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 Pastor Evangélico Muere y Regresa: “CARLO ACUTIS me habló… y lo que dijo dejó a todos en shock”

 Cada viernes era noche familiar sagrada cuando Lucía cocinaba a Jacoo o bandeja paisa y todos cenábamos juntos sin interrupciones. Cada sábado preparaba mi sermón del domingo orando y estudiando durante horas en mi oficina. Cada domingo predicaba dos veces en el culto de las 9 de la mañana y en el de las 6 de la tarde.

 Mi especialidad como predicador era lo que llamábamos apologética evangélica. Defendía la fe protestante explicando por qué nos habíamos separado del catolicismo durante la reforma. Mis sermones más populares, los que más se compartían en YouTube y Facebook, eran aquellos en los que exponía lo que yo consideraba errores doctrinales católicos.

 la veneración de santos, la oración a María, la confesión con sacerdotes, sobre todo la doctrina de la transubstancia, la creencia católica de que el pan y el vino se convierten literalmente en el cuerpo y la sangre de Cristo durante la misa. Yo enseñaba que estas prácticas eran idolatría, que la salvación venía solamente por la fe personal en Jesucristo, no por sacramentos o rituales.

Que la Biblia era nuestra única autoridad, no la tradición de la Iglesia, que cada creyente tenía acceso directo a Dios sin necesidad de intermediarios como sacerdotes o santos. Creía esto sinceramente, con cada fibra de mi ser. No era un farsante buscando poder o dinero. Vivíamos modestamente. Nuestro salario pastoral era suficiente, pero no extravagante.

Yo genuinamente pensaba que estaba sirviendo a Dios al rescatar a las personas del error católico. Tenía una carpeta especial en mi computadora llena de imágenes que usaba en mis presentaciones de PowerPoint durante los sermones. imágenes de estatuas católicas, de personas arrodilladas ante María, de la consagrada en una custodia dorada y tenía varias imágenes de un joven italiano que había muerto hacía 19 años.

Carlo Acutis usaba sus fotos porque él representaba perfectamente lo que yo consideraba el problema del catolicismo moderno. Un adolescente que había dedicado su corta vida a promover la adoración eucarística, que había creado un sitio web catalogando supuestos milagros eucarísticos que había sido beatificado por la Iglesia Católica en el año 2020.

En mis sermones yo decía, “Miren lo que el catolicismo hace con sus jóvenes. Los convence de adorar un pedazo de pan en lugar de tener una relación viva y personal con Jesús. Este muchacho desperdició su talento tecnológico, promoviendo idolatría en lugar de predicar el verdadero evangelio.” Mis congregantes asentían vigorosamente.

Algunos gritaban amén y aleluya. Yo me sentía justificado, creyendo que defendía la verdad. Lucía había sido católica antes de conocerme. Nos habíamos conocido cuando yo tenía 23 años y ella 22. Ella asistía a misa cada domingo en la iglesia de Lourdes en Chapinero. Yo era un joven predicador lleno de celo evangelístico.

 La invité a uno de nuestros cultos. Ella vino por curiosidad. La música era más animada que en sus misas. La predicación era más emocional, más directa. Después de 6 meses asistiendo, ella hizo lo que llamábamos la oración del pecador y dejó el catolicismo. Sus padres se devastaron. Su abuela, una católica devota que tenía imágenes de santos por toda su casa, lloró durante días.

 Nos casamos un año después en nuestra iglesia evangélica. La familia de Lucía vino, pero la atención era palpable. Su abuela se negó a entrar al edificio. Se quedó afuera durante toda la ceremonia rezando el rosario. En ese momento yo pensaba que era terquedad religiosa. Ahora, después de lo que vi, entiendo que era fidelidad a una verdad que ella conocía y que yo había rechazado por ignorancia.

Los años pasaron rápidamente. Nuestros hijos nacieron. Santiago en el 2007. Camila en el 2010, Andrés en el 2013. Los criamos en la Iglesia Evangélica, asistían a la escuela dominical, participaban en grupos juveniles, memorizaban versículos bíblicos. Santiago ya estaba considerando estudiar teología para seguir mis pasos.

Yo estaba orgulloso. Creía que estaba construyendo un legado de fe verdadera. La iglesia también crecía. De 50 miembros pasamos a 200, luego a 500, finalmente a 2000. Compramos el edificio en la avenida Caracas por 350 millones de pesos. Un milagro financiero que atribuimos a la bendición de Dios. Instalamos un sistema de sonido profesional, pantallas de alta definición para las presentaciones, asientos cómodos.

 Nuestros cultos eran eventos multimedia con bandas en vivo, coros de 30 voces, luces de colores. La gente salía emocionada, llorando, levantando las manos, sintiendo la presencia de Dios. O eso pensábamos. El retiro pastoral estaba programado para la segunda semana de noviembre del año 2024. Éramos 30 líderes de iglesias evangélicas de toda Colombia, reunidos en un centro de retiros en las montañas cerca de Villa de Leiva.

 El lugar era hermoso, rodeado de picos verdes y valles profundos. Pasábamos el día en sesiones de oración, enseñanza bíblica y planificación ministerial. Por las noches teníamos momentos de adoración bajo las estrellas. El tercer día del retiro, un miércoles por la tarde, me tocaba predicar ante los otros pastores.

 Había preparado un mensaje sobre perseverancia en el ministerio. Subí a la plataforma improvisada en el salón principal del centro de retiros. Los 30 pastores estaban sentados en sillas plegables, sus biblias abiertas, listos para recibir la palabra. Comencé a predicar con la energía habitual. Caminaba de un lado a otro, gesticulaba con las manos.

 Elevaba la voz en los momentos clave. 15 minutos dentro del sermón, sentí una presión extraña en el pecho. La ignoré pensando que era indigestión del almuerzo. Seguí predicando. 5 minutos después, la presión se convirtió en dolor, un dolor agudo que se extendía por mi brazo izquierdo. Me detuve a mitad de una frase. El salón se inclinó.

 Los rostros de los pastores se borraron. Escuché a alguien gritar mi nombre. Sentí mis rodillas golpear el suelo de madera. El dolor en mi pecho era insoportable, como si alguien estuviera apretando mi corazón con un puño de hierro. Entonces, todo se volvió negro. No sé cuánto tiempo pasó. Después supe que los pastores habían llamado inmediatamente a emergencias.

 Una ambulancia llegó desde Villa de Leiva en 20 minutos. Los paramédicos trabajaron sobre mí allí mismo en el salón. Mi corazón había dejado de latir. Usaron el desfibrilador tres veces. Nada. Declararon mi muerte clínica a las 3:42 minutos de la tarde. Pero algo increíble sucedió. El pastor Hernández, uno de los líderes más ancianos del grupo, se negó a aceptar mi muerte.

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