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¡HORROR EN LAS VEGAS! La estrella que parecía tenerlo todo terminó viviendo una pesadilla inimaginable: golpes, mordidas, costillas rotas y más de dos horas de tortura a manos de su exnovio, un famoso luchador conocido por millones. Lo más escalofriante es que las señales de peligro estaban ahí desde hacía años, pero nadie imaginó hasta dónde podía llegar su violencia. Una historia real que sigue estremeciendo al mundo.

El 8 de agosto de 2014, una mujer logró arrastrarse hasta una ventana y lanzarse al exterior. Estaba en la planta baja de su apartamento en Las Vegas. Había perdido la noción del tiempo, pero sabía que llevaba más de dos horas siendo golpeada, mordida y estrangulada. Su nombre era Christine McKindy, conocida en la industria del entretenimiento como Christie Mac.

 Cuando los vecinos la encontraron ensangrentada en el suelo y llamaron a emergencias, los médicos descubrieron que tenía la nariz rota, el pómulo fracturado, la mandíbula rota, 12 dientes arrancados, costillas fracturadas, un riñón reventado, daño hepático y una conmoción cerebral. También había perdido una cantidad masiva de sangre.

 Lo que parecía imposible es que apenas unos meses atrás Cristine había compartido cama y proyectos con el hombre que casi la mata. Se llamaba Jonathan Copenhaver, aunque el mundo lo conocía como War Machine. ¿Cómo se llega a un punto tan extremo? Visto en retrospectiva, la carrera de Jonathan estuvo marcada por señales que muchos prefirieron ignorar.

Nacido el 30 de noviembre de 1981 en Simiali, California. Fue el mayor de tres hermanos en una familia de clase trabajadora. Su padre, un oficial de policía de ascendencia alemana, trabajaba jornadas interminables. Su madre, de raíces mexicanas, había sido enfermera antes de dedicarse al hogar. Durante los primeros años, la vida transcurrió con cierta normalidad, pero tras el nacimiento del hijo menor, la madre cayó en una depresión profunda.

Primero fue el alcohol, luego las drogas. El padre apenas estaba en casa. Para cuando Jonathan cumplió 10 años, ya era el cuidador principal de sus hermanos pequeños y también de su propia madre. Una cuestión importante es que nadie intervino, ni la escuela, ni los servicios sociales, ni siquiera el propio padre, que quizá nunca llegó a comprender la magnitud del desastre doméstico.

 A los 13 años, Jonathan vivió un episodio que lo marcaría para siempre. Su padre sufrió una emergencia cardíaca fulminante mientras la madre yacía inconsciente por el consumo de sustancias. El niño llamó a emergencias e intentó reanimarlo hasta la llegada de los paramédicos, pero su padre murió antes de recibir ayuda. Lo que llama la atención es la conclusión que Jonathan extrajo de aquella tragedia.

 A pesar de haber hecho todo lo posible, se sintió culpable como si hubiera fallado. Esa sensación de insuficiencia se enquistó en él durante años y nadie retiró a los menores del cuidado de una madre abicta. Jonathan, todavía un adolescente, se convirtió en el cabeza de familia. sobrevivían con una modesta pensión mientras ella destinaba la mayor parte del dinero a alcohol y drogas.

 A pesar del caos, Jonathan sobresalía académicamente. Los profesores lo describían como inteligente, aplicado y con una capacidad de reacción inusualmente rápida. Pero fuera del aula su comportamiento era muy distinto. Se volvía ansioso, irritable y se peleaba constantemente con otros chicos. El deporte de combate apareció entonces como una válvula de escape.

 Entrenaba varias disciplinas y el gimnasio se convirtió en su refugio emocional. Su entrenador detectó pronto un talento natural. Muchos creían que podía llegar lejos y él lo tenía claro. Quería ser peleador profesional. En el año 2000, con 19 años, Jonathan audicionó para The Ultimate Fighter, un reality show que combinaba la convivencia forzada con competiciones eliminatorias de artes marciales mixtas.

 Fue rechazado en primera instancia. Pero la lesión de otro concursante le abrió la puerta. Los participantes vivían en una casa llena de cámaras, sin teléfonos ni contacto con el exterior. El premio era millón de dólares. Cada semana alguien era eliminado mediante peleas individuales. El perfil desafiante y provocador de Jonathan encajaba perfectamente.

 Los espectadores adoraban su actitud. Se convirtió en uno de los personajes más visibles, aunque no llegó a la final. Fue eliminado durante la sexta temporada. El paso por el reality impulsó su carrera en la UFC. Debutó con una victoria sobre Jaret Rollins en la división de peso welter. Acumuló 14 triunfos en 19 combates, pero fuera del octágono los problemas se multiplicaban.

En septiembre de 2007 fue arrestado por agredir a un hombre en un aparcamiento. La discusión aparentemente por una plaza de estacionamiento terminó cuando Jonathan siguió golpeando a su víctima hasta dejarla inconsciente. Lo más revelador no fue el arresto, sino lo que dijo después.

 afirmó que le había hecho un favor al otro tipo porque podría haberle causado más daño y decidió no hacerlo. Lejos de perjudicarlo, aquella polémica aumentó su notoriedad. Algunos observadores consideran que fue entonces cuando Copenhaver empezó a abrazar conscientemente el papel de antagonista, generaba titulares, atraía la atención.

En ciertos sectores del periodismo deportivo llegaron a compararlo con Connor McGregor, otro peleador famoso tanto por sus éxitos como por sus escándalos. A mediados de 2008, Jonathan tomó una decisión que, en retrospectiva parece casi premonitoria. Cambió legalmente su nombre a War Machine. Consideraba que esa identidad reflejaba mejor su personalidad y su mentalidad.

Ese mismo año volvió a protagonizar otra agresión, otra discusión menor, otra escalada violenta, otra denuncia. Pero su carrera seguía su curso ascendente. Compitió en eventos importantes, recibió invitaciones para pelear en la UFC e incluso ganó un premio a la mejor noche de knockout.

 Resulta difícil ignorar la contradicción central de su vida. Cuanto más se comportaba como un violento fuera del ring, más éxito tenía dentro de él. La industria del entretenimiento deportivo no solo toleraba su conducta, sino que la recompensaba. En 2009 anunció su incursión en el cine para adultos. Su apariencia juvenil pero robusta junto con su físico atlético le abrieron rápidamente las puertas.

Durante su primer año participó en 13 películas combinando ambas carreras mientras firmaba contratos de patrocinio que le reportaban ingresos considerables. Pero la espiral de violencia no se detenía. En agosto de 2010 fue arrestado tras agredir a otro cliente en una discoteca de California. La condena inicial fue de un año de prisión.

 Nuevos incidentes salieron a la luz durante el proceso y la pena se extendió a 2 años y dos meses, aunque con posibilidad de libertad condicional tras 12 meses. Dentro de la cárcel, su comportamiento siguió siendo confictivo. Lo reclasificaron como recluso de alto riesgo y pasó la mayor parte de su condena en aislamiento. Una cuestión importante es que para entonces ya resultaba evidente que su agresividad no era una pose mediática ni una estrategia promocional.

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