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JENNI RIVERA: El Monstruo que Destruyó a su Familia… y Hoy Está Libre

Tuvieron dos hijos más, Jackeln  en 1989 y Michael en 1991. Tres hijos, un matrimonio destrozado y un secreto que estaba a punto de explotar como una bomba nuclear. Guarda este  detalle en tu mente, porque lo que Jenny descubrió en 1992 la perseguiría hasta el día de su  muerte. Un día de 1992, Rosy Rivera, la hermana menor de Jenny, tomó el valor para hablar.

Era apenas una adolescente cuando finalmente rompió el silencio que la había estado ahogando durante años. Tenía apenas 7 años cuando Trino comenzó a hacerle daño. 7 años. Una niña que todavía jugaba con muñecas, que todavía creía en los cuentos de hadas. Trino la lastimó de la peor manera que un hombre puede dañar a una niña.

Durante años, en silencio, en secreto, en las mismas habitaciones donde Jenny dormía sin sospechar nada. Aprovechaba los momentos en que nadie miraba, los momentos en que Rosy estaba sola, los momentos en que podía hacer lo que quisiera con una niña que no sabía cómo defenderse. Rossy guardó ese secreto durante mucho tiempo, demasiado tiempo.

El peso de lo que había vivido la aplastaba por dentro, pero no sabía cómo hablar. No sabía si alguien le creería. No sabía qué pasaría si contaba la verdad. Finalmente encontró las palabras y cuando las dijo, el mundo de Jenny se derrumbó. Cuando Jenny escuchó la confesión de su hermana, algo se rompió dentro de ella. sintió náuseas, sintió rabia, sintió una culpa aplastante por no haberse dado cuenta antes.

Pero entonces miró a sus propias hijas, a Chiquis, que ya tenía 7 años, la misma edad que Rossy, cuando comenzó el abuso. A Jacqueln, que apenas tenía  3 años, las miró a los ojos y les preguntó. La respuesta fue como un puñal  atravesándole el corazón. Trino Marín, el padre de sus hijos, el hombre con quien compartía la cama cada noche, el hombre que le había prometido amor eterno, les había hecho  daño a sus propias hijas de la forma más imperdonable, a Chiquis, a Jacqueline, durante años bajo el mismo techo donde Jenny creía

que estaban seguras, el mismo hombre que le prometía protección, el mismo hombre que le decía que la amaba. Ese hombre había estado  destruyendo a las niñas que ella había traído al mundo. Jenny hizo lo que cualquier madre haría, lo denunció ante las autoridades, pero Trino  escapó.

Y aquí viene algo que muy pocos saben, algo que explica por qué Jenny se convirtió en quien se convirtió. Se convirtió  en prófugo, desapareció, se esfumó como si nunca hubiera existido. Las autoridades lo buscaron, los familiares lo buscaron. Jenny contrató investigadores privados con el poco dinero que tenía, pero nada.

Trino Marín se había convertido en un fantasma y Jenny se quedó sola con el peso de todo. Tres hijos que alimentar,  facturas que pagar, un trauma familiar que procesar, noches enteras sin dormir, pensando  dónde estaría el monstruo, si volvería, si intentaría acercarse a las niñas otra vez. Trabajaba vendiendo casas durante el día, grababa  música por las noches, llevaba a sus hijos a terapia psicológica, asistía  a ella misma a terapia, intentaba reconstruir las piezas de una

familia destrozada. 9 años, 9 años viviendo así, 9 años esperando una justicia que parecía no llegar nunca. Pero ella no se rindió. Nunca se rindió. Si por tonta me caigo, por cabrona me levanto, decía y se levantaba cada vez sin importar cuántas veces la vida la tirara al suelo. El show debía continuar. Esa frase  se la había enseñado su padre cuando era niña en los mercados de pulgas vendiendo cassetes bajo el sol abrasador de California.

No importaba el cansancio, no importaba  el hambre, no importaba el dolor. El show debía continuar y Jenny lo cumplió cada maldito día de su vida. En 2005, durante  una rueda de prensa para promocionar su álbum Parrandera, rebelde y atrevida, Jenny hizo algo que nadie esperaba, algo que nunca antes había hecho un artista en México o Estados Unidos.

Detuvo la conferencia de prensa, miró directamente a las cámaras de televisión y con la voz firme, pero los ojos llenos de dolor contenido, pidió ayuda pública para encontrar a Trino Marín. Expuso públicamente al hombre que había destruido a su familia. contó todo. Los abusos contra sus hijas, el abuso contra su hermana Rossy, la huida, los 9 años de búsqueda infructuosa.

No le importó el escándalo. No le importó que la prensa amarillista se alimentara de su tragedia. Solo quería justicia. “Ayúdenme a encontrar a este hombre”, dijo mirando a la cámara. Se llama José Trinidad Marín. Abusó de mis hijas. Abusó de mi hermana. y lleva casi una década escondido burlándose de la ley.

La noticia se volvió viral. El rostro de Trino apareció en todos los noticieros, en todos los periódicos, en todos los programas de televisión y un año después la justicia finalmente llegó. En abril de 2006, gracias a un aviso anónimo que llegó a las autoridades de Los Ángeles,  Trino Marín fue capturado.

Alguien lo había reconocido. Alguien había hecho la llamada que Jenny esperaba desde hacía 9 años. Un año después, en 2007, un jurado lo declaró culpable de seis delitos graves contra menores de edad. La sentencia fue contundente. 31 años de prisión sin posibilidad de libertad condicional. Jenny lloró cuando escuchó el veredicto, pero no de tristeza, de alivio, de justicia, de una pequeña paz que había esperado durante casi una década.

El monstruo finalmente estaba enjaulado, o eso creía ella. A lo mejor tú también conoces esa sensación, creer que lo peor ya pasó, respirar tranquila por primera vez en años, sentir que finalmente  puedes dormir en paz y entonces descubrir  que la vida todavía tiene golpes guardados para ti.

Pero antes de contarte lo que vino después, necesito que entiendas cómo Jenny se convirtió  en la reina de un género dominado por hombres, porque esa transformación es clave para entender todo lo demás. Y te prometo que cuando veas lo que logró, lo que viene después, te va a doler el doble. En 1995, mientras Trino seguía prófugo y ella trabajaba vendiendo casas  para mantener a sus hijos, Jenny grabó un disco llamado La Chacalosa.

Era un álbum de corridos y narcoorridos, música que solo cantaban los hombres, historias de narcotraficantes, de balazos, de violencia. Nadie creía que una mujer pudiera triunfar  cantando eso. Los ejecutivos de las disqueras la rechazaban una y otra vez. Le decían que era demasiado mayor para  ser artista, que pesaba demasiado, que las cantantes tenían que ser talla cero, medir cierta altura, verse de cierta manera.

Una Jenny Rivera no cabe en lo que la industria piensa que es una artista, le dijeron en la cara. Imagina ese momento. Una madre soltera de veintitantos años con tres hijos que alimentar, con un exmarido abusador, prófugo, tocando la puerta de las disqueras y que le digan que no es suficiente, que su cuerpo  no es el correcto, que su edad no es la correcta, que ella no es la correcta.

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