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🥀 Fui la enfermera de LOLA FLORES y la noche antes de morir me dijo algo que me persigue

Lola Flores era la faraona, era la fuerza, el duende, la España entera en una persona. Y eso que para el mundo era un regalo para ella en esa habitación de noche pesaba, pesaba de una manera que yo fui entendiendo poco a poco. En esa casa había mucha gente, mucha gente que entraba y salía, que traía cosas, que organizaba cosas, que hablaba de cosas.

Una casa con mucho movimiento, con mucho ruido de día y con un silencio muy particular de noche. Yo aprendí pronto que en esa casa había corrientes. Corrientes de afecto, sí, pero también de otra cosa, de interés, de posición, de quién estaba más cerca y quién menos, de quién tenía más peso en las decisiones y quién lo iba perdiendo.

corrientes yo las notaba, no me metía en ellas, que no era mi lugar, pero las notaba y había una persona en particular que yo miraba y que me generaba una sensación que no sabía muy bien cómo nombrar, una sensación de alerta, de que algo en esa persona no encajaba del todo con lo que mostraba. No voy a dar el nombre todavía, se lo daré.

Pero antes necesita entender el contexto, porque si le doy el nombre sin el contexto parece un cotilleo. Y esto no es un cotilleo. Esto es lo que yo vi con mis ojos en esa casa durante los meses que estuve allí. Hubo una noche de marzo. Lola estaba peor que otros días. Había tenido una tarde difícil con visitas que la habían cansado más de lo que debían.

Y cuando yo llegué al turno, encontré una evitación con un aire pesado. Ella estaba en la cama, quieta, con los ojos abiertos mirando el techo. Le pregunté cómo estaba, me dijo, cansada con suelo, muy cansada. Le tomé las constantes, le arreglé la almohada, le traje agua, las cosas de siempre. y me senté en la silla de al lado, que era donde me ponía yo cuando ella no quería hablar, pero tampoco quería estar sola.

Estuvimos un rato en silencio y entonces ella giró la cabeza y me miró y me preguntó algo que no esperaba. Me preguntó, “¿Usted ha visto alguna vez cómo alguien le quita a otra persona lo que es suyo sin que esa persona se dé cuenta?” Me quedé quieta. Le dije que sí, que en la vida uno ve cosas así. Asintió y se quedó callada otra vez.

Esa pregunta me estuvo rondando días porque cuando alguien hace una pregunta así, de esa manera, en ese momento, no está preguntando en abstracto. Está preguntando por algo concreto que está pasando o qué ha pasado. Y yo lo sabía. Y ella sabía que yo lo sabía, pero no dijo nada más esa noche. Lo que dijo vino después, semanas después, la noche de la que le hablaba al principio.

Pero antes de llegar ahí, necesito contarle algo que pasó una tarde. una tarde que yo no tendría que haber visto, pero que vi porque las casas grandes tienen pasillos largos y los pasillos largos a veces llevan a sitios donde uno llega sin hacer ruido. Estaba yo yendo a buscar algo a una habitación del fondo y al pasar por delante de una puerta entreabierta escuché voces.

Dos voces. Una era de alguien de la familia, la otra era de alguien de fuera, alguien que venía con frecuencia a esa casa con papeles y con carpetas. Hablaban de dinero, hablaban de cosas que yo no entendí todo porque no soy abogada ni entiendo de esas cosas, pero entendí suficiente. Entendí que había decisiones tomándose, decisiones sobre cosas que eran de Lola y que Lola no estaba en esa conversación.

Me paré en el pasillo. Escuché un momento más y escuché una frase que me heló. Una frase que la persona de fuera le dijo a la persona de la familia. Le dijo, “Mientras ella esté así, es el momento. Después será más complicado. Mientras ella esté así.” Así, enferma. Eso era lo que quería decir mientras esté enferma y no pueda defenderse bien.

Me fui al cuarto de baño, me eché agua fría en la cara y me quedé mirándome en el espejo pensando qué hacía yo con lo que acababa de escuchar. Pensé en decírselo a ella. Pensé en decírselo a alguien de confianza. Pensé en muchas cosas. Al final no dije nada porque tenía miedo, porque no era mi lugar, porque soy una mujer sola que necesitaba ese trabajo y que sabía que en ese mundo el que habla de más termina en la calle y con mala fama. Me callé y eso me pesa.

Me ha pesado 30 años y si pudiera volver atrás, no sé si haría lo mismo. Creo que no. Creo que haría algo distinto, pero uno toma las decisiones con lo que tiene en ese momento, con el miedo que tiene en ese momento, con la soledad que tiene en ese momento. Y yo en ese momento tenía mucho miedo. Lo que pasó esa noche de la que le hablaba al principio ocurrió unas semanas después de lo del pasillo.

Lola estaba en uno de sus peores momentos. Yo lo supe en cuanto entré. El ambiente en esa habitación era distinto. La respiración, la postura, la manera en que me miró cuando entré. Le tomé las constantes, le pregunté si quería algo, me dijo que no y luego me hizo un gesto para que me acercara. Me acerqué y fue entonces cuando me agarró la mano con esa fuerza que le digo y me dijo eso, que había una persona en esa casa que la estaba matando y que no era la enfermedad.

Yo me quedé sin respiración. Le pregunté bajito, ¿quién? Y ella me lo dijo. Me dijo un nombre. Un nombre que yo ya sospechaba, un nombre que encajaba con todo lo que había visto y escuchado en esos meses. Un nombre que no voy a decir aquí con letras porque hay cosas que tienen consecuencias y yo soy una mujer mayor que ya ha pasado suficiente.

Pero le digo que era alguien muy cercano, alguien en quien ella había confiado, alguien que llevaba años cerca de ella con una sonrisa que yo nunca me terminé de creer del todo. Y luego me dijo algo más. me dijo, “Cuide usted de que mis hijos sepan que los quise con toda mi alma, que todo lo que hice fue por ellos, que si me equivoqué en algo fue porque soy humana, no porque no los quisiera.

” Se le quebró la voz al final y yo me tuve que morder el labio para no llorar delante de ella porque los enfermeros no lloran delante de los pacientes, que eso es lo primero que a uno le enseñan. Pero hay momentos en que el cuerpo tira más que el entrenamiento. Le dije que sí, que me acordaría, que sus hijos lo sabían.

Me apretó la mano una vez más y cerró los ojos. Lola Flores murió el 16 de mayo de 1995. Yo estaba en esa navación espacio como se van las personas que han vivido mucho y que ya han dicho lo que tenían que decir. Yo me quedé un momento quieta con las manos en el regazo, mirando esa cara que había visto tantas noches en penumbra con la lamparita encendida, con el olor a flores en el aire.

Luego llamé a quien había que llamar. Hice lo que había que hacer y me fui a casa. No volví a esa casa. Nadie me llamó para darme las gracias. Nadie me preguntó nada. Para el mundo que rodeaba a Lola Flores, yo era la enfermera de los turnos de noche, una mujer que hacía su trabajo y se iba invisible. Y lo que yo llevaba dentro, lo que ella me había dicho, lo que yo había visto y escuchado en esos meses, eso se quedó conmigo sin que nadie lo pidiera, sin que nadie lo quisiera.

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