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La viuda era considerada la más fea del pueblo — hasta que el Apache millonario le dijo esto…

En un pueblo donde la juzgaban,  una viuda humilde con su hijo enfrentaba el desprecio, hasta que un apache rico llegó a caballo y le ofreció algo que cambiaría su destino para siempre.  El sol del mediodía caía implacable sobre San Miguel del Valle, un pequeño pueblo donde todos se conocían y donde los secretos duraban menos que el rocío de la mañana.

 En la plaza principal, frente a la fuente de piedra agrietada, las mujeres se reunían cada día con sus cántaros. Pero no solo para llenar agua. Ese era el lugar donde se tejían los chismes más crueles, donde las lenguas afiladas cortaban reputaciones con la misma facilidad con que sus manos lavaban la ropa.

 “Ahí viene otra vez”, susurró doña Remedios, “Una mujer robusta de mejillas sonrosadas que se creía dueña de la moral del pueblo. Miren cómo arrastra los pies. Parece un espantapájaros con faldas.” Las risas se esparcieron como el viento entre las otras mujeres. Todas giraron sus cabezas al unísono como buitres detectando una presa para observar a la figura que se acercaba por el camino polvoriento.

 Era paloma, aunque ya nadie la llamaba por su nombre. La viuda fea, la desgraciada, esa pobre criatura. Eran los apodos que había coleccionado desde que su esposo murió hace 3 años, dejándola sola con un niño pequeño y una deuda que parecía no tener fondo. Paloma caminaba con la cabeza baja, su vestido café remendado en varios lugares,  sus pies descalzos cubiertos de polvo.

 En sus brazos, el pequeño miguelito se aferraba a su cuello, su carita sucia escondida contra el hombro de su madre. El niño había aprendido a no mirar a las personas del pueblo. Había aprendido que las miradas dolían casi tanto como las palabras. “Buenos días”, murmuró Paloma al pasar cerca del grupo.

 Su voz apenas un susurro. “Buenos días, dice, se burló doña Remedios cuando Paloma ya había pasado, como si tuviera algo bueno en su vida. Pobre criatura. Con esa cara y esa pobreza, nunca encontrará otro hombre. ¿Quién querría cargar con ella? y el mocoso. Es el castigo de Dios, añadió doña Gertrudis santiguándose exageradamente.

 Su esposo era un borracho y un jugador. Dios la castigó con esa cara para que recordara sus pecados. Paloma escuchaba todo. Aunque fingía no hacerlo. Cada palabra se clavaba en su corazón como espinas, pero había aprendido a tragarse el dolor, a convertirlo en algo duro dentro de su pecho. Por Miguelito, todo lo soportaba. por Miguelito.

 Cuando llegó a su pequeña choa en las afueras del pueblo, un rancho de adobe con el techo parcialmente derrumbado, Paloma bajó a su hijo con cuidado. El niño tenía apenas 4 años, pero sus ojos ya habían visto demasiado sufrimiento. “Mamá, ¿por qué esas señoras siempre son malas contigo?”, preguntó Miguelito con esa inocencia desgarradora de los niños.

Paloma sintió que se le quebraba la voz, pero sonrió y acarició el cabello negro y despeinado de su hijo. Porque las personas a veces tienen miedo, mi amor,  y cuando tienen miedo dicen cosas feas para sentirse más fuertes. Miedo de qué, mamá. Miedo de ser como nosotros, de quedarse sin nada, de estar solos.

 Miguelito asintió, aunque no comprendía del todo. Paloma lo besó en la frente y fue a buscar las tortillas que había guardado desde el día anterior. Era todo lo que tenían para comer. Mientras preparaba el escaso alimento, Paloma se permitió un momento de debilidad. Se miró en el pequeño pedazo de espejo roto que colgaba de la pared. Su reflejo le devolvió la mirada.

 Una mujer de 26 años que parecía de 40. Su piel estaba curtida por el sol. tenía una cicatriz que cruzaba su mejilla izquierda desde un accidente de la infancia. Sus labios estaban partidos por la resequedad  y su cabello largo y negro estaba opaco por la falta de nutrición. “Fea  se dijo a sí misma.

 Todos tienen razón. Soy fea.” Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, pero las limpió rápidamente. No podía permitirse llorar. Las lágrimas no alimentarían a Miguelito. Las lágrimas no pagarían la deuda con Don Evaristo, el terrateniente, que amenazaba con quitarle hasta el rancho si no le pagaba pronto.

  Esa tarde, mientras Miguelito jugaba con unas piedras afuera de la choza, Paloma se arrodilló y rezó. No era una mujer especialmente religiosa, pero la desesperación te hace buscar a Dios incluso cuando sientes que él te ha abandonado. Señor, susurró con las manos juntas. No te pido que me hagas bonita, no te pido riquezas.  Solo te pido que protejas a mi hijo, que le des las oportunidades que yo nunca tuve.

 Que no crezca con hambre y vergüenza.  Si tengo que sufrir toda mi vida para que él esté bien, lo haré. Solo dame fuerzas para seguir adelante.  El viento sopló suavemente, moviendo las cortinas raídas de la ventana. Paloma sintió una extraña paz, como si algo en el universo hubiera escuchado su súplica, pero no sabía que su oración sería respondida de una manera que nunca imaginó.

 Al día siguiente, el pueblo entero se paralizó cuando llegó la noticia.  Un grupo de apaches acamparía cerca de San Miguel del Valle. Venían en son de paz buscando comerciar y descansar antes de continuar su viaje hacia el norte. El  pánico se apoderó de las mujeres del pueblo. “Apaches!”, gritó doña Remedios,  “Esconderán a sus hijas. Cierren las puertas.

” Pero cuando los apaches llegaron, no venían con armas ni con intenciones violentas.  Eran apenas 10 hombres y sus caballos, liderados por un guerrero que destacaba entre todos. Se llamaba Tormenta Nocturna. Y cuando entró al pueblo montado en su imponente caballo negro, el silencio fue absoluto.  Era un hombre alto y de constitución poderosa, con el cabello largo y negro adornado con plumas y cuentas.

 Su rostro era severo, pero hermoso, con pómulos marcados y ojos oscuros que parecían ver a través de las personas. vestía una túnica de piel decorada con símbolos sagrados y en su cinturón colgaban armas que hablaban de su condición de guerrero. Pero lo que más llamó la atención fue el respeto que sus hombres le mostraban.

 Tormenta Nocturna no era un simple guerrero, era un jefe, un hombre de poder entre su pueblo. Paloma observaba desde la distancia con miguelito aferrado a sus faldas. Nunca había visto a un apache de cerca y la presencia de tormenta nocturna le pareció casi sobrenatural. Cuando los ojos del guerrero recorrieron la plaza, por un instante se detuvieron en ella.

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