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PIPINO CUEVAS : CONFESÓ QUE SU PROPIO ENTRENADOR LE DESTROZO LA VIDA

11 defensas exitosas, 10 por knockout, $,000 ganados en bolsas profesionales, cinturón del Consejo Mundial de Boxeo. Y ese mismo hombre, tirado en la calle, destrozado, borracho, sin dinero, sin poder hablar ni levantarse. Hoy vas a saber la asquerosa verdad de por qué acabó así el hombre que todos temían arriba del cuadrilátero, aún más oscuro.

El secreto que el entrenador Lupe Sánchez se llevó a la tumba sin contarle a nadie. Y lo más asqueroso de toda la historia del boxeo mexicano, lo que pasó en el camerino del Joe Leis Arena de Detroit tres horas antes de la pelea contra Tommy Herns, que destruyó al campeón mundial antes de salir al ring. Pero antes, antes del primer disparo del referí en San Juan, Puerto Rico, el 17 de julio del 1976, antes de la pelea contra Ángel Espada por el cinturón mundial Welter, antes del knockout con la izquierda devastadora que cambió la historia del

boxeo mexicano. Hay que retroceder 17 años a una vecindad de Tlatelolco en el corazón de la ciudad de México, donde un niño de 4 años aprendía a cerrar los puños antes de aprender a leer. Era el 27 de diciembre del 1957, una vivienda modesta en una vecindad de la colonia Atlatelolco en el centro de la ciudad de México.

A las 4:10 de la madrugada nació un niño de piel canela, ojos oscuros y manos extrañamente grandes para su tamaño. La madre, Concepción, bueno, tenía 31 años aquella madrugada. El padre Isabel Cuevas trabajaba en una zapatería del centro de la ciudad y al niño le pusieron por nombre José Isabel Cuevas Bueno. El niño era el menor de cinco hermanos.

El mayor, Rolando Cuevas, tenía 11 años el día que nació el bebé. Rolando ya boxeaba en el gimnasio de la cuadra a sus 11 años. Era el primer cuevas que se metía a un cuadrilátero y en los siguientes 6 años se iba a convertir en el espejo en el que el menor de la familia se iba a mirar para decidir su propio destino. Concepción.

Bueno, trabajaba en una tortillería de la calle Argentina. Isabel Cuevas en la zapatería de la calle Dr. Mora. Ambos llegaban a la vivienda de Tlatelolco a las 9 de la noche todos los días con los cuerpos cansados de 12 horas seguidas de trabajo y los cinco hijos crecían entre ellos en una sola habitación de 5 por 4 m con un baño compartido al fondo del pasillo.

El niño José Isabel iba a aprender desde muy pequeño una verdad que iba a marcar su vida adulta. La verdad era que el dinero en aquella casa nunca alcanzaba y la única manera de que algún día alcanzara, según veía el niño con sus ojos de 4 años, era hacer lo que hacía su hermano mayor rolando los sábados por la noche, subirse a un cuadrilátero, pegarle a otro muchacho y volver a la vecindad con un sobrelleno de billetes.

A los 5 años, José Isabel ya pasaba todas las tardes en el gimnasio de la cuadra. mirando entrenara a Rolando. A los seis ya hacía sombra delante del espejo del gimnasio. A los siete ya pegaba el saco de arena con las manos sin protección durante horas seguidas. A los 8, su hermano mayor le puso por primera vez un par de guantes profesionales en las manos, le ajustó las correas, le subió encima del pequeño cuadrilátero del gimnasio y le dijo una sola frase parado en la esquina que iba a quedar grabada en la memoria del muchacho durante los siguientes 60

años. Rolando le dijo, “Si pegas como pegas con el saco, vas a ser campeón del mundo antes que yo.” Esa frase pronunciada en el gimnasio de Tlatelolco en el año 1965 por un hermano mayor que apenas tenía 19 años de edad, no era una predicción cualquiera, era una sentencia. Porque Rolando Cuevas, conocido en el mundo del boxeo amater mexicano como el Pony Cuevas, iba a quedarse en la categoría amater durante toda su vida deportiva y el niño de 8 años que tenía enfrente, según iba a comprobarse 11 años después,

iba a romper récords que ningún boxeador puertorriqueño, mexicano, estadounidense o europeo había roto en la historia del peso welter del boxeo mundial entre los ocho y los 14 años. José Isabel Cuevas Bueno hizo más de 100 combates amateur en gimnasios de Etlatelolco, Istacalco y La Doctores.

