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Beatriz Gutiérrez Müller y El EPISODIO Que Muchos Intentaron BORRAR De La Historia…

 Una victoria que no tenía precedentes en las últimas décadas en términos de amplitud y contundencia. El país había elegido a un outsider, a un hombre que llevaba años prometiendo una transformación que sus seguidores describían como histórica y sus críticos como peligrosa. El margen fue tan amplio que incluso quienes no lo habían votado tuvieron que detenerse un momento a procesar lo que acababa de ocurrir.

Beatriz Gutiérrez Muer de la noche a la mañana pasó a ser la primera dama de México y lo primero que hizo fue decir que ella no iba a ser primera dama. La declaración llegó en los días siguientes a la elección. En una entrevista que circuló ampliamente dijo que ese cargo no existe en la Constitución mexicana, que ella tenía su propia carrera, sus propios proyectos y que pensaba seguir siendo escritora e investigadora, que no estaba dispuesta a convertirse en una figura decorativa con funciones de protocolo, que si iba a estar presente

en la vida pública sería con un rol propio y con contenido real. La declaración cayó como agua fría. El sistema político mexicano lleva décadas sabiendo exactamente qué hacer con las esposas de los presidentes. Hay una maquinaria diseñada para ese rol que opera con independencia de lo que diga la Constitución.

 Se les asigna una oficina, un equipo de comunicación, un programa social con nombre propio que les da visibilidad sin que tengan que tomar decisiones que impliquen responsabilidad real. son el rostro humano del gobierno sin el riesgo político que acompaña a quien toma decisiones. Es un papel bien aceitado, con décadas de historia, con protocolos establecidos y Beatriz dijo que nada de eso.

Beatriz Gutiérrez Müller – Wikipédia, a enciclopédia livre

 En su momento muchos lo interpretaron como una pose intelectual, una forma de decir que ella era diferente, más moderna, más consciente, pero los años siguientes demostraron que la declaración era genuina y que mantenerla tuvo un precio que no estaba en ningún cálculo inicial. Lo que vino después fue una relación tormentosa entre Beatriz y la opinión pública mexicana.

 Desde el primer mes fue blanco de críticas que si las miras con cierta distancia son reveladoras de los estándares que se aplican a las mujeres en ese espacio. Se le criticó la ropa, se le criticó el tono en Twitter, se le criticó que intervenía demasiado en asuntos públicos cuando lo hacía y también se le criticó que no intervenía suficiente cuando guardaba silencio.

 Era demasiado intelectual para algunos, demasiado informal para otros. Demasiado presente, demasiado ausente, demasiado independiente, demasiado dependiente. El umbral para recibir críticas cuando eres la esposa del presidente de México es tan bajo que resulta casi imposible no cruzarlo.

 Eso no es específico de Beatriz. le ha pasado a cada mujer que ha ocupado ese espacio. Pero Beatriz lo experimentó con una intensidad particular, porque su perfil no encajaba en ninguna de las categorías disponibles. Las primeras damas mexicanas anteriores habían sido, en general, figuras que mantenían un perfil discreto y funcional.

 Beatriz tenía opiniones, plataforma propia y la voluntad de usarlas. Eso generó fricción desde el principio, pero eso es la cáscara del asunto, lo que ocurrió adentro, lo que se desarrolló lentamente durante los primeros dos años del sexenio y que estalló en un punto muy específico. Es lo que vale la pena entender con detalle.

 Beatriz Gutiérrez Muer tiene un hijo con López Obrador. Jesús Ernesto, nacido en 2007, tenía 11 años cuando su padre ganó la presidencia y pasó a tener escolta permanente, agenda institucional y el apellido convertido en algo que ya no era solo un apellido. Eso es una historia entera por sí sola. Crecer siendo el hijo del presidente de México implica cosas que ningún manual explica y que solo se aprenden viviéndolas.

 Y Beatriz fue en ese proceso la persona más expuesta la que tuvo que gestionar la vida cotidiana de un niño dentro de una burbuja de poder y visibilidad, sin un guion claro sobre cómo hacerlo. Durante los primeros meses del sexenio, Beatriz intentó definir su propio espacio dentro de la estructura gubernamental. Hubo conversaciones sobre un papel vinculado a la cultura y la educación, áreas que tenían sentido con su perfil académico.

El resultado fue ambiguo. Se creó una figura institucional llamada Coordinación Nacional de Memoria Histórica y Cultural de México, con Beatriz al frente. Era un cargo real con presupuesto, con funciones, con equipo. Pero el presupuesto era limitado. Las funciones eran difusas y el peso institucional del cargo era infinitamente menor al que correspondería a alguien con su formación y trayectoria si hubiera llegado a ese puesto por la vía académica o técnica.

 Lo que sí tenía era visibilidad. Y visibilidad en el contexto político mexicano es un recurso que se administra con cuidado porque amplifica tanto los aciertos como los errores. Mientras tanto, la política cultural del gobierno de su marido empezaba a generar señales que eran difíciles de ignorar. Los presupuestos para cultura sufrieron recortes.

 El Fondo Nacional para la Cultura y las Artes enfrentó reducciones. Instituciones culturales que habían funcionado durante décadas entraron en zonas de incertidumbre. El discurso gubernamental sobre austeridad republicana, que sonaba coherente en términos de gasto en burocracia, se aplicó también en áreas donde el recorte tenía consecuencias directas sobre creadores, investigadores, archivistas.

sobre personas como ella. Beatriz nunca lo dijo con esas palabras, pero hay entrevistas de ese periodo donde el tono habla más que el contenido explícito. Hay pausas en los momentos equivocados. Hay respuestas demasiado cuidadas a preguntas que en otro contexto habrían merecido más franqueza. Y luego llegó 2020.

 El mundo entero sabe lo que llegó en 2020, pero México tuvo su propia versión particular de esa historia con características que la distinguían del resto del mundo y que generaron debates que todavía hoy no están del todo cerrados. El gobierno de López Obrador manejó la pandemia de una manera que fue controvertida desde el principio. El presidente siguió dando sus conferencias matutinas con asistencia masiva en los primeros meses.

 Se mostró en público, sin cubrebocas en repetidas ocasiones. Hubo declaraciones que minimizaban la gravedad de la situación. El subsecretario de salud, Hugo López Gatel, se convirtió en la cara técnica de la gestión y en el blanco de todas las críticas de quienes consideraban que la comunicación oficial estaba siendo irresponsable.

México tuvo una de las tasas de mortalidad más altas del mundo en ese periodo, aunque las cifras exactas generaron su propio debate porque el sistema de conteo oficial fue cuestionado por investigadores que estimaban un subregistro significativo. El número de muertes en exceso calculado por organismos independientes superaba con mucho las cifras oficiales.

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