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Lucille Ball: La Traicionaba Cada Noche… y Ella Sonreía ante 44 Millones

Fue la niña a la que devolvieron de una escuela de teatro con una nota para su madre. Una nota  que decía que era una pérdida de tiempo, que nunca sería nadie. Trabajó en 74 películas  que nadie recuerda. La llamaban la reina de las películas baratas. Y sin embargo, sin embargo, compró el estudio  que la había rechazado.

Puso su nombre en el contrato, firmó como presidenta y desde ese despacho aprobó Star Trek y Misión Imposible, dos de las series más influyentes de la historia de la televisión. Nadie le da crédito por eso, porque es más fácil recordar a la payasa que a  la ejecutiva, y a ella también le resultaba más fácil. La payasa no tenía que  demostrar nada. La ejecutiva sí.

¿Cómo se llega? Desde la niña atada con una correa de perro en el patio de su casa de su kira para que no molestara. Hasta la mujer más poderosa de Hollywood. Esa pregunta tiene  respuesta. Pero no empieza en Hollywood, empieza en una casa pequeña en el norte del estado de Nueva York  en el año 1915, cuando un hombre muere con 27 años y una niña de 3 años lo ve todo desde  una ventana sin entender lo que acaba de cambiar para siempre.

Celoron, estado de Nueva York, 1915. Un pueblo pequeño a orillas del lago Chautou. En verano llegan los turistas. Hay parque de atracciones, hay música en el muelle y familias que pasean con dinero suficiente para no preocuparse por el precio de las cosas. En invierno, Celoron es solo frío y silencio y casas que parecen iguales.

En una de esas casas vive Lucil Ball con 3 años. Su padre acaba de morir. Henry Durrel Ball. Tenía 27 años. Era linero de la compañía Bell Tepon. un hombre que se desplazaba de estado en estado siguiendo el trabajo que llevaba a su familia de Montana, a Nueva Jersey, a Michigan, sin que nadie pusiera reparos, porque así era la vida de los hombres que tendían cables en la América de Principios de Sirio.

Un hombre joven, fuerte, con planes. Lo que mató a Henry Ball fue la fiebre tifoidea. Primero la cuarentena, los médicos entrando y saliendo, la casa cerrada y luego el silencio que llega cuando ya no queda nada que hacer. Lucil recuerda ese día con una precisión que no es lógica para alguien de 3 años. Lo recordará así durante toda su vida, en entrevistas, en conversaciones privadas, siempre con los mismos detalles.

Un cuadro que cae de la pared, un pájaro que entra por la ventana y el sonido de su madre llorando en la habitación de al lado. Durante el resto de su vida, Lucil Ball no pudo estar en un hotel que tuviera cuadros de pájaros. Los hacía retirar antes de entrar. Sus asistentes sabían que era una instrucción sin negociación. Nadie preguntaba por qué.

El miedo irracional es siempre el único recuerdo que sobrevive limpio. Después de la muerte de Henry, su madre Dede volvió a Jamestown con Lutil y con el recién nacido Fred. No tenía dinero, no tenía trabajo fijo. Tenía dos hijos y los padres de su marido muerto y una vida que reconstruir desde el principio.

Los abuelos maternos asumieron la crianza. Dede salía a trabajar. La niña quedaba al cuidado de una familia que hacía lo que podía con lo que tenía. Celorón en esa época no era un lugar para soñar, era un lugar para sobrevivir. La pobreza de esa infancia no era la pobreza de no tener zapatos, era la otra pobreza, la de saber que cada gasto es un problema, la de escuchar conversaciones de adultos que hablan en voz baja sobre el dinero y entender, aunque nadie te lo explique, que la casa no tiene margen para errores. Lucil lo aprendió muy pronto.

Tan pronto que nunca tuvo que aprenderlo de nuevo. Lo llevó incorporado el resto de su vida. DD se volvió a casar con Edward Peterson. Buscó trabajo en Detroit y durante meses, a veces años, la crianza cotidiana de Lucil y Fred quedó en manos de los abuelos del lado Peterson. Eran personas religiosas, ordenadas, severas.

En esa casa no había espejos o casi ninguno. La vanidad era un pecado que no merecía tentación. Un día, Lucil pasó por delante del único espejo del pasillo y se detuvo un momento a mirarse. Solo un momento la sorprendieron. Le dijeron que era vanidosa, que sus rasgos no merecían tanto interés, que se mirara menos y pensara más en lo que debía.

Lucil tenía 8 años. Esa escena, ese momento exacto de vergüenza frente a su propio reflejo, apareció en sus memorias, en entrevistas, en conversaciones con sus hijos décadas después. Nunca lo soltó del todo. La mujer que América amaba por su cara, por su expresión, por la manera en que el público no podía dejar de mirarla.

Era la misma mujer que de niña aprendió que mirarse era un error. Hay cosas que se aprenden con 8 años y que no se desaprenden nunca, solo se aprende a vivir con ella. Hay también algo que ninguna biografía cuenta bien sobre esos años porque resulta demasiado pequeño para los libros. Hubo un periodo en que los abuelos desbordados no sabían qué hacer con la energía de una niña que no paraba, que salía corriendo, que molestaba a los vecinos, que se colaba en el parque de atracciones a ver los espectáculos desde fuera porque no había dinero para la entrada. Es la solución.

Fue una correa de perro. La ataban en el patio de la casa con una correa de perro para que no se escapara. Y Lucil, cuando alguien pasaba por la acera, suplicaba que la soltara. Eso no es un detalle menor, es el origen de todo. La niña a la que ataron aprendió que la única manera de que nadie volviera a atarla era volverse indispensable, que si el mundo necesitaba algo de ti, no podían prescindir de ti, no podían devolverte, no podían dejarte atada.

Pero lo peor no fue la correa, lo peor fue el disparo. Durante uno de los periodos en que DD estaba trabajando fuera, los niños del vecindario estaban practicando tiro con una carabina del 22 en los terrenos de los abuelos. Un vecino cruzó en el momento equivocado. El disparo lo alcanzó en la espalda. El niño quedó paralizado.

La demanda llegó poco después. El tribunal ordenó vender la casa, las pertenencias, todo lo que la familia había acumulado para pagar la indemnización. Lucil estaba en Nueva York cuando sucedió. Tenía 17 años y ya intentaba abrirse paso como corista. La tragedia ocurrió sin ella, pero la culpa llegó igual. Años después diría una frase que sus biógrafos repiten porque condensa todo.

Dijo que ese accidente arruinó la vida de su abuelo. No la de ella, no la de la familia, la de su abuelo. El hombre que había sido el último pilar, el último reemplazo del padre que murió, el último adulto que se sostenía en pie. Cuando la familia perdió la casa de Celorón, perdió también la última ilusión de esta habilidad.

El suelo que creían firme resultó ser provisional. Lucil Ball aprendió eso con 17 años y no lo olvidó nunca. Todo puede perderse de un día para otro por un accidente, por una fiebre, por un disparo que nadie quiso dar. El resultado de esa infancia no fue una mujer rota, fue algo más peligroso, una mujer que decidió que nunca más iba a depender de que las cosas siguieran en pie, que si algo se sostenía, se sostenía porque ella lo sostenía, que el único suelo que no se hunde es el que uno mismo construye.

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