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El barbero hablaba de Pedro Infante sin saber que lo estaba afeitando

que en el año 47 ella le había dicho con voz tranquila  y sin gritarle que si las cosas no cambiaban, se llevaría al bebé que cargaba y no volvería. Lo había dicho de una manera que no era amenaza, era una  despedida anticipada. La mañana fuera siguió con su ritmo propio. El carrito del panadero pasó por la calle con su campana.

Dos golpes cortos como siempre. La señora del puesto de enfrente discutía en voz baja sobre el precio de algo. La barbería olía aceite de afeitado y a brillantina, ese olor que don Aurelio ya no percibía porque llevaba demasiado tiempo respirándolo, pero que cualquier recién llegado notaba de inmediato al abrir la puerta.

Aurelio hijo escuchaba con los codos sobre las rodillas y los ojos en el piso de Baldosa. Don Aurelio no alcanzó a terminar la siguiente frase. El sonido de una motocicleta llenó la calle desde afuera. un rugido grave y parejo que hizo vibrar levemente el vidrio de la ventana. Era una máquina grande, se notaba por el tono del motor más profundo que las motos pequeñas del barrio.

Se escuchó apagarse justo frente a la barbería, luego pasos en la banqueta, no apresurados, el tipo de pasos de alguien que sabe exactamente a dónde va y no necesita apurarse para llegar. La puerta se abrió. Un hombre entró, tendría unos 35  años, quizás un poco más. Vestía camisa blanca sencilla, pantalón oscuro, sin sombrero.  Tenía el cabello un poco largo para los estándares de la época y el bigote bien definido.

Su expresión no era tristeza ni alegría. Era la cara de alguien que ha dormido poco durante varios días y no se queja porque lo ha escogido así. Una cara de trabajo reciente de hombre  que tiene cosas pendientes y sigue moviéndose igual. El hombre miró el interior con una ojeada rápida y tranquila.

Saludó con una inclinación de cabeza.  Cortés sin seril, fue directo al banco de madera junto a la puerta. Cogió el periódico de la mesita sin pedirlo,  con la naturalidad de quien ha esperado en sitios así muchas veces. Don Aurelio le indicó con un gesto que era el siguiente. El hombre asintió, cruzó las piernas y abrió el periódico nada más sin mirar alrededor, sin curiosidad innecesaria.

Don Aurelio se volvió hacia su hijo y continuó. le dijo que en el verano del 48, cuando él ya llevaba casi un año sin beber, su esposa le propuso algo. Le dijo que había una película nueva en el cine Tlalpan, que todo el barrio hablaba de ella, que quería que fueran juntos. Con Aurelio dijo que sí, no por la película, sino porque necesitaba estar cerca de ella sin que hubiera tensión de por medio.

El cine era el único lugar donde podían estar juntos en silencio, sin que ese silencio se llenara de todo lo pendiente. Así que fueron él con la camisa planchada que Soledad le había dejado sobre la cama, ella con su reboso de los domingos, sentados en la última fila porque eran los asientos más baratos. La película se llamaba Nosotros los pobres.

Don Aurelio hizo una pausa, le pasó el paño a la silla de trabajo con un movimiento lento, casi distraído. Dijo que él no era hombre de llorar en el cine, nunca lo había sido. Pero esa noche, en la oscuridad de esa sala, algo le pasó que no supo explicar. Entonces, el olor a palomitas y a ropa de domingo de otra gente y algo que se movió dentro de él sin pedir permiso.

Era  la historia de un carpintero del barrio, un hombre que no tenía nada, absolutamente nada, que cargaba su pobreza sin drama, como quien carga algo que sabe que no es su culpa, pero tampoco le toca protestar. Ese hombre de la pantalla, ese Pepe el toro, no pedía permiso para ser quien era.

No se disculpaba por su ropa, ni por su dirección, ni por el trabajo que hacía con las manos. Se paraba frente a los ricos con la misma postura que frente a los pobres. Esa igualdad, esa manera de tratar el mundo sin medir a las personas por lo que tenían era lo más extraño y lo más hermoso que don Aurelio había visto en mucho tiempo.

En el banco junto a la puerta, el hombre de la camisa blanca había dejado de leer el periódico. Tenía las páginas abiertas sobre las rodillas, pero sus ojos no miraban el texto. Miraban el piso de la barbería o quizás algo más allá del piso, un punto que no estaba en el local, sino dentro de su propia cabeza. La radio tocaba suavemente una canción de mariachi que nadie escuchaba con atención.

Encima del marco del espejo, el recorte de Pedro Infante con su traje de charro seguía mirando hacia la sala. Don Aurelio continuó. Le dijo a su hijo que no fue un momento dramático lo que le cambió esa noche. No hubo relámpago ni revelación. Fue una escena pequeña. El carpintero de la pantalla miraba a su hija, esa niña pequeña que lo llamaba papá, con una confianza sin condiciones.

La clase de confianza que los hijos tienen en los padres antes de aprender que los padres también se equivocan. Don Aurelio, sentado en la última fila con la mano de su esposa, que no estaba tomando la suya, pensó en el hijo que iba a nacer. Pensó en qué clase de mirada tendría ese hijo cuando lo viera él.

si sería la mirada de la niña de la pantalla, esa confianza absoluta o este si sería la otra, la que él mismo había tenido cuando era pequeño y veía llegar a su propio padre de la cantina con los ojos rojos y los pasos sin rumbo. No fue un momento dramático. Esa noche, cuando salieron del cine y caminaron por la calle sin hablar, don Aurelio le tomó la mano a su esposa.

Soledad no dijo nada, él tampoco. Pero los dos sabían lo que ese gesto quería decir y eligieron dejar que el silencio lo sostuviera en lugar de pesarle. Esa fue la última noche que don Aurelio bebió. Aurelio, hijo, había dejado de mirar el piso.  Tenía los ojos en su padre, pero en algún momento de los últimos minutos algo había cambiado en su mirada.

Ya no miraba solo a su padre. El muchacho miraba al hombre del banco con una intensidad quieta, sin aspavientos, con la cara de quien quiere estar completamente seguro antes de decir algo que no se puede desdecir. El hombre de la camisa blanca no había levantado la vista. Seguía con el periódico sobre las rodillas,  pero su mano derecha, que había descansado abierta sobre las páginas durante toda la mañana, se había cerrado lentamente sobre el papel arrugado, sin que él pareciera notarlo, como un reflejo que el cuerpo hace cuando la

mente está en otro lugar. Don Aurelio no vio nada de esto. Tenía el corazón ocupado en lo que todavía le faltaba decir. le contó que en los meses que siguieron a esa noche, cuando las ganas de beber se ponían más fuertes,  él ponía la radio y buscaba una canción, siempre la misma, amorcito corazón, no porque la letra fuera profunda ni la melodía complicada, sino  porque esa voz en particular le recordaba al hombre de la pantalla, al carpintero, que no tenía nada, pero que cargaba su dignidad como si fuera lo único que no

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