Ganó 97 de esos 100 combates, 73 por knockout. A los 12 años ganó el campeonato Amateu regional del Distrito Federal en la categoría de los 50 kg. A los 13 ganó el Nacional Juvenil. A los 14 ya pesaba 64 kg y no tenía rivales amateurs en el peso welter ligero de su categoría. Fue en ese punto, durante el verano del 1971, cuando un entrenador profesional de boxeo de la calle, Dr.

Mora, apareció en el gimnasio de Tlatelolco para hablar con la madre del muchacho. El entrenador se llamaba Guadalupe Lupe Sánchez García. Tenía 47 años aquel verano. Llevaba 20 años entrenando boxeadores profesionales mexicanos de los pesos welter y mediano. Había sacado a tres campeones nacionales. Conocía perfectamente el negocio del boxeo profesional en el Distrito Federal en Tijuana y en Las Vegas, y había visto al niño José Isabel Cuevas pegar el saco de arena del gimnasio de Tlatelolco.

Una tarde por casualidad, mientras visitaba a un colega, Lupe Sánchez fue directamente a la casa de la familia Cuevas Bueno. Se sentó frente a Concepción Bueno y le ofreció un acuerdo profesional. El acuerdo era el siguiente. Lupe Sánchez se haría cargo de toda la carrera profesional del menor de los Cuevas. le pagaría el equipo de entrenamiento, le buscaría los contratos, le manejaría las bolsas y a cambio se quedaría con el 40% de todo lo que el muchacho ganara durante los siguientes 10 años.

Concepción. Bueno, firmó el acuerdo. El padre Isabel Cuevas firmó debajo y el muchacho José Isabel, con 14 años recién cumplidos y sin entender del todo lo que estaba pasando, firmó al final del documento con una letra todavía infantil. A los pocos meses, el muchacho hizo su debut profesional. Era el 5 de diciembre del 1971, auditorio municipal de Tlatelolco, contra un boxeador mexicano de 22 años llamado Ricardo Cortés.

La pelea duró un asalto y 17 segundos. José Isabel Cuevas Bueno, ganó por knockout en el primer round. Esa noche cobró su primera bolsa profesional, $50. Lupe Sánchez se quedó con 20. El muchacho llegó a la casa de la vecindad de Tlatelolco con $30 en el bolsillo. Se los entregó a su madre Concepción. Y según contó él mismo décadas después en distintas entrevistas, Concepción, Bueno lo abrazó esa noche en la cocina de la vivienda, le acarició la cabeza y le dijo una sola frase que el muchacho iba a recordar durante los siguientes 50

años. le dijo, “Que no se te suba a la cabeza, mijo. El dinero no es bueno cuando llega muy rápido.” Esa frase de Concepción, bueno, pronunciada en la cocina de una vecindad de Tlatelolco en diciembre del 1971, contenía toda la sabiduría que el muchacho iba a olvidar durante los siguientes 10 años.

una sabiduría que su madre había aprendido a base de pobreza, de turnos dobles en la tortillería, de hijos que no tuvieron juguetes nuevos, de navidades sin árbol y que el muchacho, que tenía 14 años recién cumplidos, con $50 en la bolsa y un puño izquierdo que pegaba como martillo, iba a tirar a la basura antes de cumplir los 19.

Entre el 5 de diciembre del 1971 y el 17 de julio del 1976 pasaron exactamente 4 años, 7 meses y 12 días. En ese periodo, José Isabel Cuevas Bueno hizo 22 peleas profesionales, ganó 21, perdió una sola en San Antonio, Texas, en el segundo combate fuera de México, por decisión dividida muy discutida contra un boxeador local llamado Andy Price.

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