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¿Esta Vivo Wilmer Geovanny Chavarría Alias Pipo? El Narco que Fingió su Muerte

En agosto de 2023, un candidato presidencial fue asesinado en Ecuador en el estacionamiento de un colegio electoral a plena luz del día, rodeado de su equipo de seguridad y de periodistas. Fernando Villavicencio había pasado años denunciando los vínculos entre el crimen organizado y el poder político ecuatoriano.

Recibió amenazas documentadas, solicitó protección del Estado, le asignaron escolta. Y a pesar de todo eso, cuando salió del miting de campaña en Quito el 9 de agosto de 2023, un grupo de sicarios colombianos lo esperaba. Los disparos duraron segundos. Villavicencio murió antes de llegar al hospital.

 10 días después, Ecuador celebró las elecciones presidenciales que su asesinato había ensombrecido. El crimen no fue obra de un loco ni de un acto aislado de violencia política. Fue planificado desde una celda en la cárcel de la Tacunga por Carlos Edwin Angulo Lara, alias el invisible, un líder de los lobos que coordinó desde el interior del sistema penitenciario ecuatoriano, un complot que utilizó sicarios contratados en Colombia y una logística que las autoridades tardaron meses en reconstruir completamente.

La banda que dio la orden no era una pandilla de barrio, era la organización criminal que en menos de 5 años había convertido a Ecuador en el país más peligroso de América Latina con una tasa de homicidios que pasó de seis por cada 100,000 habitantes en 2018 a 51 en 2025. El nombre que pusieron a esa organización fue Los Lobos y la historia de cómo los lobos llegaron a ser capaces de planificar el asesinato de un candidato presidencial desde una cárcel en la que supuestamente estaban privados de libertad. Es la historia de cómo

Ecuador pasó en menos de una década de ser considerada la isla de paz de América Latina a convertirse en el laboratorio más violento del crimen organizado transnacional del continente. Para entender la historia de los lobos, hay que entender primero la historia de los choneros, la organización criminal, que durante décadas dominó el crimen organizado ecuatoriano con una hegemonía tan completa que las otras organizaciones que existían en el país operaban bajo su paraguas o con su permiso.

Los choneros eran la organización que servía principalmente al cártel de Sinaloa en Ecuador, gestionando la logística de transporte de cocaína desde los países productores andinos hacia los mercados de consumo europeos y norteamericanos a través de los puertos ecuatorianos. Su líder, Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, era la figura que mantenía el equilibrio del ecosistema criminal ecuatoriano con la combinación de violencia y negociación que los líderes de las organizaciones dominantes aprenden a usar como herramientas de

gestión. Ese equilibrio se rompió en diciembre de 2020 cuando Zambrano fue asesinado dentro de la propia cárcel donde estaba recluido. La muerte de Rasquiña fue el detonante que transformó el crimen organizado ecuatoriano de manera irreversible. Sin el liderazgo que mantenía unida la estructura de los choneros, la organización se fragmentó en facciones que competían por la herencia territorial y logística que Zambrano había acumulado durante años.

De esa fragmentación emergieron los lobos, los tiguerones, los chong killers y otras organizaciones menores que formaron la alianza conocida como nueva generación, cada una reclamando su parte del territorio y del negocio que el colapso de los choneros había puesto en disputa. Los lobos surgieron en ese contexto como la facción más agresiva, más innovadora tácticamente y más dispuesta a usar la violencia extrema como herramienta de posicionamiento en el mercado criminal ecuatoriano.

Su líder fundador, Wilmer Chavarría, alias Pipo, era un hombre que había construido su carrera criminal en los barrios más marginales de Guayaquil, en zonas como Monte Sinaí y la Isla Trinitaria, donde la pobreza estructural y la ausencia del Estado hacían que las organizaciones criminales fueran la única estructura de poder real con la que la población joven tenía contacto cotidiano.

Pipo entendió desde temprano que el modelo criminal ecuatoriano que había existido hasta la muerte de Rasquiña era demasiado conservador para el nuevo contexto. Los choneros habían sido una organización que trabajaba con un solo cartel externo, que mantenía estructuras verticales y predecibles y que gestionaba sus territorios con un nivel de violencia calculado para ser suficientemente disuasorio, sin atraer la atención institucional que una violencia demasiado visible inevitablemente genera.

Los lobos adoptaron una estrategia diferente inspirada, ya según los analistas de seguridad que estudiaron su evolución en el modelo del cártel de Jalisco Nueva Generación, el CJNG mexicano. La estrategia consistía en usar la violencia extrema y visible no como último recurso, sino como primera línea de comunicación, en demostrar desde el principio que los lobos estaban dispuestos a llegar más lejos que cualquier otra organización en el ejercicio de la violencia.

 en hacer de esa disposición su ventaja competitiva en el mercado criminal. Los cuerpos decapitados colgados en puentes, las masacres carcelarias transmitidas en tiempo real, los mensajes enviados a través de los cadáveres de los rivales. Todo eso no era violencia desordenada, era comunicación estratégica dirigida a tres audiencias simultáneas, a las organizaciones rivales que debían entender que competir con los lobos tenía un coste diferente al de competir con cualquier otra banda.

a la población que debía entender que el territorio era de los lobos y que cualquier resistencia tendría consecuencias. Y al estado que debía entender que la respuesta convencional a la criminalidad no iba a ser suficiente frente a una organización que operaba con una escala y una sofisticación que el sistema de seguridad ecuatoriano no había enfrentado antes.

 La primera gran demostración de la capacidad de los lobos llegó con las masacres carcelarias de 2021. En febrero de ese año, la penitenciaría del litoral de Guayaquil fue escenario de uno de los episodios de violencia carcelaria más mortales de la historia de América Latina. 319 personas murieron en la matanza que los lobos y organizaciones aliadas ejecutaron como parte de la guerra por el control de los pabellones de la cárcel más grande del Ecuador.

 Las imágenes que salieron de la penitenciaría del litoral ese día circularon por todo el mundo. No eran imágenes de un motín carcelario convencional. Eran imágenes de una guerra, de cuerpos decapitados, de sangre en los pasillos, de una violencia de una magnitud que nadie que las vio pudo procesar de manera completamente racional.

 Y eso era exactamente el efecto que los lobos buscaban. Las masacres carcelarias de 2021 no fueron el único episodio de ese tipo. Fueron el inicio de una serie de motines y masacres que entre 2021 y 2023 se cobraron más de 450 vidas en las cárceles ecuatorianas y que funcionaron como el proceso de selección natural que convirtió a los lobos en la organización dominante del nuevo ecosistema criminal del país.

 Cada masacre eliminaba a rivales, consolidaba el control sobre los pabellones y enviaba el mismo mensaje que los lobos habían diseñado como su estrategia de comunicación. Somos los más violentos, somos los más organizados y estamos dispuestos a demostrarlo cuántas veces sea necesario. La capacidad de los lobos para operar de manera efectiva desde el interior de las cárceles no era accidental.

 era el resultado de una corrupción institucional tan profunda y tan extendida que los centros penitenciarios ecuatorianos habían dejado de funcionar como instalaciones de privación de libertad para convertirse en centros de mando, desde los que las organizaciones criminales gestionaban sus operaciones externas con una libertad que resultaba difícil de comprender para quien no conocía las condiciones concretas del sistema penitenciario ecuatoriano.

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