Hubo una tarde de invierno, creo que era noviembre, que entré a llevarle una cosa al salón y lo encontré sentado frente a la ventana mirando la calle, sin música, sin libro, simplemente sentado, le dejé lo que le llevaba en la mesa y me fui a salir. Y él me dijo, sin volverse, Carmen, usted es feliz. Me paré en seco. No lo esperaba.
En meses de trabajo nunca me había preguntado nada personal. Le dije que sí, que tenía salud y a mis hijos y que con eso me alcanzaba. Se quedó un momento callado y luego dijo, “Qué suerte! Nada más. Qué suerte. Me fui al pasillo y me tuve que apoyar en la pared un momento, porque en esas dos palabras había algo que me llegó al pecho.
Un hombre que había tenido todo lo que el mundo considera que hace feliz a una persona. El dinero, la fama, el talento, el reconocimiento, diciéndole a su asistenta que tenía suerte por tener salud y a sus hijos. Y es que la cosa con Camilo y la felicidad era complicada, muy complicada, y tenía un nombre muy concreto, un nombre que en esa casa se pronunciaba con cuidado, con delicadeza, como se pronuncian las cosas que duelen mucho.
Si uno no va contiento, el nombre era Camilo Blanes, su hijo. Ahora bien, lo que voy a contarle sobre el hijo es algo que no he contado nunca y necesito que entienda primero cómo era esa relación desde dentro, porque desde fuera todo el mundo tenía una opinión y casi nadie tenía información. Desde fuera se veía lo que se quería ver, desde dentro era otra cosa.
Pero antes de eso, hay algo que pasó en esa casa que necesito contarle. Algo que ocurrió un día que vino visita. visita de la importante, de la que llega con chóer y con bolso de los caros. Y lo que pasó ese día me enseñó más sobre quién era Camilo VI. De verdad que 4 años de trabajo. Espere, déjeme ordenar esto que hay muchas cosas y quiero contárselas bien. Era una tarde de primavera.
Yo estaba en la cocina. Camilo estaba en el salón. Llegó una mujer. No voy a dar el nombre completo porque no me corresponde a mí, pero le digo que era alguien conocido del mismo mundo del mundo del espectáculo y la sociedad de esa gente que sale en las revistas del corazón con ropa de diseñazo y sonrisa estudiada.
Yo la vi llegar, la vi saludarle, la vi sentarse y desde la cocina, que en esa casa tenía una acústica particular, se escuchaba bastante bien lo que se hablaba en el salón si uno no hacía ruido. No escuché por curiosidad, escuché porque de repente subió el tono. Y uno no puede no escuchar cuando dos personas empiezan a hablar fuerte en la habitación de al lado.
Ella le estaba pidiendo algo, un favor, un favor que tenía que ver con dinero, con una cantidad de dinero que a mí me pareció enorme, aunque quizás para ellos no lo fuera tanto. Y él le estaba diciendo que no con calma, sin levantar la voz, pero diciéndole que no. Y ella entonces dijo algo que a mí me heló.

le dijo, “Camilo, después de todo lo que yo hice por ti, me vas a decir que no puedes hacer esto.” Silencio, un silencio largo. Y luego él dijo muy despacio, “Lo que tú hiciste por mí lo hiciste porque te convenía y los dos lo sabemos.” Ella se fue a los 10 minutos. Yo seguí en la cocina, quieta con las manos en el fregadero y el agua fría cayendo pensando en lo que acababa de escuchar, porque eso no era el Camilo VI que salía en las entrevistas, el amable, el agradecido, el que siempre tenía una sonrisa. Ese era el otro, el de las
cámaras, el de los periodistas. El que yo acababa de escuchar era el hombre, el que había aprendido a base de años y de golpes, que hay gente que se acerca con los brazos abiertos y la mano estirada al mismo tiempo. Esa tarde, cuando me fui a casa, pensé, este hombre sabe exactamente quién es cada uno.
Sabe y calla y aguanta y sonríe delante de las cámaras. Usted sabe lo que cansa eso. Sabe el peso que tiene sonreír delante de quien te acaba de fallar. Yo creo que sí lo sabe. Creo que usted que me está escuchando lo sabe muy bien. Los meses siguientes fueron tranquilos. Había una rutina. Había momentos buenos, momentos en que él estaba animado, con ganas, hablando de proyectos, de músicas nuevas, de cosas que quería hacer.
Y había otros momentos en que la casa pesaba, en que uno entraba y notaba algo en el aire, algo difícil de describir, como cuando va a llover. Y todavía no ha empezado, pero el cuerpo ya lo sabe. Esos días difíciles casi siempre tenían que ver con su hijo, con Camilo Blanes. La relación entre ellos era la cosa más complicada que yo he visto en mi vida.
