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Asi VIVE CARLOS SANTANA en su MANSION de Las Vegas a sus 77 AÑOS

 Le caían unos pesos que a duras penas mantenían a tanta boca en casa. Era un maestro del violín, un artesano que dominaba a la perfección el son jaliciense. Desde chamaco, su jefe lo empapó de este mundo sonoro, soñando que sus críos mantuvieran vivo el legado familiar. A sus cco añitos, don José le plantó un violín y le transmitió todos esos secretos que él mismo heredó de su apá.

 Fue una escuela musical superrígida. Si la regabas, tocaba machetearle otra vez hasta que saliera impecable. Sin embargo, el violín ranchero no hacía latir el corazón del morro como al de su padre. Él andaba embobado con los ruidos que salían del viejo radio familiar, puro Blues Gringo, jazz y ese rock and roll nuevecito que cruzaba la frontera desde el norte.

 Eran ritmos eléctricos y rebeldes, nada que ver con los violines acústicos de la música vernácula. En 1955, teniendo 8 años, agarraron sus chivas rumbo a Tijuana buscando la lana que su pueblito ya no daba. La frontera tijuanense era un hervidero de cambios. Esa puerta hacia Gringolandia era un choque brutal de culturas, fusionándose a empujones para parir algo irrepetible, un rincón de locos con trastes.

 Los gringos bajaban por el desmadre barato e ilegal, mientras los paisanos correteaban dólares que valían ocho veces más que nuestros pesitos. La Tijuana de los 50s era un manicomio vibrante y rudo, repleto de tiros de suerte y riesgos mortales. La mítica avenida Revolución, latía retacada de cantinas bulliciosas, antros neón y comedores para los gringos que cruzaban buscando chupe económico, musiquita en vivo y ese ambiente desmadroso que su país Santurrón castigaba.

 Ahí don José se la fletera en los antros tocándole a los gringos con su mariachi para alegrarles la noche. Sacaba más billete que en Outlán, pero la entrada seguía siendo raquítica y muy traicionera. Caían entre 200 y 400 pesos semanales si había jale, o sea, unos 40 u aquel entonces. Apenitas alcanzaba para malvivir en una casita de 2 cuartos en un barrio popular.

 A kilómetros del falso brillo turístico, con escasos o 9 años, el chamaco empezó a hacerle segunda a su apá en los tugurios tijuanenses. Tocaba el violín y como estaba chavito, le daba un toque curioso y pintoresco que a los turistas gringos les encantaba fotografiar. Se ganaba sus buenas morras, monedas de 25 centavos que los gabachos aventaban por la buena música o por pura lástima al verlo tan morro.

 Pero en esos rincones oscuros, apestando a tabaco y chela rancia, Carlos absorbió melodías que le voltearían el mundo de cabeza. Veía a guitarristas mexas y chicanos rifándose con blues gringo, jazz y rock rústico, tronando bocinas que hacían temblar los caballitos de tequila. Era una vibra tan salvaje y adictiva que un violincito jamás lograría.

 Carlos quedaba hipnotizado viendo cómo hacían llorar las cuerdas con esos requintos bien pasados de lanza. Se topó con ídolos del barrio como Javier Batis, que escupía fuego tocando blues en los antros con una garra que asustaba a cualquier músico gringo. Ese Bátis se volvería una leyenda pesada del Blues Nacional y fue la inspiración primeriza que marcó Cañón a Carlos, quien le escaneaba cada truco y se lo grababa en la mente.

 A sus 8 añitos, logró que su viejo le comprara su primera lira. Todavía no era eléctrica, sino una acústica bien humilde de unos 100 pesos, que hoy vendrían siendo como 16. Fue un golpe duro para el bolsillo familiar, pero don José notó de inmediato que el morro traía un talento nato. Carlos se enajenaba ensayando después de cumplir con el violín.

 Quemaba horas sacando acordes y rolas de la radio sin nadie que le diera clases, puro oído, echándole ojo a la raza de las cantinas y copiándoles. Una escuela de asfalto a puro instinto. A finales de los 50s andaba talacheando sin freno por toda Tijuana. Con 11, 12 o 13 años rasgueaba en las esquinas de la revolución charoleando con los gringos.

 Un morrito callejero sin lana y con una guitarra vieja juntando morralla. En esos conales y piqueras, donde los patrones dejaban pasar a los chavos para talonear, nuestro chamaco no tenía sueldo seguro. Sobrevivía de los billetes de que la clientela aventaba si la tocada les prendía. Si le iba chido, se embolsaba unos 20 dolaritos y si la cosa estaba perra, apenitas rascaba dos o tres.

 Así fue forjando un flow irrepetible, agarrando la herencia mariachi de su jefe y licuándola con el blues y rock gringo de la radio. Una mezcla tan viseral y auténtica que solo pudo parirse en una frontera donde dos mundos chocaban a diario. Corría el año 1960 y uno cuando a sus 14 años Carlos consiguió su primera guitarra eléctrica.

En serio, era una Gibson Lesp algo traqueteada que sacó de un empeño en Tijuana por unos 800 pesos, que en aquel entonces eran como 64. Una verdadera fortuna que juntó con el sudor de su frente tocando en la calle por meses. Pero esa lira le dio un giro a su vida. Junto al instrumento también se armó con un amplificador pequeñito de segunda mano.

 Así empezó a tocar con banditas locales de Tijuana. Tocaban en cantinas, reventones y tocadas donde pagaban una miseria, pero agarraban unas tablas buenísimas. Cobraba entre 50 y 100 pesitos por toque, algo así como $. Sin embargo, el sonido que Carlos le sacaba a la lira no se parecía a nada de la escena local.

 logró fusionar la soltura inconfundible del blues con toda esa candela latina que traía en las venas, un estilo inigualable que de volada atrapó a los músicos más veteranos. Así comenzó su gran salto hacia el estrellato y la riqueza. El verdadero parteaguas llegó en 1966. A sus 19 años armó la agrupación que llevaría su apellido, Santana Blues Band, que luego quedó solo en Santana.

Aunque tuvo otros grupos antes, aquí hubo magia pura. Además, San Francisco era el escenario ideal para sus locuras. El barrio de Hide Ashbury se estaba volviendo el mero corazón del movimiento contracultural, donde chavos idealistas le entraban a la psicodelia, a los sonidos raros, a filosofías orientales, mandando por un túbo lo tradicional.

 Al principio, la banda de Carlos era un proyecto sencillito, tocando en lugarcitos, con puro talento latino y afroamericano en las congas. El bajo y las teclas, una mezcla cultural que era el fiel reflejo de la vibra de San Francisco. Lo chido era el sonido inventado por Carlos. No era rock, ni blues, ni cumbia apuras.

 Era un revoltijo orgánico padrísimo que nadie más traía en el radar. Su lira lloraba con ese sentimiento bluscero, pero montada sobre una sabrosa base de congas, timbales y mucho sabor afrocubano. Durante 1966 y 1967, la banda no paró de reventarla en los foros de San Francisco. El auditorio Filmore, el Avalon Ballroom o el Winterland, puros recintos que hoy son toda una leyenda de la época psicodélica, se metían entre 200 y 500 por tocada.

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