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Frank Sinatra dijo que Nino Bravo lo dejaría sin trabajo | ¿Qué pasó cuando se conocieron?

Luis Manuel Ferryopis nació el 3 de agosto de 1944 en Ayelo de Malferit, un pueblo de la provincia de Valencia tan pequeño que cabía entero en la plaza del mercado. Su padre se llamaba Luis Manuel también. Su madre Consuelo vivieron en Carcagente durante su infancia  y después se mudaron a Valencia, al barrio de Sagunto, a una calle estrecha donde los vecinos se conocían todos  y los niños jugaban en la calle hasta que el sol desaparecía tras los tejados de Teja Roja.

Estudió hasta cuarto de bachillerato. Luego abandonó los libros porque sentía que los libros no eran lo suyo. Su padre tenía un trabajo. Su madre cocía. El dinero llegaba justo, pero ese niño tenía algo dentro que no cabía entre las paredes de un piso valenciano. Desde los 14 años, cuando abrió la boca y cantó, Libero de Doménico Modugno.

Nadie en su barrio volvió a mirarlo igual. Y el problema o el don según se mire es que tampoco él volvió a mirarse igual a sí mismo. La voz de Nino era normal, era física. Era una fuerza que entraba por el pecho del que la escuchaba y apretaba algo allí dentro. Sus amigos lo miraban con los ojos abiertos.

Los vecinos salían a los balcones. Era esa clase de voz que ocurre una vez por generación. Si acaso. Formó su primer grupo, Los Hispánicos, con Salvador y Félix. Luego Los Supersón. Luego vino el servicio militar en la Marina de Cartagena, donde pasó dos años con una sola pregunta dándole vueltas en la cabeza. dejarlo todo o apostarlo todo.

Cuando volvió, ya tenía la respuesta. Tomó la decisión más importante de su vida. O esto en serio o nada. Llegó a Madrid, llamó puertas. Le dijeron que no en RCA, donde según el mismo contaría años después, nadie se enteró de que había pasado por allí. Lo llamaron de polidor, le hicieron una prueba, le firmaron un contrato.

Ganaba 5,000 pesetas por canción grabada. En 1969, un hombre llamado Augusto Algueró le puso en la mano una canción que tres personas habían rechazado antes. Te quiero, te quiero. Nino la escuchó una sola vez y dijo esa. Alguien del sello le advirtió que era una cursilada, que no la grabara, que iba a hundir su carrera. La grabaron casi de tapadillo.

La metieron en un sobre junto a otros discos a ver si pasaba desapercibida. No pasó desapercibida en ningún lado. Lo que vino después de ese disco. Nadie en España lo había visto antes. Y lo que le ocurrió a Nino en el camino hacia Londres tampoco. El éxito de Te quiero te quiero fue tan brutal y tan rápido que Nino tardó un tiempo en entender lo que había ocurrido.

En España, número uno durante semanas. en Argentina número uno, en Venezuela número uno, en Chile, donde la gente lo escuchaba en radios de transistor mientras comía y mientras dormía y mientras hacía cualquier cosa que hacía la gente. En 1970, en Colombia, la fama le costó 3 días entre rejas. Una ley extraña.

El decreto 974 de 1969 obligaba a los artistas extranjeros a dar un concierto gratuito para el pueblo antes de cobrar sus actuaciones pagas. Nino llegó  a Bogotá sin que nadie le hubiera avisado de esa ley. Se negó a actuar sin cobrar. Lo detuvieron. Lo multaron con 25,000 pesos colombianos. Tres días encerrado en un país extranjero, sin su mujer, sin su familia, con la voz que había llenado estadios apagada entre cuatro paredes.

Salió de Bogotá hacia Caracas y al día siguiente siguió cantando como si nada. Eso era Nino. En febrero de 1971 había actuado en el Festival de Viña del Mar en Chile. El anfiteatro de la Quinta Vergara, con su capacidad para miles de personas,  se llenó hasta los bordes.

Su contrato solo contemplaba tres canciones. La orquesta solo tenía las partituras de esas tres canciones. Nino cantó las tres. El público pidió más. Nino quería quedarse. El director de orquesta, Saúl San Martín, no tenía más partituras. Y Nino Bravo tuvo que saludar y retirarse mientras el público de la Quinta Vergara  seguía aplaudiendo, negándose a irse a casa.

El público de Viña del Mar esa noche. Se quedó aplaudiendo a un escenario vacío. Era ese tipo de artista, el que dejaba al público queriendo más, siempre más. En mayo de 1971 actuó en el festival de la rosa de oro de Montró en Suiza. Europa empezaba a fijarse en él. En octubre quedó segundo en el Festival Internacional de la Canción de Río de Janeiro y en enero de 1972 lanzó su tercer disco, Un beso y una flor, con canciones que se convirtieron en himnos generacionales, cartas amarillas, Noelia  y esa balada

del título que una generación entera cantó en bodas y en despedidas  y en noches de lluvia con la ventana abierta. Ese mismo año 1972 grabó también Libre una canción que José Luis Armenteros y Pablo Herrero habían escrito pensando en la España franquista,  en esa presión invisible que aplastaba a los hombres cuando intentaban vivir de verdad.

Nino la cantó como si fuera suya, como si cada nota fuera una piedra que levantaba del pecho de alguien. Y en Chile, meses después, cuando el golpe de estado metió a hombres en el estadio nacional, los presos políticos cantaban libre entre los muros de cemento para no olvidar quiénes eran. Nino nunca supo eso, nunca lo sabría,  pero su voz ya había cruzado fronteras que él no podría cruzar nunca en persona.

A finales de 1972, con cuatro discos grabados con giras por medio mundo, con el nombre Nino Bravo, convertido en sinónimo de emoción en cada país de habla hispana, Luis Manuel Ferrillopis tomó una decisión que había estado madurando desde hacía meses. la tomó despacio con la seriedad con que tomaba todas las decisiones importantes, sentado  en su casa de Valencia, cerca de su mujer, María Amparo, embarazada de su segunda hija, con su hija Amparo de apenas 11 meses jugando en el suelo. La decisión era esta.

Iba a grabar en inglés. Iba a entrar al mercado anglosajón. No porque quisiera dejar de ser español, no porque quisiera olvidar de dónde venía, sino porque una voz como  la suya no podía quedarse encerrada dentro de un idioma. Y Londres ya estaba esperando.  Lo que ocurrió en ese estudio aquella noche no estaba en ningún contrato y nadie que lo vivió lo olvidó jamás.

El estudio de grabación donde ocurrió todo estaba en Londres. El invierno británico de 1972 era frío y gris como siempre. Las calles olían a lluvia y a carbón. Nino llegó con su abrigo de paño oscuro, con su maleta pequeña, con esa manera suya de andar que no era exactamente caminar, sino más bien plantarse en el suelo con cada paso, como si el suelo le perteneciera.

Pegado text, los productores ingleses lo esperaban. Habían escuchado la frase de Sinatra, la habían tomado en serio. Habían preparado arreglos orquestales para versiones en inglés de canciones conocidas My Way, Fly Me to the Moon y una nueva inédita escrita para él, algo con sabor americano,  con metales y cuerdas.

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