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Fue entregada en matrimonio a un apache por ser fea Pero él la amó como ningún hombre blanco

La consideraban tan fea que la entregaron a los apaches para saldar deudas. Pero en esas montañas descubriría un amor que ningún hombre blanco le había dado jamás. En el pequeño pueblo de San Miguel del Valle, donde las montañas se alzaban como gigantes silenciosos bajo el cielo de Chihuahua, vivía una joven llamada Remedios Castellanos.

 Era el año de 1890 y los vientos del cambio soplaban sobre México. Pero en aquel rincón olvidado del mundo, el tiempo parecía haberse detenido en costumbres tan duras como las piedras del desierto. Remedios tenía 22  años, pero las penurias habían grabado en su rostro líneas que no correspondían a su edad.

  Sus manos, ásperas por el trabajo constante, contaban la historia de una familia que había perdido todo cuando la fiebre amarilla se llevó a su padre 3 años atrás. Doña Carmen, su madre, había quedado viuda con cinco hijos y la pobreza se había instalado en su hogar como un huéspedado que jamás se marchaba.

 El rostro de remedios no seguía los cánones de belleza que el pueblo admiraba. Su piel, curtida por el sol inclemente tenía el color de la tierra después de las lluvias. Sus facciones, marcadas y angulosas, no poseían la delicadeza que los hombres del pueblo buscaban en una esposa. Su nariz, ligeramente aguileña, y sus ojos pequeños, pero intensos, la hacían destacar de una manera que no era considerada afortunada.

 Las muchachas del pueblo, con sus teces claras y sus formas redondeadas, la miraban con una mezcla de lástima y desprecio. “Pobrecita remedios”, murmuraban las señoras del pueblo cuando la veían pasar con sus vestidos remendados camino al mercado. “Con esa cara y esa pobreza, jamás encontrará marido.” Sus palabras se clavaban como espinas en el corazón de la joven, quien había aprendido a caminar con la cabeza alta a pesar de las burlas constantes.

 La situación económica de la familia Castellanos había llegado a un punto desesperante. Doña Carmen se había enfermado de los pulmones y los pequeños ahorros que habían logrado reunir se habían agotado en medicinas y doctores. Los tres hermanos menores de remedios, Miguel  de 14 años, Esperancita de 12 y el pequeño Joaquín de apenas ocho, dependían completamente de lo poco que ella y su hermana Consuelo,  de 16 años, podían ganar lavando ropa y haciendo labores de costura para las familias adineradas del pueblo. Las

humillaciones eran constantes. Doña Petronila Herrera, esposa del comerciante más próspero de San Miguel del Valle, tenía la costumbre de recibir a remedios en la puerta trasera de su casa como si fuera una indigente.  “No quiero que mis visitas vean a esta mujer en mi sala”, le decía a su sirvienta en voz lo suficientemente alta para que remedios la escuchara.

 Su aspecto es demasiado desagradable. Las lágrimas de rabia se acumulaban en los ojos de remedios, pero necesitaba el trabajo desesperadamente. Don Evaristo  Montalvo, el hombre más rico del pueblo, tenía una forma particularmente cruel de referirse a ella. “Esa muchacha parece más un espantapájaros que una cristiana”, decía riéndose con sus amigos en la cantina.

Su madre debería pagarle a alguien para que se la lleve, porque con esa cara nadie la va a querer jamás por esposa.  Sus carcajadas resonaban por todo el pueblo y Remedios había aprendido a tomar caminos alternativos para evitar pasar frente a la cantina cuando él estaba presente.  Pero el destino tenía preparada una sorpresa que nadie en San Miguel del Valle podía imaginar.

 Durante los últimos meses del otoño había llegado al pueblo una caravana de comerciantes apaches que bajaban de las montañas para intercambiar pieles, productos artesanales y remedios naturales por herramientas, telas y otros artículos que necesitaban. Era una práctica que se había establecido años atrás cuando el gobierno mexicano había firmado tratados de paz con algunas tribus.

 El líder de esta delegación comercial era un hombre imponente llamado Águila Dorada. Tenía cerca de 35 años y su presencia comandaba respeto inmediato. Su estatura superaba la de la mayoría de los hombres del pueblo y sus movimientos poseían la gracia natural de quien había vivido toda su vida en armonía con la naturaleza.

  Su rostro, sincelado por el viento de las montañas, mostraba la sabiduría de quien había enfrentado tanto la guerra como la paz con igual valor. Sus ojos, negros como la obsidiana, parecían capaces de ver directamente al alma de las personas. Águila Dorada había llegado a San Miguel del Valle en múltiples ocasiones durante los últimos años y siempre había mostrado una actitud digna y respetuosa hacia los habitantes del pueblo, aunque no siempre recibía el mismo trato a cambio.

 Muchos pobladores lo toleraban únicamente por los beneficios comerciales que representaba, pero mantenían sus prejuicios bien arraigados sobre los pueblos indígenas. Durante una de estas visitas comerciales, Águila Dorada había observado a remedios  mientras ella llevaba agua del pozo hacia su casa.

 Había algo en la dignidad con la que ella sobrellevaba las miradas despectivas de los demás, que había llamado profundamente su atención. Había notado cómo ella ayudaba a una anciana a cargar sus bultos sin esperar nada a cambio, y cómo defendía a los niños del pueblo cuando otros muchachos más grandes los molestaban. Esa mujer tiene un corazón noble”, le comentó águila dorada a su hermano menor,  viento susurrante, mientras observaban desde la distancia.

 Hay una luz interior en ella que no he visto en muchas de las mujeres de este pueblo.  La propuesta llegó de manera inesperada una tarde de noviembre, cuando las hojas de los árboles habían adoptado los colores del  fuego. Águila Dorada se presentó en la humilde casa de adobe de la familia Castellanos, acompañado por dos ancianos de su tribu,  que servían como testigos y consejeros.

 Doña Carmen, sorprendida y aterrorizada por la visita, apenas podía articular palabra.  Señora Castellanos”, le dijo Águila Dorada en un español cuidadoso pero correcto, “He venido a solicitar la mano de su hija remedios para el matrimonio.” Sus palabras cayeron sobre la familia como un rayo en cielo despejado.

 La sala se llenó de un silencio tan pesado que se podía tocar con las manos. Doña Carmen, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, miró alternativamente a Águila Dorada y a su hija, quien había palidecido hasta volverse casi transparente. ¿Mis remedios?, preguntó con voz temblorosa, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Sí, señora.

  He observado a su hija durante mis visitas a este pueblo y he visto en ella virtudes que considero muy valiosas. Ofrezco por ella una dote generosa,  50 cabezas de ganado, 10 caballos de la mejor calidad, suficiente maíz y frijol para alimentar a su familia durante dos años completos y además 50 pesos en monedas de plata.

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