Y mire que he visto cosas que con 73 años y una vida entera uno acumula mucho, pero eso era distinto. Eso era un amor que dolía, un amor que los dos sentían con mucha fuerza y que ninguno de los dos sabía muy bien cómo manejar. El chico tenía sus problemas. Eso lo sabía todo el mundo, aunque no todos lo decían en voz alta.
Y Camilo sufría con eso de una manera que a mí me partía el alma verla. Sufría en silencio. Claro, porque era un hombre de silencios. Pero uno aprende a leer los silencios cuando convive con alguien y yo leía los suyos como si fueran palabras. Hubo una noche ya tarde que me lo encontré sentado a la mesa de la cocina.
A mí me sorprendió verle allí porque yo ya debería haberme ido, pero había terminado tarde. Estaba con las manos cruzadas encima de la mesa y la vista en algún sitio que no era la cocina. Le pregunté si quería algo. Me dijo que no. Me quedé un momento y luego dije, “Está bien.” Y él me miró y me dijo, “Carmen, ¿usted tiene hijos?” Le dije que sí. Dos.
¿Y le han dado problemas? Le dije que los hijos siempre dan algún problema, que eso viene con el oficio. Se quedó callado y luego dijo algo que yo no esperaba. me dijo, “Lo peor no es que te den problemas, lo peor es no saber si el problema es él o si el problema eres tú que no supiste hacer las cosas bien.” Me quedé sin palabras porque eso no es lo que uno espera escuchar de un padre famoso, de un hombre con esa vida.
Uno espera otra cosa. Uno espera que la gente con dinero y con nombre no se haga ese tipo de preguntas. Pero él sí se las hacía todas las noches, me imagino. Y yo me fui a casa esa noche pensando que ese hombre cargaba con un peso que ninguna canción de las suyas había podido describir del todo.
Ahora bien, hay una cosa que pasó en esa casa que cambia todo lo que le he contado hasta ahora. Una cosa que ocurrió en los últimos meses cuando ya su salud había empezado a flaquear y cuando alrededor de él empezaron a aparecer personas que antes no estaban. Eso es lo que más me cuesta contar. Eso es lo que más tiempo me ha llevado decidir si contaba o no.
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Porque cuando un hombre empieza a estar enfermo, cuando empieza a depender de los demás, pasan cosas. Pasan cosas que no se ven desde fuera, pero que los que estamos dentro vemos con una claridad que asusta. Empezaron a llegar personas, gente que llevaba meses, algunos años sin aparecer, gente que de repente tenía mucho interés en estar cerca, mucho interés en saber cómo estaba, en ayudar, en hacerse indispensable.
Y Camilo, que era un hombre que sabía leer a la gente, que me había demostrado que sabía exactamente quién era cada uno. En esos últimos meses estaba más vulnerable, más cansado. Y la vulnerabilidad hace cosas raras con la lucidez de la gente. Yo lo veía y me callaba porque no era mi lugar. Pero hubo un día que no me callé.
Hubo un día que vi algo que no pude dejar pasar. Algo que pasó delante de mis ojos en esa casa, con papeles, con conversaciones en voz baja, con personas que entraban y salían con una prisa que no cuadraba con lo que decían que venían a hacer. Y le dije a él lo que había visto. Y él me miró durante un momento muy largo y me dijo, “Ya lo sé, Carmen, ya lo sé.
” Eso me dijo, “Ya lo sé.” y siguió sentado en su silla con las manos en los reposabrazos mirando al frente. Y yo entendí algo en ese momento que me costó tiempo procesar. Entendí que a veces la gente sabe perfectamente lo que le está pasando y no tiene fuerzas para parar, que el cansancio puede más que la lucidez, que hay momentos en que uno dice, “Ya lo sé” y con eso quiere decir ya no puedo hacer nada.
Eso fue lo que me dijo y fue la última conversación larga que tuvimos antes de que las cosas se pusieran muy feas, porque lo que pasó después, en esas últimas semanas, eso sí que no me lo esperaba y eso sí que le va a costar creerlo. Hay una conversación que escuché, una conversación que no iba dirigida a mí y que yo no tendría que haber escuchado, pero la escuché y lo que escuché en esa conversación es lo que me tiene a mí hoy aquí.
Contándole todo esto después de años de haberlo guardado, se lo voy a contar. Pero antes necesito que entienda quiénes eran las personas que estaban en esa habitación, porque sin eso lo que escuché no tiene todo el peso que tiene. Eran dos personas. de todo su peso. Una de ellas era alguien de su entorno más cercano, de los de toda la vida, de esos que llevan años diciéndote que te quieren y que están ahí para lo que necesites.
