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Un Preso de CECOT le Dio un Dibujo a Bukele – Era el Rostro de Su Madre Que Nunca Conoció 🇸🇻

 Cara marcada por cicatrices. Tatuajes que le cubrían el cuello, las manos, los brazos, los dientes delanteros. rotos, la cabeza rapada. Era un pandillero de los viejos, de los que habían crecido en las calles cuando las maras todavía estaban formándose,  de los que habían matado, robado, destruido vidas enteras. Y sin embargo, la forma en que sostenía ese papel era la forma en que se sostiene algo sagrado.

 Bukele tomó el papel, lo desdobló y lo que vio lo dejó sin aire. Era un dibujo, un retrato hecho a lápiz con una habilidad extraordinaria. El rostro de una mujer joven, cabello oscuro y liso, ojos almendrados con un brillo que el artista había logrado capturar, incluso con un simple lápiz de grafito.

 Una sonrisa suave, tímida, como de alguien que no está acostumbrada a que la miren, un lunar pequeño debajo del ojo izquierdo. Bukele miró el dibujo durante 10 segundos. Después levantó la cabeza. Su cara había cambiado. Los guardaespaldas que habían visto al presidente en reuniones con líderes mundiales, en crisis nacionales, en momentos de máxima presión, nunca lo habían visto así.

 Parecía que alguien le hubiera quitado el suelo de debajo de los pies.  ¿Quién es esta mujer?, preguntó Bukele con una voz que no parecía la suya. El preso lo miró directamente a los ojos. Se llama Norma. Norma Bukele. Es su mamá, señor presidente. Yo la conocí cuando era joven. Fui su vecino en el barrio San Jacinto y ese dibujo lo hice de memoria porque hay caras que uno no olvida, aunque pasen 40 años.

 El silencio que siguió fue tan pesado que se podía sentir en el pecho. Bukele miraba el dibujo. El preso lo miraba a él. Los guardaespaldas no se movían. Hasta  los otros presos del bloque D, que normalmente murmuraban o se movían en sus celdas, estaban completamente quietos, como si supieran que algo importante estaba pasando.

 Bukele no tenía recuerdos de su madre. Norma había muerto cuando él tenía 3 años.  Un accidente de tránsito en una carretera entre San Salvador y Santa Ana. El carro en el que viajaba fue envestido por un camión que se pasó un alto. Norma murió en el acto. Bukele no guardaba ningún recuerdo de ella, ninguna imagen, ningún olor, ninguna sensación.

 Solo sabía lo que su padre y sus familiares le habían contado, que era una mujer buena, que sonreía mucho, que tenía un lunar debajo del ojo izquierdo. Ese lunar, el mismo lunar que el preso había dibujado con una precisión que helaba la sangre. Bukele tenía fotos de su madre, pocas, porque en los años 70 la gente pobre de El Salvador no tenía cámaras.

 Tenía tres fotos en total, una del día de su boda con su padre, una con buquele de bebé en brazos y una de su graduación de bachillerato. Las tres estaban guardadas en una caja fuerte en casa presidencial. Las miraba a veces en fechas especiales, en momentos de debilidad, en esas noches donde la soledad del poder se vuelve insoportable.

 Pero las fotos eran borrosas, descoloridas, tomadas con cámaras baratas de los años 70. No tenían la nitidez que este dibujo tenía. Este dibujo era diferente. Este dibujo estaba hecho por alguien que había visto a Norma con sus propios ojos, que había memorizado su cara no desde una foto, sino desde la vida real, que recordaba los detalles que ninguna cámara barata podía capturar, la forma exacta de su sonrisa, la inclinación de su cabeza, la luz en sus ojos.

 “¿Cómo te llamás?”, le preguntó Bukele al preso. “Raúl.” Raúl Contreras. ¿Y cómo conocías a mi madre? Vivíamos en el barrio San Jacinto. Su familia en la casa de la esquina, la mía tres casas más abajo. Yo tenía 8 años cuando ella tenía 16. La veía pasar todos los días camino a la escuela. ¿Y la recuerdas después de tanto tiempo? Señor presidente, hay personas que uno no olvida.

 Su mamá era una de esas personas. Todo el barrio la quería. era la que siempre ayudaba. Si alguien estaba enfermo, ella llevaba sopa. Si un niño se caía en la calle, ella era la primera que corría a levantarlo. Mi mamá decía que Norma tenía el corazón más grande del barrio. Raúl se detuvo un momento. Su voz cambió. Se volvió más suave, como si hablar de Norma lo devolviera a una versión de sí mismo que creía muerta.

 Un día yo me caí de un árbol. Continuó. Tenía 8 años. Me raspé las rodillas y me abrí la frente. Sangraba mucho. Los otros niños se asustaron y se fueron corriendo, pero su mamá estaba pasando por ahí. En ese momento, corrió hacia mí, me levantó del suelo, me limpió la sangre con su pañuelo  y me llevó cargado hasta mi casa.

 Mientras caminaba, me decía que no llorara, que los hombres valientes lloran por dentro, que ella iba a curarme y que todo iba a estar bien. Hizo una pausa larga. Fue la primera vez que alguien me trató con ternura.  En mi casa, mi papá me pegaba. Mi mamá estaba demasiado cansada para prestarme atención. Mis hermanos mayores me usaban de mandadero, pero Norma, una muchacha que ni siquiera era mi familia, me cargó cuando estaba sangrando y me dijo que todo iba a estar bien.

 Eso no se olvida nunca, aunque  pase toda una vida. Bukele escuchaba sin moverse. Cada palabra de Raúl era un pedazo de su madre que nunca había tenido. Un fragmento de una mujer que existió antes de que él pudiera recordarla. Su mamá olía a pan dulce”, dijo Raúl, porque su familia tenía un horno en el patio. Y cuando pasaba por mi casa, yo sabía que era ella antes de verla, solo por el olor, pan dulce y jabón de cuche.

 Esa combinación era norma. Bukele cerró los ojos un segundo. Pan dulce y jabón de cuche. Ahora tenía algo que nunca había tenido, un recuerdo sensorial de su madre, no propio, prestado, pero real, más real que cualquier foto borrosa de los años 70. ¿Y qué pasó después? ¿Cuándo dejaste de verla? Raúl bajó la mirada. Su familia se mudó cuando yo tenía 10.

  Se fueron a otra colonia. Después me enteré de que ella se casó y tuvo un hijo. Y después me enteré del accidente. Mi mamá lloró ese día. Dijo que se había muerto un ángel. Yo tenía 12 años y fue la primera vez que vi llorar a mi mamá por alguien que no era de la familia. Eso me dijo todo sobre quién era Norma.

Bukele apretó el dibujo con cuidado. No quería arrugarlo. ¿Y por qué me lo das ahora? ¿Por qué aquí? Raúl bajó la mirada. Porque llevo 6 años en esta celda y en 6 años he tenido mucho tiempo para pensar en las personas que lastimé y en las personas que perdí. Su mamá fue la primera persona buena que recuerdo de mi infancia antes de que todo se pudriera, antes de las pandillas, antes de la droga, antes de la sangre, antes de todo eso, había un barrio donde una muchacha de 16 años le sonreía a un cipote de 8 años. cuando pasaba por su casa hizo una

pausa y usted, señor presidente, nunca la conoció. Nació y ella se fue antes de que pudiera recordarla. Eso me parece la injusticia más grande del mundo, más grande que cualquier condena que yo esté pagando. Así que hace tr meses le pedí a un guardia un lápiz y una hoja y la dibujé.

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