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💔 Fui MODISTA de ISABEL PREYSLER y el día que VARGAS LLOSA se fue vi algo en sus manos

Primero lo sabe todo el mundo y luego lo confirma el interesado. Yo me enteré por una clienta que me llamó con esa emoción mal disimulada que tiene la gente cuando trae malas noticias ajenas. me dijo que Vargas Josas se iba, que había otra mujer, que todo había terminado. Yo colgué el teléfono y me quedé un momento sentada en mi taller con las manos sobre la mesa, pensando en esa frase suya, en el filo, en las personas que solo se sienten vivas cuando algo puede romperse. Y pensé, lo sabía.

 De alguna manera lo sabía. Fui a su casa tres días después. tenía una entrega pendiente, un traje que habíamos estado trabajando juntas durante semanas para un acto que ya no sé si llegó a ponerse. Llamé, me abrió la asistenta y mientras esperaba en el salón noté que algo había cambiado en la casa. No sé explicarlo bien.

 Era el mismo sitio, los mismos muebles, las mismas flores, siempre perfectas. Pero había algo en el aire que era distinto, como cuando en una ibhabitación [música] ha habido una pelea y ya ha pasado, pero el silencio todavía recuerda. Entró ella y ahí fue. Las manos llevaba las manos cruzadas delante como siempre, pero no con esa calma que yo conocía.

 Las tenía apretadas, los nudillos blancos, un temblor pequeño, casi imperceptible, que si no la hubieras mirado durante 20 años, no habrías notado. Yo lo noté, me saludó, me preguntó por el traje, me dijo que lo dejara en el cuarto de vestir, que ya lo vería después. Todo con esa voz suya de siempre, controlada, correcta, pero las manos no mentían.

 Le pregunté si estaba bien. Me miró un segundo más de lo normal y me dijo, “Estoy perfectamente, amparo. Gracias.” Esa respuesta con esa pausa antes del Gracias. Fui al cuarto de vestir, colgué el traje y cuando volví al salón, ella estaba de pie junto a la ventana. De espaldas, mirando fuera. No se había movido. Me acerqué.

 Dudé, pero la conocía demasiado para irme sin más. le dije en voz baja, Isabel. Se puso tensa. Lo sentí desde donde estaba y luego, muy despacio, se giró y me miró con una cara que no le había visto en 20 años de conocerla. Una cara sin capa, sin construcción, la cara de una mujer de 70 años que acababa de perder algo que había decidido que era para siempre.

 Me dijo, “¿Sabe lo peor, Amparo?” Le dije que no. me dijo, “Lo peor no es que se haya ido, lo peor es que yo ya lo veía venir y me quedé igual.” Hizo una pausa. Una aprende a quedarse aunque sepa lo que viene. Y eso es lo que nadie entiende desde fuera. Me quedé callada porque tenía razón y no había nada que añadir y a veces lo único que puede darte otra persona es estar ahí sin moverse.

Pero lo que pasó después me dejó sin palabras porque esa tarde, mientras yo recogía mis cosas para irme, sonó el teléfono. Ella lo miró. Vi la pantalla desde donde estaba, no el nombre, pero sí su cara cuando lo vio. Y vi algo que no esperaba ver en absoluto. Vi alivio, un segundo, brevísimo, pero real.

Isabel Preysler (74), sobre su libro biográfico: "Pensé que ya era hora de que supiesen la verdad"

 Luego volvió a poner la cara de siempre, descolgó, habló con alguien con esa voz suya perfecta y cuando colgó me acompañó a la puerta como si los últimos 10 minutos no hubieran ocurrido. Ese alivio me dio vueltas durante semanas. ¿Tú qué habrías pensado en mi lugar? Porque yo tardé mucho tiempo en entenderlo. Primero pensé que era alivio de que la llamaran, de tener distracción, de no quedarse sola con ese silencio.

 Pero cuanto más lo pensaba, menos me convencía esa explicación. Había algo más, algo que ella me había dicho sin querer con esa frase de antes. Una aprende a quedarse aunque sepa lo que viene. Y de repente lo entendí de otra manera. Quizás el alivio no era por la llamada, quizás era porque por fin había pasado lo que llevaba tiempo esperando que pasara.

 Porque vivir en el filo tiene un agotamiento que solo conoce quién lo ha vivido. Y cuando la cosa se rompe, por muy doloroso que sea, al menos ya no tienes que seguir esperando que se rompa. Eso es un alivio muy amargo, pero es alivio. Y ella, que era una mujer que había pasado por más pérdidas de [música] las que nadie sabe, conocía ese alivio de sobra.

Lo que vino después lo fue confirmando poco a poco. Las semanas siguientes la vi varias veces. Siguió siendo la misma de siempre en la superficie, que eso nunca cambió. Impecable, puntual. exigente con cada detalle, pero había algo distinto en cómo me miraba cuando hablábamos, algo más directo, menos protegido, como si haberse roto un poco le hubiera quitado la necesidad de parecer entera todo el tiempo.

Una tarde me dijo algo que llevo guardado desde entonces. Estábamos trabajando en un conjunto nuevo y de repente, sin que yo hubiera dicho nada, me dijo, “Amparo, ¿cuántos años lleva usted casada?” Le dije que 42 con mi Paco. Me miró y me dijo, “¿Y nunca Trata ha tenido miedo de que se acabara?” Le dije que sí, que el miedo viene y va, que supongo que es parte de querer a alguien.

Ella asintió despacio y me dijo, “El problema es cuando el miedo se convierte en lo único que te queda, cuando ya no sabes si quieres a la persona o si solo tienes miedo de perderla.” lo dijo mirando la tela que tenía entre las manos. Y yo me quedé ahí con el metro colgado al cuello, pensando que esa mujer, que el mundo entero creía que lo sabía todo sobre el amor, acababa de contarme algo que muy pocas personas se atreven a decirse a sí mismas, que a veces el amor y el miedo se confunden tanto que ya no sabes cuál es cuál y que cuando uno se

va tarda tiempo en saber qué es lo que has perdido. De verdad, tardé mucho en contarle esto a alguien. Años, muchos años guardando esa tarde dentro. Como se guardan las cosas que una no sabe muy bien dónde colocar. No porque me hubiera pedido silencio. No hubo ningún pacto, ninguna petición, ninguna mirada de esas que dicen, “Esto queda entre nosotras.

” Simplemente había cosas que yo sentía que no eran mías para contarlas, que pertenecían a esa habitación, a esa ventana, a ese temblor en las manos que solo vi yo, porque solo yo estaba ahí. Pero han pasado los años y hay cosas que pesan demasiado para quedarse dentro para siempre. Seguí yendo a su casa durante un tiempo después de aquello.

 La vida siguió como sigue siempre, aunque una no entienda muy bien cómo. Ella volvió a ser la de siempre en la superficie, perfecta, controlada, con esa capacidad suya de presentarse al mundo sin una grieta visible que a mí siempre me había parecido admirable y un poco triste a la vez. Pero yo ya la miraba diferente. Porque cuando ves a alguien en un momento así, en ese segundo en que la armadura cede y aparece la persona de verdad debajo, ya no puedes desverlo, ya no puedes mirar la superficie y conformarte con ella.

sabes que hay algo más y ese algo más te lo llevas contigo aunque la otra persona haya vuelto a cubrirlo. Con ella pasó eso, siguió siendo impecable, siguió siendo exigente con cada costura, con cada dobladillo, con cada detalle. Pero de vez en cuando, en medio de una prueba larga, me miraba de una manera diferente, más directa, sin la capa.

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