La otra era alguien más nuevo de los que habían aparecido en los últimos meses con esa prisa que yo ya le había descrito. Hablaban de dinero, de propiedades, de lo que había firmado y de lo que no había firmado todavía. Camilo estaba en la habitación de al lado, enfermo, descansando, y ellos hablaban de lo suyo como si él ya no estuviera, como si la habitación de al lado estuviera vacía.
Eso fue lo que escuché. Me quedé quieta en el pasillo con la bandeja en las manos, sin respirar casi, y pensé en todos esos años de canciones que había escuchado yo de pequeña, de joven, de recién casada. Pensé en la voz de ese hombre llenando cocinas y salones y coches de toda España. Pensé en la cantidad de gente que lo había querido desde lejos, con un cariño limpio y sin interés.

Y luego pensé en los dos que estaban al otro lado de esa puerta. Entré a llevarle la bandeja. Él me miró. Tenía los ojos cansados, pero lúcidos. Siempre lúcidos, hasta el final. Le dejé la bandeja, me volví para salir y entonces fue cuando me agarró la mano con fuerza, más fuerza de la que yo esperaba dado como estaba, y me dijo, “Cuida lo mío.” Tres palabras.
Yo le dije que sí. Le dije que sí con la cabeza porque la voz no me salía. Y él me soltó la mano y cerró los ojos. Durante años pensé que me estaba hablando de objetos, de cosas de la casa, de su música, quizás de su legado. Durante años me pregunté qué había querido decirme exactamente y si yo había estado a la altura de lo que me pedía.
Ahora lo sé. No me hablaba de cosas, me hablaba de su hijo, me hablaba de Camilo Blanes, que era lo único en el mundo que ese hombre tenía y que era suyo de verdad, sin contratos ni intereses, ni segundas intenciones. Su hijo era lo único que nadie le podía quitar y él lo sabía.
Y sabía también que había gente alrededor que en cuanto él faltara iba a mirar para otro lado. Cuida lo mío, cuida a mi hijo. Eso fue lo que me dijo. Y yo no pude hacer nada porque yo era Carmen, la asistenta, una mujer de 70 y tantos años sin nombre ni peso en ese mundo. A mí nadie me iba a escuchar, a mí nadie me iba a preguntar. Yo no existía en esa historia más que para llevar bandejas y limpiar y estar callada. Y me callé años hasta hoy.
Lo que pasó con Camilo Blanes después de que su padre murió, todo el mundo lo sabe porque salió en todos los periódicos. Las dificultades, los problemas, la soledad. un chico que perdió a su padre y que se quedó con un apellido enorme y con muy poca gente de verdad a su lado. Y yo pienso en las palabras de Camilo muchas veces, cuida lo mío.
Y pienso que nadie lo cuidó, que la gente que tendría que haberlo hecho estaba demasiado ocupada con otras cosas, con las propiedades, con los contratos, con todo lo que había que repartir y gestionar y reorganizar. El chico se quedó solo con su dolor y su padre lo vio venir. Por eso me lo dijo a mí, a la asistenta, porque a veces la única persona que te queda es la que no tiene nada que ganar queriéndote.
Eso es lo que aprendí en esa casa, que el dinero y la fama no protegen a nadie, que alrededor de los famosos hay siempre un círculo de gente que sonríe mucho y que en cuanto las cosas se ponen difíciles empieza a mirar hacia la puerta. que los poderosos, los de verdad, los que tienen nombre y dinero y abogados siempre salen adelante y que el que se queda solo es el que menos culpa tiene de todo.
Camilo Sexo lo sabía, por eso pasaba horas callado mirando por la ventana. Por eso me preguntó aquella tarde si yo era feliz y me dijo, “Qué suerte cuando le conté que tenía salud y a mis hijos, porque él tenía todo lo demás y le faltaba eso. La gente de verdad, la gente sin interés. Yo no sé si fui esa persona para él. Ojalá lo fuera, aunque fuera un poco.
Lo que sí sé es que él fue algo para mí, que esos 4 años me enseñaron cosas que no se aprenden en ningún otro sitio, que la soledad tiene muchas caras y que la peor es la que viene disfrazada de compañía, que hay personas que llenan el mundo de belleza con su talento y que se mueren sin que nadie les haya preguntado de verdad cómo están.
¿Cuántas veces habré escuchado yo sus canciones desde entonces con otros oídos? con los oídos de alguien que sabe lo que había detrás. Me alegra haberlo contado, me pesa haberlo guardado tanto tiempo, pero hay cosas que necesitan su momento. Y este era el mío. Si usted ha llegado hasta aquí escuchándome, le doy las gracias de corazón, porque estas historias necesitan testigos.
Necesitan gente que escuche y que entienda y que no mire para otro lado. Usted no miró para otro lado.