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Nino Bravo vio a un anciano vendiendo galletas en su concierto; lo que hizo esa noche fue conmovedor.

dijo que la fama era como un abrigo muy bonito que a veces apretaba demasiado, que lo que de verdad le importaba no estaba bajo los focos, estaba en los ojos de la gente corriente,  en la gente que trabajaba duro y que a veces no tenía ni eso. El periodista que lo entrevistó contó después que cuando Nino dijo aquello, no lo dijo mirando a la cámara, lo dijo mirando hacia la ventana, como si estuviera hablando de algo que había visto esa misma mañana en la calle y que todavía le pesaba por dentro.

Y esa forma de ver el mundo, esa sensibilidad que nunca logró apagar a pesar del éxito, es exactamente lo que explica lo que ocurrió aquella noche. Pero antes de llegar a esa noche, ¿hay algo que necesitas saber? Algo que ocurrió meses antes del concierto y que sin saberlo lo preparó para ese momento. Era el invierno de 1971.

Nino Bravo estaba en el mejor momento de su carrera. Acababa de grabar lo que muchos considerarían su disco más importante. Su agenda no tenía un solo hueco libre. Llevaba semanas moviéndose de ciudad en ciudad sin apenas parar. Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, el autobús, el hotel, el camerino,  el escenario y vuelta a empezar.

Era la vida que había soñado de niño en las calles de Burjasot. Y era también en algunos momentos una vida que le pesaba de una manera que no sabía muy bien cómo explicar. sin que sonara ingratitud, porque él sabía perfectamente lo afortunado que era. Lo sabía con una claridad que pocos en su posición tenían y precisamente por eso quizás le costaba más mirar hacia otro lado cuando veía algo que no encajaba con tanta fortuna repartida de forma tan desigual.

Una tarde, después de un ensayo en Madrid, salió a caminar solo por el centro de la ciudad. Era última hora de la tarde. El frío apretaba. Las calles empezaban a vaciarse. La gente caminaba deprisa, con el cuello hundido en los abrigos y los ojos fijos en el suelo. Esa manera de andar que tiene la gente en invierno cuando el frío les da permiso para no mirar a nadie.

Madrid en invierno tenía esa dureza particular de las ciudades grandes cuando baja la temperatura. Nino llevaba un abrigo largo de lana caro, del tipo de prenda que un hombre de Burjasot nunca hubiera imaginado que llevaría encima. Esa noche volvió al hotel sin él. Los escaparates encendidos, el humo de los bares saliendo por las puertas entornadas, el ruido de los autobuses y los trambías mezclado con el silencio extraño que deja el frío entre edificio y edificio.

Nino caminaba sin rumbo fijo, con las manos en los bolsillos, mirando, como siempre miraba cuando estaba solo en una ciudad. Y entonces lo vio en el portal de un edificio, un hombre mayor tumbado sobre cartones con un abrigo tan fino que casi no era abrigo.  Nino Bravo se paró, se quedó mirando y los que pasaban a su lado no miraban.

Seguían andando con prisa, con el cuello hundido en el abrigo, como si aquel hombre no existiera. Había algo en ese hombre que Nino podía apartar de la mirada. No era solo el frío, no era solo la pobreza visible en cada detalle de su ropa y de sus zapatos rotos, era otra cosa. Era la manera en que aquel hombre estaba tumbado con una quietud que no era la quietud del descanso, sino la de alguien que ha dejado de esperar que algo cambie.

La quietud de quien lleva tanto tiempo siendo invisible que ya ni siquiera levanta la vista cuando pasa la gente.  Nino llevaba puesto un abrigo largo de lana oscuro, uno de esos abrigos que su representante le había encargado para las apariciones públicas. Caro, del tipo de prenda que un hombre de Burjasot nunca hubiera imaginado que llevaría encima.

Se lo quitó despacio, sin mirar alrededor para ver si alguien lo reconocía. sin decir nada, se agachó junto al hombre del portal, le puso el abrigo encima con cuidado, como si no quisiera despertarlo, y se levantó y siguió caminando. No se lo contó a nadie esa noche. No llamó a su representante para decirle que había perdido el abrigo.

No buscó un periódico que lo fotografiara. llegó al hotel con el traje de ensayo y el frío pegado a la piel, y cuando uno de sus músicos ne preguntó dónde estaba su abrigo, Nino lo miró un momento y dijo solamente, “Se lo dejé a alguien que lo necesitaba más.” Y no dijo nada más. Sin dramatismo, sin esperar que nadie le dijera que había hecho algo extraordinario, porque para él no era extraordinario, era simplemente lo que tocaba hacer.

Al día siguiente, su representante llamó Furioso. El abrigo había costado una cantidad que Nino no quiso escuchar. Le dijo que tenía que tener más cuidado con su imagen, que era una figura pública, que la gente lo miraba, que esas cosas no se hacían así sin pensar. Nino lo escuchó hasta el final y cuando su representante terminó, le dijo con la misma calma de siempre que encargaría otro abrigo si hacía falta, pero que lo que había hecho la noche anterior no tenía ningún precio que le pareciera demasiado alto y colgó el teléfono. Ese músico que lo

acompañaba aquella tarde contó esta historia muchos años después. dijo que lo que más le impresionó no fue el gesto en sí, fue la naturalidad con la que Nino lo hizo. Sin pausa, sin dudar, como si en su cabeza no hubiera ninguna otra opción posible. Y dijo algo más. dijo que a partir de aquella tarde entendió por qué Nino Bravo tenía esa forma de cantar, esa manera de poner la voz en los sitios exactos donde duele, porque no estaba interpretando las canciones,  las estaba viviendo.

Cada una de ellas las había vivido antes de cantarlas. Las había caminado por las calles de Madrid en invierno con el frío en la piel y los ojos abiertos. Y eso  dijo, es algo que no se puede fingir. O lo tienes dentro o no lo tienes. Y Nino Bravo lo tenía de una manera que a él todavía le costaba explicar con palabras.

Pero eso ocurrió meses antes de la noche que te traje a contar. Y lo que pasó aquella noche en el teatro fue algo distinto, algo más grande, porque aquella noche Nino Bravo no estaba solo en una calle vacía, estaba delante de miles de personas con todos los focos encendidos y aún así fue capaz de ver lo que nadie más veía.

Era una noche de primavera de 1972. El teatro estaba en el centro de la ciudad. De esas ciudades españolas donde todo el mundo se conoce y donde una noche de concierto era todavía un acontecimiento, no como hoy, donde los espectáculos se suceden unos a otros sin que nadie recuerde el del martes cuando llega el del viernes.

En aquella España de principios de los 70, ir a ver a Nino Bravo era algo que se preparaba, algo que se esperaba durante semanas, algo de lo que se hablaba en el trabajo y en el mercado y en la peluquería. Una noche especial en una época donde las noches especiales no abundaban. La gente había llegado temprano, las mujeres con sus mejores vestidos, los hombres con traje.

Había familias enteras, parejas que llevaban semanas esperando aquella noche. Había también gente mayor que había venido sola con su programa doblado en el bolsillo y esa dignidad particular de quien sabe apreciar las cosas buenas cuando las tiene delante. El teatro olía a perfume y a madera vieja y a esa expectación colectiva que  solo existe cuando muchas personas quieren lo mismo al mismo tiempo en el mismo  lugar.

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