en blanco y negro.

 José llegó 15 minutos antes de la hora acordada. Eso no era normal en él. Por lo general llegaba tarde a todo, pero ese día necesitaba estar ahí primero. Necesitaba tener el control, aunque fuera en ese pequeño detalle. se sentó en una mesa del fondo y se dedicó a juguetear nerviosamente con el paquete de cigarros que llevaba en el bolsillo.

 Sus pensamientos eran un torbellino caótico. Recordaba la primera vez que la había visto en un evento de la industria del entretenimiento. Ella llevaba un vestido negro y cuando sonrió desde el otro lado del salón, José sintió algo que no había sentido en mucho tiempo. No era amor al principio, era fascinación, era ese tipo de atracción magnética que no se puede explicar con lógica.

 Habían hablado esa noche, aislados en su propia burbuja de conversación. Ella era inteligente, ingeniosa, tenía esa combinación perfecta de seguridad y vulnerabilidad. Y José, ya casado con Anel y con un hijo pequeño, se permitió jugar con fuego. Se dijo que solo era amistad. Se mintió con tanta convicción que casi llegó a creerse sus propias mentiras.

 Sin embargo, las mentiras tienen patas cortas. La verdad era que lo que había comenzado como amistad se había transformado en algo mucho más complicado. Hubo noches en hoteles discretos, conversaciones telefónicas que se extendían hasta el amanecer, miradas cómplices en fiestas donde también estaba Anel sin sospechar nada.

Hubo momentos de pasión tan intensa que José olvidaba por completo quién era. Y hubo inevitablemente consecuencias. Verónica Castro llegó exactamente 5 minutos tarde, como siempre. Esa era una de sus características más predecibles. Nunca llegaba a tiempo, pero nunca se retrasaba demasiado.

 Era como si tuviera un reloj interno perfectamente calibrado para causar el efecto justo de anticipación sin caer en la descortesía absoluta. entró al café con esos lentes oscuros que le cubrían media cara, una mascada de seda color marfil amarrada al cuello con ese nudo descuidado que solo las mujeres verdaderamente elegantes saben hacer, y un vestido sencillo de algodón que de todas formas lograba hacerla ver como si acabara de salir de una sesión fotográfica de revista.

 Se movía con esa elegancia natural que la caracterizaba, ese andar de gata que parecía más un baile que una simple caminata. Pero José, que la conocía también, que había estudiado cada uno de sus gestos y expresiones durante los meses que habían estado viéndose, notó algo diferente, algo en la forma en que cargaba su bolso, en como sus hombros parecían un poco más caídos de lo normal o en la línea tensa de su mandíbula que revelaba una preocupación que intentaba ocultar detrás de la fachada de mujer segura de sí misma. El mesero se acercó

con esa discreción profesional que solo viene con décadas de experiencia, pero Verónica lo despachó con un gesto amable de la mano antes de que pudiera siquiera abrir la boca para preguntar qué deseaban ordenar. No querían nada, ni café, ni comida, ni bebidas. Solo necesitaban hablar. Y hablar requería privacidad absoluta, un espacio donde las palabras pudieran existir sin el ruido de fondo de la normalidad cotidiana.

 Verónica se quitó los lentes y dejó que José viera sus ojos directamente por primera vez desde que había entrado. Tenía ojeras que el maquillaje cuidadosamente aplicado no alcanzaba a disimular del todo, y sus ojos, normalmente brillantes y llenos de vida, me parecían apagados, como si hubiera llorado recientemente o como si no hubiera dormido en varios días.

Probablemente ambas cosas eran ciertas. José sintió una punzada de preocupación mezclada con miedo, porque sabía en algún nivel profundo e instintivo que lo que fuera que ella estaba a punto de decirle cambiaría todo. José intentó iniciar una conversación superficial, preguntarle cómo había estado, comentar algo sobre el clima o sobre algún proyecto en el que ella estuviera trabajando.

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